Opinión

La anatomía del capitalismo antiliberal

Actualizado el 12 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

Al situar la política en el primer lugar, la tentación es inclinar la ley hacia los propios intereses

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La anatomía del capitalismo antiliberal

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BUDAPEST – Los populistas como el presidente estadounidense Donald Trump y el líder polaco de facto Jaroslaw Kaczynski, y los autoritarios como el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y el presidente ruso Vladimir Putin no solo comparten la etiqueta de la llamada “democracia antiliberal” del primer ministro húngaro Viktor Orbán. Cada uno de ellos también propugna una forma de “capitalismo antiliberal”.

Pero ¿qué implica el capitalismo antiliberal y cuán compatible es con la democracia antiliberal? En primer lugar, como nacionalistas, Trump, Kaczynski, Erdogan, Putin y Orbán consideran la economía de mercado no como un medio para impulsar el dinamismo, la eficiencia, la prosperidad y la libertad individual, sino principalmente como una herramienta para fortalecer el poder estatal.

Históricamente ha habido varias escuelas de pensamiento autoritario de derechas sobre la relación entre el mercado y el Estado. En un extremo, los nazis instauraron una economía dirigida mientras mantenían la propiedad privada y un alto nivel de desigualdad del ingreso. En el otro extremo, en Europa y Estados Unidos los darwinistas sociales de principios del siglo XX reclamaban libres mercados internos sin trabas en los que solo sobrevivirían los “más aptos”, lo que conduciría a un país más fuerte.

Rusia se encuentra actualmente en un extremo del espectro capitalista antiliberal. Putin considera el colapso de la Unión Soviética en gran medida como un fracaso económico, y reconoce que la propiedad privada y el mercado pueden hacer que la economía rusa sea más resistente a las sanciones occidentales. Pero también cree que los derechos de propiedad privada se sitúan detrás de las necesidades del “Estado de seguridad” ruso, lo que significa que la propiedad siempre es condicional.

Putin también cree, como corresponde a un exoficial de la KGB, que el Estado ruso tiene “derechos de propiedad última” sobre los activos privados de sus ciudadanos no solo en Rusia, sino también en el extranjero. De este modo, los oligarcas rusos y las empresas que operan a escala internacional (como las que han interactuado con The Trump Organization) son potenciales instrumentos de la política exterior rusa.

Una famosa broma de Hitler señalaba que mientras los bolcheviques habían nacionalizado los medios de producción, los nazis habían ido más lejos al nacionalizar el pueblo mismo. Esto resulta similar (si bien es más “total”) a la idea que Putin tiene de la relación entre los capitalistas y el Estado: incluso el oligarca ruso más rico es básicamente un siervo de este.

Bajo la estructura de propiedad altamente concentrada de Rusia, el control que el Kremlin ejerce sobre la riqueza es sinónimo de control político. En lugar de intentar vigilar a millones de burgueses, el Estado puede desplegar a la policía secreta para controlar a solo unas pocas docenas de oligarcas.

Trump se sitúa en el otro extremo del espectro capitalista antiliberal actual: no se siente menos cómodo que Putin con las profundas desigualdades de los ingresos, pero no es tan proclive a usar el Estado para favorecer a empresarios particulares (salvo él mismo). Consecuentemente, su administración ha utilizado órdenes ejecutivas para revertir muchas de las regulaciones que estableció el expresidente Barack Obama.

Sin embargo, hay excepciones al apoyo de Trump a las políticas de libre mercado. Está a favor del proteccionismo y del dinero barato, presumiblemente porque estas posiciones tienen una buena acogida en el núcleo de su electorado, los votantes blancos de clase trabajadora.

Pero si Trump cae en el camino proteccionista, los socios comerciales de Estados Unidos tomarán represalias: a menudo medidas dirigidas directamente a su base, como cuando hace poco la Unión Europea (UE) amenazó con aranceles contra el bourbon de Kentucky. Dado este peligro, es más probable que el populismo económico de Trump se manifieste a través de la abstinencia, evitando medidas promercado que claramente perjudiquen a la clase obrera blanca.

Erdogan llegó al poder en Turquía en el 2003 como el campeón de los devotos empresarios anatolios musulmanes. Oponiéndose al tradicional estatismo de las élites kemalistas gobernantes del país, introdujo reformas promercado y simuló un compromiso con el proceso de adhesión a la Unión Europea a través de su apoyo a las instituciones democráticas turcas.

Tras lograr sus objetivos políticos, ahora Erdogan está prescindiendo de su compromiso con la democracia. Aunque está por verse si hará lo mismo con el capitalismo de mercado. Incluso cuando llegó al poder, su apoyo a los mercados libres nunca le impidió denunciar conspiraciones económicas imaginarias. La próspera clase empresarial turca podría volverse en su contra si intenta iniciar un regreso al estatismo.

En Hungría, la aproximación al capitalismo de Orbán ha sido más compleja. Si bien en Occidente se le suele llamar “populista”, su planteamiento combina darwinismo social y nacionalismo. Por otra parte, ha implantado un impuesto a la renta fijo que favorece a los ricos y un crédito tributario por hijos que solo beneficia a los hogares de mayores ingresos. De la misma forma, al igual que Putin, mantiene un círculo de oligarcas “amigables” que contribuye a fortalecer su poder, no en menor medida controlando los medios de comunicación del país.

Kaczynski es el más económicamente populista de los capitalistas antiliberales. Comenzó como darwinista social, introduciendo un crédito tributario por hijos que después inspiraría a Orbán. Pero desde que su partido Ley y Justicia (PiS) volvió al poder en el 2015, su política insignia ha sido el pago mensual en efectivo de 115 euros (138 dólares) a las familias polacas por cada hijo después del primero.

Asimismo, Kaczynski ha presionado para elevar la pensión mínima (en lugar de todas las pensiones) y para reducir la edad de jubilación, medidas bien recibidas entre los votantes rurales de bajos ingresos, incluso si provoca que el sistema de pensiones sea menos sostenible. En el ámbito del comercio, su gobierno protesta enérgicamente frente al proteccionismo contrario a los intereses de Polonia, como en el caso de los cambios propuestos por el presidente francés Emmanuel Macron al régimen para los trabajadores delegados.

Los ejemplos actuales de capitalismo antiliberal van desde la tolerancia a una extrema desigualdad hasta el favorecimiento de una profunda redistribución, y desde un estatismo desmesurado hasta una extensa desregulación de los mercados. No parecen tener mucho en común, más allá de su inclinación hacia el proteccionismo. Pero su orientación política es mucho más importante que las políticas económicas de cada gobierno.

No es una coincidencia que los cinco líderes aquí analizados hayan atacado la independencia del poder judicial de sus países. Sin duda, las medidas represivas de Putin y Erdogan han resultado mucho más eficaces que los tuits de Trump o que el paralizado intento del PiS de reforma judicial de este verano. Pero en cada caso los jueces independientes son vistos como poderes rivales.

Cuando se sitúa la política en el primer lugar, existe la tentación de inclinar la ley hacia los propios intereses. Pero sin el imperio de la ley, las empresas pierden la confianza en que se respetarán los contratos y los derechos de propiedad privada, o en que recibirán arbitrajes independientes, y la economía no puede mantener un crecimiento fuerte a largo plazo. Esta es la razón por la cual los demócratas antiliberales que ponen la política en primer lugar acabarán socavando la prosperidad y la potencia de sus países y, por consiguiente, su propia legitimidad.

Jacek Rostowski fue ministro de Finanzas y vice primer ministro de Polonia entre el 2007 y 2013. © Project Syndicate 1995–2017

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