Opinión

Ian Buruma: La mafia del fútbol

Actualizado el 05 de junio de 2015 a las 12:00 am

En la FIFA de Blatter, el trato con déspotas y magnates turbios ya no es venal, sino noble

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NUEVA YORK – La única sorpresa sobre la detención de siete funcionarios de la FIFA en un hotel suizo la mañana del 27 de mayo es simplemente la de que ocurriera. La mayoría de la gente daba por sentado que esos hombres consentidos y vestidos con trajes caros que gobiernan la Federación Mundial de Fútbol estaban fuera del alcance de la ley. Fueran cuales fuesen los rumores que corrieran o las informaciones que se diesen sobre supuestos sobornos, votaciones amañadas y otros chanchullos, el presidente de la FIFA, Joseph “Sepp" Blatter, y sus colegas y asociados siempre parecían salir incólumes.

Hasta ahora, se ha imputado a 14 hombres, incluidos nueve ejecutivos actuales o antiguos de la FIFA (pero no Blatter), de diversos delitos, como presunto fraude y corrupción, en los Estados Unidos, donde los fiscales los acusan, entre otras cosas, de apropiarse, presuntamente, de 150 millones de dólares mediante sobornos, y los fiscales suizos están examinando los acuerdos que derivaron en las decisiones de conceder las competiciones de la Copa Mundial en el 2018 y 2022 a Rusia y a Catar, respectivamente.

Naturalmente, en los deportes profesionales hay una larga tradición de negocios mafiosos. Los gánsteres americanos han tenido un gran interés en el boxeo, por ejemplo. Incluso el juego del críquet, en tiempos caballerosos, ha quedado manchado por la infiltración de redes de garitos y otros asuntos sucios. La FIFA es simplemente la vaca lechera mundial más rica y poderosa de todas.

Algunos han equiparado a la FIFA con la mafia y a Blatter, nacido en un pueblecito suizo, se le ha llamado “Don Blatterone”. No es del todo justo. Por lo que sabemos, ningún contrato para asesinar ha salido jamás de la oficina del jefe de la FIFA en Zúrich, pero el secretismo de la organización, su intimidación a los rivales de quienes la dirigen y su recurso a favores, sobornos y reclamación de deudas sí que presentan paralelismos preocupantes con el mundo de la delincuencia organizada.

Desde luego, podríamos optar por considerar a la FIFA una organización disfuncional, en lugar de una empresa delictiva, pero incluso en ese hipotético caso más caritativo, gran parte de las infracciones son consecuencia directa de la total falta de transparencia de la federación. Todas sus operaciones están dirigidas por un grupo muy unido de hombres (las mujeres no desempeñan papel alguno en esos obscuros asuntos), todos los cuales están en deuda con el jefe.

Todo eso no comenzó con Blatter. Fue su predecesor, el brasileño João Havelange, quien convirtió la FIFA en un imperio rico e inmensamente corrupto al incorporar a cada vez más países en desarrollo, cuyos votos a los jefes fueron comprados con toda clase de comercio lucrativo y tratos con medios de comunicación.

Cantidades enormes de dinero empresarial de Coca-Cola y Adidas han inundado el sistema y han llegado hasta los anchos bolsillos de potentados del Tercer Mundo y, supuestamente, del propio Havelange. La Coca-Cola fue la patrocinadora principal de la Copa Mundial de 1978 en la Argentina, en aquella época gobernada por una junta militar brutal.

Blatter no es tan cutre como Havelange. A diferencia del brasileño, no se relaciona a las claras con aparentes gánsteres, pero su poder depende también de los votos de países de fuera de la Europa occidental y la lealtad de estos está garantizada por la promesa de los derechos televisivos y las franquicias comerciales.

En el caso de Catar, eso significaba el derecho a celebrar la Copa Mundial en un clima totalmente inapropiado, en estadios apresuradamente construidos en condiciones terribles por trabajadores extranjeros mal pagados y con pocos derechos.

A las quejas de europeos ligeramente más quisquillosos se contesta a menudo acusándolos de actitudes neocolonialistas o incluso de racismo. De hecho, eso es lo que hace de Blatter un hombre típico de nuestro tiempo. Es un funcionario despiadado que se presenta como el adalid del mundo en desarrollo, que protege los intereses de africanos, asiáticos, árabes y sudamericanos frente el arrogante Occidente.

La situación ha cambiado desde la época en que hombres venales de países pobres cobraban para hacer avanzar los intereses políticos o comerciales occidentales. Naturalmente, eso es algo que sigue ocurriendo, pero ahora el verdadero dineral, en la mayoría de los casos, se obtiene fuera de Occidente: en China, en el golfo Pérsico e incluso en Rusia.

Ahora, hombres de negocios, arquitectos, artistas, presidentes de universidades y directores de museos occidentales –o quien necesite grandes cantidades de dinero para financiar sus proyectos onerosos– tienen que tratar con autócratas no occidentales, como también políticos elegidos democráticamente, desde luego, y algunos –pensemos en Tony Blair– lo convierten en una carrera tras su salida del Gobierno.

La de complacer a regímenes autoritarios e intereses comerciales opacos no es una empresa sana. La alianza contemporánea de intereses occidentales –en las artes y la enseñanza superior no menos que en los deportes– con poderes ricos y no democráticos entraña compromisos que podrían dañar fácilmente a reputaciones consolidadas.

Una forma de desviar la atención es la de recurrir a la vieja retórica antiimperialista de la izquierda. El trato con déspotas y magnates turbios ya no es venal, sino noble. Vender la franquicia de una universidad o un museo a un Estado del Golfo, construir otro estadio monstruoso en China o hacer una fortuna con favores futbolísticos a Rusia o Catar es progresista y antirracista y constituye un triunfo de la fraternidad mundial y los valores universales.

Ese es el aspecto más irritante de la FIFA de Blatter. La corrupción, la compra de votos, la absurda sed de prestigio internacional por parte de los jefes del fútbol, los pechos hinchados y engalanados con medallas y condecoraciones son, todos ellos, normales. Lo que escuece es la hipocresía.

Lamentar la pérdida de poder e influencia mundiales por parte del corazón de Europa y los Estados Unidos es inútil y no podemos predecir exactamente las consecuencias políticas de ese cambio, pero, si la triste historia de la FIFA es mínimamente indicativa, podemos estar seguros de que, sean cuales fueren las formas que adopte el gobierno, el dinero seguirá imperando.

Ian Buruma es profesor de Democracia, Derechos humanos y Periodismo en el Bard College y autor de Year Zero: A History of 1945 (“El año cero. Historia de 1945”). © Project Syndicate 1995–2015

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