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Actualizado el 14 de febrero de 2016 a las 12:00 am

Todo vuelve, decía Pitágoras, en aquellas charlas junto a sus discípulos

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Todo vuelve, decía Pitágoras, en aquellas charlas junto a sus discípulos y el mar Mediterráneo libre de esmog… Y cuando este momento vuelva nos hallará hablando de lo que ahora justamente hablamos, de la armonía de las esferas y los teoremas que saben a misterio. Recuerden, apuntaba el maestro hace 26 siglos: la ley de la repetición es una ley del cosmos, aunque el alma tenga que esperar generación tras generación.

¿Todo se repite? Sí, conjeturo que sí. Las fiestas son una evidencia o al menos un guiño formidable de lo que digo, aunque no por un secreto cíclico sino bastante humano, demasiado humano. Lo saben todo hombre y mujer de a pie –y tomo el vocablo no en su sentido sociológico sino literal–, yo también pertenezco a la patria del peatón cercado de prójimos anhelantes, adornos, luces y cristalerías, ahíto de ofertas o cualquier promoción, se trate de indumentarias, juguetes, muñecos, celulares y tabletas de no sé qué generación y de pantallas chatas en sentido moral. De ahí que sentimos que esto lo hemos visto demasiado y que como citadinos/consumidores seguiremos siendo el blanco favorito de un marco de festejos que poco tiene que ver con sus orígenes simbólicos.

Viene a cuento aquí el recuerdo de una película yo creo que soñada por Luis Buñuel en 1962. Se llama El ángel exterminador. Ni Buñuel pudo explicar su cinta, aunque un personaje dijo lo que había que decir: “En la vida repetimos las cosas todos los días”. Esta clase de reiteración, al parecer inevitable, nos pone un límite extraordinario: es una maldición, diría Sartre.

Pues Buñuel crea –y de la nada y la recurrencia– una operación mágica a vista de todos. Repite escenas de continuo. El guion nos muestra una fiesta muy burguesa: se trata de personajes VIP en una actividad recreativa, para decirlo de manera neutra y general.

Los personas entran a la residencia dos veces, se encuentran o son presentadas al mismo sujeto tres veces, se pronuncia el mismo brindis una y otra vez y así. Alguien contó que hay más de 20 reincidencias y la velada pasa de lo jovial a un cuadro desesperado: todos quisieran huir de la casa y no lo hacen, no pueden cruzar la línea invisible que separa el adentro del afuera, la calle que suponemos emblema de libertad.

El “hechizo” acaba de golpe, sin embargo, pero nadie sabe cómo y, cuando los “fiesteros” logran marcharse, el piano que acompañó sus ingresos vuelve a sonar igual que en el inicio.

Lo cruel e irónico es que afuera el albedrío no es reconocido y el próximo paso (todos lo temen) es otro encierro. Imaginen el resto, amigos, porque yo les confieso y repito que odio la repetición.

El autor es escritor.

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