Opinión

Educación sexual y medios de riesgo

Actualizado el 17 de abril de 2017 a las 12:00 am

Una educación sexual integral debería atender también las preocupa-ciones de los padres

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En un artículo anterior (13/3/17), comenté que aquellos progenitores que han criado responsablemente a sus hijos pueden afrontar al menos dos temores cuando estos reciben información acerca de la sexualidad. Un temor se relaciona con la “pérdida” del hijo que crece; el otro miedo se vincula con el trastocamiento de tradiciones que nos brindan una ficción de seguridad. Una educación sexual integral debería atender las necesidades de los hijos, pero también las posibles preocupaciones de padres y madres.

Por otra parte, no todas las personas han crecido en familias con progenitores responsables, atentos a las necesidades de sus descendientes. La carencia de un cuidado en la familia hacia los menores de edad se ha relacionado con fenómenos psicosociales caracterizados como “ambientes de crecimiento hostiles e impredecibles”.

Genética y epigenética. Autores como Aurelio J. Figueredo, Bruce J. Ellis y Tammy Barry, entre otros, han presentado pruebas de que la exposición a ambientes hostiles e impredecibles –por tanto, más estresantes– se relaciona con desórdenes de conducta en diferentes etapas del desarrollo, con la inestabilidad en relaciones amistosas y románticas en la adolescencia y la adultez, con problemas de salud, con la ausencia de restrictividad sexual y con la inestabilidad socioeconómica.

Las personas que han crecido en ese tipo de medios corren el riesgo de que su comportamiento se configure como una historia de vida acelerada, caracterizada por el pensamiento cortoplacista (orientado al presente), así como por comportamientos impulsivos y menos planificadores.

Esas condiciones posiblemente se encuentren en familias que viven en la pobreza (cerca del 20% de la población en Costa Rica). Así también, en el censo del año 2011 se determinó que un 31% de las familias viven sin alguno de los dos progenitores de familia, generalmente el padre.

Estos datos sugieren que aún nos falta mucho para atender el crecimiento de las personas que viven en ambientes susceptibles de generar estrés y dificultades en el proceso de desarrollo.

El interés por la variedad de experiencias sexuales, la precocidad o la promiscuidad no son decisiones conscientes o controladas. La investigación científica sugiere que tales fenómenos provienen de la herencia genética o de la configuración epigenética –esta, fruto de los ambientes de desarrollo descritos en párrafos anteriores–. Mal haríamos con moralizar y juzgar estos comportamientos sin comprender las causas que pueden generarlos.

Planes educativos. Una educación sexual guiada por principios racionales, científicos y humanistas debe empezar por reconocer la realidad de la diversidad de comportamientos sexuales que presentan las personas; no juzgarlas, sino comprenderlas. A partir de todo esto deben generarse los planes que faciliten una adecuada transmisión de conocimiento acerca de la sexualidad y de las relaciones interpersonales.

Deseamos que las personas ejerzan sus comportamientos sexuales de modo responsable; por tanto, es imprescindible atender a las personas que crecen en medios ambientes hostiles en los años preescolares, para que ellas desarrollen adecuadamente las capacidades de autorregulación e inteligencia. No es realista pretender “enseñar” la responsabilidad o el afecto a personas que no tuvieron tales bases en su niñez temprana. Intentarlo sería como construir una pared sin vigas: todo el esfuerzo se vendrá abajo en cualquier momento.

Nuestro sistema educativo ha dado pasos importantes con la introducción de la educación sexual. No obstante, se está lejos aún de una verdadera educación personalizada, que considere las características de la personalidad y del comportamiento sexual del estudiante, y que genere mejores planes educativos en función de dichas características. Así también, como muchos otros, este tema requiere de evaluaciones científicas de la mejor calidad para asegurar que nuestra inversión en educación esté bien dirigida.

El autor es psicólogo y profesor universitario.

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