Opinión

Intolerancia política

Actualizado el 18 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

Ligia Fallas fue víctima de los más virulentos ataques de un sinnúmero de ciudadanos

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Según datos registrados en años recientes por el Barómetro de las Américas y el Programa Estado de la Nación, la tolerancia política —uno de los cimientos esenciales de la democracia— sufre un alarmante deterioro y coloca a Costa Rica en una baja posición entre los países del continente.

La incapacidad de lograr acuerdos políticos para enfrentar los problemas que nos aquejan es una manifestación propia de la intolerancia que predomina en la actitud de nuestros dirigentes, quienes ejercen el día a día de la actividad política con la descalificación de las ideas y posiciones de sus adversarios, haciendo que cualquier negociación entre partidos políticos sea infructuosa.

Y es que ¿cuál disposición al diálogo o capacidad de negociación puede mostrar quien, de forma intolerante, ataca constantemente al adversario por sus ideas, o le acusa de corrupto, o quien usa el insulto y la difamación como herramientas de proselitismo político?

Esa estrategia, detestable y censurable en tanto irrespeta los derechos políticos de los otros, si bien sirve a veces para obtener réditos electorales, al fin de cuentas se convierte en un bumerán cuando se alcanzan posiciones de poder.

Redes sociales. Lamentablemente, esta actitud ha permeado también en la mayoría de los ciudadanos, quienes a través de las nuevas herramientas tecnológicas de la comunicación expresan rabiosa y vulgarmente su menosprecio por quienes piensan diferente.

Las críticas acérrimas y los insultos que se profieren cuando en los medios de comunicación y en las redes sociales se abordan temas políticos son muestra del alarmante grado de intolerancia al que hemos llegado, pues la ausencia de argumentos y razones es sustituida por la crítica soez y la descalificación personal.

Estas furibundas manifestaciones de intolerancia política del costarricense las pudimos presenciar con motivo de la fallida visita de representantes de la Asamblea Constituyente de Venezuela para participar en una actividad promovida por dos diputados del Frente Amplio.

Sin discutir aquí si procedía o no la actividad en la sede de la Asamblea Legislativa — institución garante de los más acendrados valores democráticos que nos distinguen como nación, especialmente el de la libertad de expresión— cabe destacar la desmedida reacción contra la diputada Ligia Fallas, una de las organizadoras, pararrayos de los más virulentos ataques de un sinnúmero de ciudadanos que no comparten sus simpatías ideológicas o que rechazan el actual régimen venezolano.

Además de los comentarios con razones y argumentos válidos, pocos por cierto, las redes sociales y los medios digitales fueron saturados con mensajes ofensivos y groseros en su contra, con desagradables alusiones de tipo personal.

Los ataques por las creencias ideológicas de la diputada Fallas son, sin duda, una manifestación elocuente de la intolerancia política que se ha mencionado. La simpatía que ella tiene por el curso ideológico del gobierno venezolano no nos conceden el derecho a insultarla o a pedirle que se vaya a vivir a otro país.

Congruente. En un mundo en el que la mayoría de los políticos pecan por inconsecuentes, la diputada Fallas, con sus acciones y comportamiento, ha dado muestras de ser congruente con las ideas que profesa, y no es justo vilipendiarla o censurarla por eso. Creo que aunque uno no comulgue con la ideología que ella representa, ni comparta sus acciones, es justo reconocerle la valentía y entereza con las que actúa y defiende sus creencias.

Por su parte, la mayoría de los actores políticos nacionales, conociendo la repulsa casi unánime del pueblo costarricense hacia el actual gobierno venezolano, quisieron pescar en aguas revueltas y, en coro, haciéndoles segunda a las intolerantes voces en contra de la visita de los constituyentes de ese país, manifestaron su oposición a la realización de la actividad en las instalaciones legislativas.

Pero lo sorprendente fue, sin duda, la actitud del candidato presidencial del Frente Amplio, Edgardo Araya, quien con desagradable oportunismo político se quiso vestir con piel de oveja, pues, a pesar de la reconocida y notoria afinidad de su partido con el régimen venezolano, en esta ocasión se sumó a las voces que lo cuestionaron y renegó de sus correligionarios.

No copiar. La intolerancia política, la represión a quienes piensan diferente, la falta de libertad de expresión, que tanto le criticamos al régimen venezolano, son precisamente las detestables prácticas que no debemos emular.

Cuando se deteriora la disposición colectiva de respetar los derechos políticos de los demás, especialmente de aquellos con los que no se comparten ideas, se pone en riego la convivencia democrática y la estabilidad política de un país.

El autor es exembajador.

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