Opinión

Salud mental para todos

Actualizado el 28 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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MELBOURNE – Una noche de primavera de 1997, cuando era investigador de salud mental en la Universidad Nacional de Australia, en Canberra, discutía con mi esposa, Betty Kitchener, una enfermera registrada que daba cursos de primeros auxilios para la Cruz Roja en su tiempo libre, lo inapropiada que era la capacitación tradicional en primeros auxilios. Esos cursos por lo general ignoran las emergencias de salud mental, dejando en manos de participantes mal equipados la tarea de ayudar a gente que lidia con pensamientos suicidas, ataques de pánico, estrés postraumático, los efectos del alcohol o el consumo de drogas, o una percepción cada vez menor de la realidad.

Betty conocía de primera mano las potenciales consecuencias de esta falta de conocimiento. Cuando tenía 15 años, experimentó un episodio de depresión aguda, que culminó en un intento suicida. Pero su familia y maestros no supieron reconocer el problema, de modo que no recibió ningún apoyo o ayuda profesional. Esta falta de tratamiento temprano perjudicó su recuperación y así fue que siguió experimentando episodios de depresión durante toda su vida.

Para ayudar a garantizar que la gente no tenga que sufrir en soledad, como le había sucedido a Betty, resolvimos crear un curso de capacitación en primeros auxilios de salud mental en nuestra comunidad. Tres años más tarde, cuando Betty redujo su empleo pago para desarrollar la capacitación en primeros auxilios de salud mental, finalmente pudimos lanzar el curso.

Los beneficios de esta iniciativa rápidamente se volvieron evidentes: los estudios de evaluación demostraron que los participantes eran más receptivos a la importancia para la salud de las enfermedades mentales, confiaban más en su capacidad para ayudar a los demás y se sentían motivados para aplicar su conocimiento después de completar el curso. Estos resultados positivos ayudaron a que el curso se expandiera. Para 2005, se estaban dictando cursos en toda Australia y en Escocia y Hong Kong, y desde entonces se han expandido a más de 20 países. Más de 200.000 personas en Australia -más del 1% de la población- ya han recibido la capacitación.

Este rápido crecimiento no debería sorprendernos, dada la prevalencia de los problemas de salud mental en todo el mundo. En Australia, a casi uno de cada cinco adultos le diagnostican un problema de salud mental cada año, pero muchas de estas personas no reciben ayuda profesional. Las estadísticas son similares en otros países desarrollados. Esto significa que todos se verán afectados personalmente por un problema de salud mental o tendrán un contacto cercano con alguien con ese diagnóstico. De hecho, la mayoría de la gente tendrá contacto, sean conscientes o no de ello, con alguien que es un suicida.

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La investigación demuestra que el hecho de que una persona obtenga o no ayuda profesional está marcadamente influenciado por el apoyo y la actitud de quienes la rodean. La gente con fuertes redes de contención tiene una oportunidad mucho mayor de recuperarse que las personas cuyos problemas no son detectados o son ignorados o minimizados. En vista de esto, asegurar la conciencia y aceptación en las comunidades, al mismo tiempo que se mejora la capacidad de la gente para identificar problemas potenciales de salud mental en los demás y ofrecer ayuda, es de vital importancia.

Esta necesidad es particularmente apremiante para las personas -como padres, maestros, trabajadores jóvenes y entrenadores deportivos- que están en contacto regular con gente joven. Los problemas de salud mental tienden a aparecer a una edad temprana en la vida. El primer episodio ocurre durante la adolescencia o adultez temprana, una etapa crítica de desarrollo, cuando la gente está terminando su educación, ingresando a la fuerza laboral, construyendo relaciones clave y formando hábitos de salud. Sin un sistema de contención fuerte, los problemas de salud mental pueden alterar ese desarrollo, dañando las perspectivas futuras de las personas afectadas.

Si bien la rápida expansión del curso de primeros auxilios en salud mental ayudó a mejorar la situación en muchas comunidades, todavía hay mucho por hacer. En el corto plazo, todos los países desarrollados deberían apuntar a alcanzar tasas de participación del 1% en esos cursos, como pasó en Australia.

En el más largo plazo, los países deberían apuntar a igualar las tasas de participación en cursos de primeros auxilios convencionales. En los últimos tres años, el 11% de la población de Australia completó un curso convencional, en parte debido a los requerimientos de que la gente en ciertos puestos, como trabajadores en el área de cuido infantil, tenga un certificado de primeros auxilios. Exigir que en determinadas ocupaciones -maestros de secundaria, enfermeros y oficiales de policía- se adquiera un certificado de primeros auxilios en salud mental mejoraría significativamente la participación, fortaleciendo así la contención para quienes lidian con problemas de salud mental.

Estas certificaciones son inclusive más importantes en el mundo en desarrollo, dada la limitada disponibilidad de profesionales de la salud mental. Un trabajo piloto en las zonas rurales de la India demuestra que la estrategia de los primeros auxilios en salud mental se puede adaptar exitosamente a las necesidades de comunidades con recursos limitados.

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En los países en desarrollo y desarrollados por igual, la magnitud del problema es demasiado grande como para dejarlo exclusivamente en manos de los profesionales de la salud mental.

Cada miembro de la comunidad debe estar capacitado para proteger y mejorar su propia salud mental, y la de quienes lo rodean.

Anthony Jorm fue presidente de la Sociedad Australiana de Investigación Psiquiátrica y actualmente preside el Grupo de Salud Mental Pública en la Facultad de Salud Pública de Melbourne, perteneciente a la Universidad de Melbourne. © Project Syndicate.

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