Opinión

Víctor Valembois: ‘Cui bono?’

Actualizado el 30 de junio de 2015 a las 12:00 am

No más ayer,Quevedo denunció al “poderoso caballero, don Dinero”.

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Quiero darle continuidad a mi artículo sobre la “democracia” en tiempos de Hitler, esta vez desde un ángulo económico del Big Business , que también interesa por aquí.

Así como el comisario Maigret siempre incitaba a “buscar la mujer” porque algún motivo tiene que haber por allí en sus investigaciones delictivas; en paralelo, mi título con la expresión latina: Cui bono? (literalmente ¿a quién le sirve?) ahonda en un camino investigativo todavía muy válido.

Partiendo de la misma guía de antes: Big business con la Alemania nazi, de Jacques Pauwels, no faltan ganchos y ribetes hasta con big boys por aquí. No por pereza, sino porque lo resume tan bien el mismo autor en sus páginas iniciales, me limito a traducir del neerlandés: “Los grandes industriales alemanes apoyaron a Hitler para llegar al poder e hicieron ganancias elevadas gracias a su política social regresiva, su programa de rearmamento y la guerra que desató; igual, el big business norteamericano” (p. 12).

Nombre y apellido. Gran parte del libro del investigador flamenco consiste en ponerles nombre y apellido a esas empresas por ambos lados del Atlántico. En el contubernio germano, entre otros figuraban Thyssen, IG Farben (BASF, Bayer, Hoechst Agfa), Krupp, UFA (Universum Film AG), Hapag. En el mismo baile iban Siemens, Bosch, Zeiss, Mercedes-Benz, BMW, etc.

El gran capital norteamericano también tuvo su parte del queque, entre otros, con US Steel Corporation, Chemical Foundation y American Steel & Wire. También empresas como Du Pont, Opel (General Motors) y Ford. Lo mismo Standard Oil (Esso), Alcoa, Gilette, Kodak, RCA, GE. La Coca-Cola sirvió su brebaje antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, en Alemania y en todas partes.

En estrecha vinculación con lo anterior, por supuesto va el establishment financiero: entre otros con Dresdner Bank, Commerzbank, Bankhaus Stein, Deutsche Bank. En Bélgica, en 1941, el financista Galopin escribía que “el sistema alemán es el mejor”. Entonces prevalecía el imperio político-mercantil de los Rockefeller, los Kennedy, Bush, Hearst (con la no tan inocente Selecciones ), nombres que todavía nos suenan en dos o hasta tres generaciones.

Parte olvidada. Viva la empresa privada, desde luego, pero aquello se llevó a cabo sin escrúpulos morales. Hitler fue contratado, adquirido para intereses espurios y resultó muy buen negocio vender primero para destruir después y reconstruir más tarde.

Ahora se suele olvidar esa parte, para poner al Führer como único responsable y se sigue sacando provecho de tanta película en vivos colores, pero en blanco y negro respecto de los buenos (nosotros por supuesto) frente al malvado ese. Lo mismo pasó con Benito Mussolini antes, contratado por la élite de poder: nada de ascenso solito y menos en forma democrática.

En Francia, antes y durante la entrega, la Cagoule tenía financiación por la mundialmente famosa L’Oréal; armaron la “extraña derrota” pro nazi porque la guerra debía frenar la revolución y la democratización; debía solucionar problemas económicos. De verdad que el libro de Pauwels merece traducción al español: ¡Ningún comunista simplón!

Toda guerra es “justa”. Agradezco a un lector el referirme a un artículo en el sentido de Follow the money. Desde esta perspectiva, toda guerra conviene y es “justa”.

Y vámonos con ese patín: la empresa (citada) que vendió toneladas de gases para el exterminio no tenía por qué preocuparse: business is business!

No más ayer, Quevedo denunció al “poderoso caballero, don Dinero”. Desde luego, el asunto se amplía a otras esferas muy actuales: los recientes escándalos internacionales con ribetes locales, relacionados con subvenciones y platita por debajo de la mesa. Respecto del “deporte rey” nos informan de otra “guerra” en proceso. Claro, sigamos, como si nada. ¿No hay otras prácticas atléticas? Como si detrás de tanta competencia y “orgullo nacional” no hubiera mucho metálico que mueve “todo y más”.

Lo mismo en cada concurso de “belleza”; ídem con la farándula de matrimonios por conveniencia y muy consecuentes divorcios à la carte entre “estrellas” de toda rala. ¿A quién le beneficia aquello?

¿Nosotros? Cada vez más alienados.

(*) El autor es educador

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