Mentira y política

¿Mienten más los políticos de hoy que los de antes?

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Acaba de ser publicado el libro La mentira os hará libres. Realidad y ficción en la democracia, de Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, director académico de la Fundación Ortega y Gasset y expresidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

La obra, además de otras cuestiones interesantes como la sustitución de los intelectuales por los expertos o el impacto de las nuevas tecnologías de la información sobre la democracia, ofrece algunas respuestas a la pregunta de qué motiva la mentira en este sistema político. No coincido con todas sus apreciaciones, pero tratándose de un tema tan discutido en Costa Rica (las más de las veces de forma simplista y poco reflexiva), creo oportuno compartirlas.

¿Cómo explicar la presencia de la mentira en la vida social y, en particular, en el mundo de la política? Vallespín la relaciona con la capacidad humana para utilizar en beneficio propio las ambiguedades y sutilezas del lenguaje, y con la motivación adicional que para emplearla tienen los políticos. No porque exista en la naturaleza de ellos una inclinación a mentir, sino por las características de la política democrática y de la mediatización de la competencia que le es propia en la actualidad (tener una cámara y un micrófono constantemente encima, excitaría su “hipocresía defensiva”). La causa principal, sin embargo, está en que vivimos en un mundo huérfano de verdad, en el que el lenguaje no representa la realidad, la constituye.

En una posmodernidad sin realidad social objetiva alguna, la lucha por el poder es la lucha por definir la realidad continuamente, con las armas del spin, los frames y el storytelling. Una guerra sin tregua entre múltiples representaciones de los hechos.

Además, la democracia y la verdad, son una pareja malavenida. Si la política democrática está signada por la ficción, ello se debe a la compleja relación entre la verdad (su potencialidad despótica) y la democracia, y, por otro lado, entre los elevados ideales de esta y su modesta realización efectiva. En cuanto a la primera tensión, la democracia existe en tanto y en cuanto la realidad objetiva no nos es accesible. Algo que puede celebrarse en el altar de la libertad: de no ser por nuestro derecho a reconstruir la realidad continuamente con arreglo a nuestros intereses, no seríamos libres. Sobre la segunda tensión, aunque la veracidad y la sinceridad se cuenten entre los ideales democráticos, al instaurar el sistema democrático, de hecho, el gobierno de la opinión, incentiva a los políticos (cuya vida o muerte depende del respaldo popular) a intensificar conductas comunes a las personas cuando actuamos en sociedad: usar máscaras, actuar un papel y echar mano de estrategias de persuasión, lo que, en su caso particular, satura de teatralidad la escenificación de la realidad gestionada por los medios (ya de por sí propicios, en tanto industrias de producción de novedades, a la espectacularización de los hechos).

Complejidades. Más tensiones hacen compleja la situación. La política democrática está sujeta a un doble condicionante. Primero, continúa estando anclada en lo local (que es donde el político promete y la gente vota) y, sin embargo, la acción de gobierno está sujeta, también, a actores, dinámicas y regulaciones internacionales y supranacionales, en las que las reglas democráticas solo excepcionalmente operan. Segundo, mientras los gobiernos deben encargarse de “la gestión de los sacrificios sociales” impuestos por el sistema económico, que cada vez más se presentan como necesarios, inevitables, sustraídos de todo debate, requieren, también, seguir justificando sus acciones de cara a sus electorados, correligionarios políticos y clientelas que demandan ser satisfechas. Si los gobiernos no pueden hacer más que administrar las decisiones de mercados, de agencias calificadoras de riesgo y de organismos financieros internacionales, sus operadores se verán (aun más) obligados a crear narrativas para disimular su irrelevancia.

Finalmente, sin un espacio público donde discutir el mundo común, sin acceso directo a la realidad, sin ni siquiera una experiencia común de esta, el mundo se nos presenta siempre mediado, opinado y encuadrado (en muchas formas) por los medios. Así, en el ágora mediática no se discuten hechos. Se informa sobre la observación de observadores que observan lo que ocurre. Es allí donde los políticos se arrollan las mangas para trabajar, no sobre la realidad, sino sobre las percepciones sociales de esta, sobre la opinión pública. Lo que los motiva a simular el debate entre ellos. Aunque parezcan dirigirse a la bancada opositora, en realidad, unos y otros, se dirigen al público en casa. Fingen darse razones, pero no tienen incentivos para converger y llegar a acuerdos, sino para disentir y radicalizar sus posiciones. De este modo, no solo logran diferenciarse (elemental para cualquier marca), sino que, con ocasión del ataque al oponente, del alarmismo y la indignación, producen política espectáculo. De esta depende la atención que les presten los medios, única vía para competir en la conformación de las corrientes de opinión ciudadana. La política, entonces, es menos argumentativa y más emocional, más personal y menos institucional. El botín es la atención del público a través de los medios. Una prensa inclinada hacia el sensacionalismo, la negatividad y la laxitud analítica, siempre en competencia por las audiencias a las que hay que impactar y escandalizar día a día con “algo nuevo”, completa esta torre de Babel de hiper-conectado autismo.

Vallespín cierra con un epílogo que suena a epitafio: “Grecia al comienzo, Grecia al final. ¿Se ha autoliquidado la democracia?” En el réquiem, sin embargo, se distancia del discurso antipolítica, del cual un rasgo distintivo es la victimización de la ciudadanía. Su condescendencia, morbo e indiferencia, acusa el autor, ha contribuido al estado actual de cosas. Estamos poco atentos a lo que debería concernirnos. No somos víctimas inocentes de la clase política. Nuestra pasividad correlaciona bien con lo que se nos oferta. Lejos de la antipolítica, la obra es una reivindicación de la política. Exige que la verdad incuestionable de nuestra época, la lógica del actual sistema económico, pase, también, por el crisol del debate democrático y que este se vuelva más cosmopolita, a fin de que acceda a los cenáculos globales donde hoy se están tomando las decisiones que nos afectan a todos.

Mi opinión: ¿mienten más los políticos de hoy que los de antes? No. Lo que ocurre es que, afortunadamente, somos más capaces de detectarlo y más libres para denunciarlo. Con la mendacidad ocurre algo similar que con la corrupción: cuanto más eficacia se tiene en su combate, tanto más se extiende la percepción de que vivimos en una sociedad corrupta. Lo que debería ser razón de esperanza, la posibilidad (inédita en la humanidad) de desenmascarar embustes de los gobernantes, en vez de congraciarnos con el sistema político, nos está hartando de él. Cuidado, el reino de la opacidad aguarda por un nuevo chance.

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Noticia La Nación: Mentira y política