Opinión

Tigre de papel

Actualizado el 08 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Durante años, Zhang Yimou fue el cineasta más respetado de China no solo por su inmenso talento, sino también por su arrojo a la hora de plasmar en su cine la crudeza y las contradicciones del régimen comunista que impuso Mao Zedong. Basta con ver su obra maestra, Vivir , una saga que sigue los avatares de una familia sacudida por la Revolución Cultural.

Precisamente, Yimou, hijo de un soldado del ejército de Chiang Kai-Chek, vivió en carne propia la doctrina maoísta. Durante diez años trabajó en una granja antes de empezar como director de fotografía y señalarse como un rebelde que se alejaba de la narrativa oficialista. Dos de sus filmes más reconocidos, La linterna roja y Semilla del crisantemo , fueron prohibidos en su país.

No obstante, a medida que Yimou alcanzaba más reconocimiento en el exterior, sobre todo con filmes que ensalzan las artes marciales como La casa de las dagas voladoras , se fue acomodando a los nuevos tiempos de un sistema político que, a la vez que persigue a la disidencia, juega al capitalismo salvaje controlado por el Estado. El famoso director acabó por insertarse en la nueva clase privilegiada y apegada al poder. Prueba de ello es que pasó de ser un artista censurado a una figura a la que el Gobierno le confió en el 2008 nada menos que la puesta en escena de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín.

Como cabía esperar de alguien tan talentoso como Yimou, el espectáculo fue monumental, pero detrás del millonario montaje que produjo, sobre todo para consumo de Occidente, se escondían las barriadas pobres que se acordonaron para que los extranjeros no vieran más allá del glamour olímpico. Y, peor aún, todo aquello sirvió para eclipsar, a modo de souvenir turístico, la terrible realidad: en el presidio político chino se pudren cientos de opositores que no ven la luz del día. Lamentablemente, cuando una figura de la relevancia de Yimou se pliega a los intereses de una dictadura, acaba siendo cómplice del lavado de imagen oficial.

Pero regímenes como el chino, que desprecian la libertad del individuo, no tienen reparos a la hora de escarmentar a sus propios cachorros, sí así lo creen necesario. Y ahora, como en una de esas tragedias que con tanta maestría ha sabido llevar a la gran pantalla, Yimou es perseguido porque, creyéndose protegido a diferencia de los ciudadanos de a pie, osó tener siete vástagos con cuatro mujeres, quebrantando la ley de único hijo que hasta ahora ha estado vigente para controlar la sobrepoblación. Gracias a las informaciones que circulan en Internet, y tal vez propagadas por la indignación de quienes se oponen a los prerrogativas de las que disfruta la jet set china, se ha podido saber que el cineasta tiene familia numerosa y podría ser condenado a pagar una multa de $26 millones.

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Los vigilantes funcionarios que controlan la natalidad de los chinos han advertido de que nadie está por encima de la ley y están a la caza del director. Hasta ayer, sin embargo, Yimou era un protegido cuya empresa de producciones era favorecida por el Gobierno que antaño lo castigaba por aspirar a expresarse libremente.

La lección de Zhang Yimou es que nunca compensa dejarse comprar por una dictadura. Como la mafia, tarde o temprano se pagan los favores.

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