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Hambrientos de ciencia

Actualizado el 08 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Amsterdam. – En el Delta del Mekong, los agricultores obtienen entre 6 y 7 toneladas de arroz por hectárea en las temporadas secas y entre 4 y 5 toneladas en las húmedas, utilizando variedades de arroz de maduración rápida que permiten hasta tres cosechas consecutivas por año. Por el contrario, los agricultores que se dedican a cultivar arroz en África occidental cosechan sólo 1,5 tonelada por hectárea de arroz de secano tradicional por año, mientras que otros cereales no rinden más que una tonelada, una cifra comparable con los rendimientos de la Europa medieval.

Estas disparidades son innecesarias. De hecho, la proliferación de tecnología agrícola -desde maquinarias más eficientes hasta variedades de cultivos más robustas y de mejores rendimientos- podría achicar considerablemente la brecha de productividad, incluso si persisten las diferencias entre climas y productores.

Por ejemplo, una nueva variedad africana de arroz de secano, Nerica , triplica los rendimientos anuales. De la misma manera, en los últimos cuarenta años, mejores métodos de cría, una alimentación de mejor calidad y una mejor atención veterinaria duplicaron, cuando menos, la producción promedio de leche en el mundo. Sin embargo, las discrepancias regionales siguen siendo enormes: las vacas en los Países Bajos pueden producir aproximadamente 9.000 litros de leche al año, mientras que el ganado cebú en los trópicos sólo produce unos 300 litros.

La necesidad de aumentar la producción agrícola se vuelve más urgente cada día. Se calcula que la población global va a alcanzar los nueve mil millones de habitantes para 2050. Al mismo tiempo, la gente en el mundo en desarrollo -donde se producirá prácticamente todo el crecimiento demográfico- intenta seguir dietas más variadas. En 2030, la demanda de productos animales se duplicará, mientras que la demanda general de alimentos aumentará un 40%.

La ciencia tiene mucho que aportar a la seguridad global de los alimentos. La modificación genética no es esencial para alimentar al mundo, pero sí ofrece ventajas importantes que les permiten a los científicos introducir o mejorar ciertas características -resistencia a los virus en la mandioca, por ejemplo, o una mejor digestión de la comida- que no se pueden realizar con crías o cultivos convencionales.

Sin duda, mejorar los rendimientos no es lo mismo que alimentar al mundo. Si una franja amplia de la población no puede tener acceso a la comida que se produce, el volumen del rendimiento es irrelevante. Si bien casi 1.000 millones de personas han salido de la pobreza (definida por el Banco Mundial como un ingreso de menos de $1,25 por día, en términos de paridad de poder adquisitivo) en los últimos 20 años, ese progreso resultará más difícil para los próximos 1.000 millones.

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En vista de esto, los responsables de las políticas deberían redoblar sus esfuerzos para reducir la pobreza respaldando un crecimiento económico sustentable e inclusivo. Deberían comprometerse a fomentar una gestión agrícola sólida, sin afectar el buen funcionamiento de los mercados y mejorando la inversión en agricultura. Al mismo tiempo, estos objetivos, si bien son urgentes, no deberían opacar la necesidad de centrarse en los rendimientos, cuyo incremento representó las tres cuartas partes del crecimiento de la producción de alimentos en las últimas décadas.

Afortunadamente, parece improbable que las potenciales limitaciones más significativas -tierra, agua y nutrientes- vayan a constreñir la producción global de manera excesiva en el futuro previsible. Pero, si bien ninguno de ellos escasea globalmente, sí puede haber una escasez en el plano local.

La tierra de cultivo per capita seguirá declinando, pero existe más tierra arable en el mundo de lo que se pensaba. El ejemplo del uso del cerrado brasileño, alguna vez considerado inútil, augura un buen futuro para las sabanas africanas. También existen reservas de tierra no utilizada en otras partes de Sudamérica, Asia central y Europa del este.

Un desafío más inmediato es asegurar que los cultivos reciban suficiente agua, lo cual requiere construir y mantener sistemas de irrigación eficientes para estabilizar los rendimientos y permitir a los agricultores obtener una cosecha adicional cada año. En las condiciones actuales, sólo el 4% de la tierra cultivable en el África subsahariana es irrigada, comparado con el 38% en Asia. Mientras Oriente Medio enfrentará serias escaseces de agua, África, donde ocurrirá el mayor crecimiento demográfico, contiene varias fuentes de agua sin explotar.

El uso de fertilizantes se ha vuelto significativamente más eficiente en los últimos años, y esa tendencia continuará. Las reservas de minerales como el fosfato seguirán siendo abundantes en las próximas décadas, y el nitrógeno no es limitado. Ya existe tecnología para extraer nutrientes de los desechos, lo que reduce la dependencia de la minería. Es más, los cerdos y las aves de corral son procesadores de desechos alimenticios ideales, y sus desechos pueden servir nuevamente como fuentes de nutrientes y energía, convirtiendo las futuras cadenas alimenticias en ciclos de producción interconectados.

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Quizá la limitación más urgente para la producción agrícola sea la imperiosa escasez de mano de obra, ya que la gente joven en las zonas rurales, que tradicionalmente representa la fuerza laboral agrícola, se traslada a las ciudades. Considerando que los pequeños agricultores no pueden ofrecer excedentes suficientes, la producción agrícola será cada vez más consolidada y mecanizada, elevando el consumo de combustibles fósiles, lo que deberá ser compensado por la introducción de tecnologías más eficientes.

Por supuesto, existe un nivel de incertidumbre importante ligado con la producción de alimentos futura. El crecimiento demográfico tal vez no se desacelere con la rapidez esperada. El proteccionismo amenaza los mercados abiertos y el crecimiento del PIB. Y la volatilidad de precios, ya sea generada por la sequía o por políticas nacionales miopes, podría disuadir la inversión en agricultura y disminuir el poder adquisitivo de los pobres.

Si el cambio climático va a causar incertidumbre o no en materia de rendimientos en las próximas décadas es una cuestión que todavía no resulta clara. Si bien pueden verse afectadas las precipitaciones, las mayores temperaturas permitirían la producción agrícola en regiones más frías, y se sabe que el CO2 fomenta el crecimiento de las plantas, incluso en zonas secas.

Por otra parte, si bien la higiene, la rastreabilidad y el etiquetamiento de los alimentos están mejorando, cualquier negligencia en lo que concierne a la seguridad de los alimentos podría tener consecuencias de amplio alcance en la compleja e interconectada cadena alimenticia global. La creciente demanda de productos animales pone de manifiesto los riesgos microbiológicos, mientras que las medidas de protección animal muchas veces crean nuevos peligros. Por ejemplo, los corrales abiertos para las aves pueden incrementar la propagación de enfermedades contagiosas como la gripe aviar.

A pesar de estos riesgos, la perspectiva para la seguridad futura de los alimentos es alentadora. Nuestros alimentos son más seguros y nuestras dietas, más diversas que antes; los métodos de producción se están tornando cada vez más sustentables, limpios y eficientes; y cada vez somos mejores a la hora de proteger la biodiversidad.

Sin embargo, muchos en Europa y Estados Unidos -los más beneficiados con los avances agrícolas- desconfían de este progreso y consideran que el avance científico y el libre comercio son una combinación peligrosa. En la medida que esta percepción impida el progreso, representa la amenaza real para la seguridad global de los alimentos.

Louise O. Fresco, docente universitaria en la Universidad de Ámsterdam, fue directora de Investigación y directora general adjunta para Agricultura en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. © Project Syndicate.

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