Opinión

Realidad aumentada

Actualizado el 23 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Realidad aumentada

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En su revelador artículo “Cuatro décadas de cultura digital: del ciberespacio a la realidad aumentada”, el investigador argentino Alejandro Piscitelli nos hace tomar conciencia de la inimaginable transformación que ha sufrido nuestra realidad en los últimos cuarenta años. En este minúsculo espacio de tiempo hemos pasado de vivir en realidades biológicas y socialmente físicas (analógicas) a incluir una nueva realidad complementaria: la llamada del espacio cibernético.

Realidades paralelas. En ese sentido, y para estas mismas páginas, en setiembre del 2009, escribí un artículo titulado “Realidad alternativa”. Quienes tuvieron acceso a las tecnologías digitales pudieron continuar viviendo en sus propias realidades físicas-analógicas y complementarlas con otras realidades cibernéticas (alternativas) en las que compartían experiencias con otras personas en el mundo digital. Eran realidades paralelas, y aún es común escuchar expresiones como “Voy a entrar a Internet”, “Me salí de la red social” o “Desde ayer no entro al correo electrónico”.

En el ámbito académico, solemos decir al estudiantado: “Deben entrar al aula virtual y dejar allí la tarea”. Es decir, una realidad estaba fuera de la otra, y las personas pasaban alternativamente de una a otra. Sherry Turkle, por ejemplo, profesora del Departamento de Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), tal como prueban sus libros El Segundo yo ( Second Self, 1984 ), Vida en la pantalla ( Life on the Screen, 1995) y Juntos en soledad ( Alone Together, 2011 ), ha dedicado sus investigación a estudiar los efectos psicológicos de vivir en estos mundos paralelos.

Fusión. Pero, en los últimos cinco años, la interconexión posible, permanente e imprescindible del mundo analógico con el cibernético ha hecho que ambas realidades encuentren cada vez más espacios de intersección hasta que, finalmente, se han fusionado en una sola. Ya no hay un mundo fuera del otro, ya no hay una realidad alternativa, sino una “realidad aumentada”. En palabras de Piscitelli, “… el término ‘ciberespacio’, y su ontología asociada, se está borroneando como una fotografía muy vieja (o, usando la metáfora de Foucault, como un rostro en la arena borroneado por el agua del mar), y tanto sus postulados como presupuestos suenan ajados y vencidos”. Dice que esta fusión no se trata de un constructo filosófico, sino del resultado del funcionamiento ininterrumpido de una serie de aparatos que se comunican entre sí y con las personas.

Ya no hace falta “entrar” o “salir” de Internet, o las redes sociales, para saber lo que sucede, dónde sucede, y para tener acceso a información o comunicarse con las personas. Basta con echar una mirada, o escuchar el teléfono móvil con sus múltiples aplicaciones, al reloj inteligente o a los sistemas de posicionamiento global (GPS). Estos dispositivos, que cuentan con etiquetas de radiofrecuencia (RFID), sensores y disparadores, permiten que las personas integren sus realidades de manera inmediata y posibilita la interconexión permanente de personas y máquinas, distribuidas, unas y otras, en diversos tiempos y lugares.

Nueva forma de vivir. La realidad aumentada implica una nueva forma de vivir, de conocer, de aprender, de relacionarse y de pensar. El autor Adam Greenfield propone el neologismo “everyware” para describir la nueva forma de pensar. El término resulta de una fusión de los vocablos en inglés everywhere (en todas partes) y software o hardware, comúnmente utilizados en el ámbito computacional.

Tal como dice William Gibson, “el futuro ya está aquí, solo que no está equitativamente distribuido”. Hay personas, grupos sociales y económicos, y actividades humanas que ya viven en una realidad aumentada y están desarrollando el pensamiento everyware que les ayuda a navegar, crear y colaborar en este nuevo mundo. Pero siempre están los excluidos, sea porque su condición social, económica, geográfica, educativa o de género les excluye, o porque se auto-excluyen por temor a lo desconocido, o por tradición o análisis paralizante.

Sin auto-excluirse. En educación, generalmente nos auto-excluimos. Nos gustan las zonas de confort y abogamos por el cambio, mientras nada cambie. Aún no hemos incorporado totalmente las realidades alternativas a los procesos de aprendizaje formal, y ya nos acecha la realidad aumentada. Es cierto que la visión pedagógica y la formación docente deben preceder al aprendizaje en cualquier realidad, pero también lo es que la educación debe dejar de auto-excluirse de las nuevas formas de pensamiento y organización social.

Incluirnos en el mundo actual solamente será posible, si abrimos la mente, asumimos nuestra responsabilidad con las nuevas generaciones y proponemos formas de aprovechar las nuevas realidades en beneficio del bien común.

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