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EE. UU. y el mundo están en transición

Actualizado el 29 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

Hacer campaña proselitista y gobernar son dos actividades muy distintas

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NUEVA YORK – En menos de dos meses, la transición política estadounidense habrá terminado. El presidente número 45 de Estados Unidos se instalará en la oficina oval. El presidente electo Donald Trump se convertirá en el presidente Trump; el presidente Barack Obama se unirá a Jimmy Carter, George H.W. Bush, Bill Clinton y George W. Bush como uno más en la lista de expresidentes de EE. UU. que están con vida.

Proliferan especulaciones sobre las probables políticas de Trump, tanto sobre su política exterior como la doméstica; pero, pocas de dichas especulaciones, e incluso hasta ninguna, son significativas. Hacer campaña proselitista y gobernar son dos actividades muy distintas, y no hay razón para suponer que la forma en la que Trump condujo la primera sea indicativa de la forma cómo él abordará la segunda. Aún no sabemos quiénes serán los principales asesores, y cómo (y cuán bien) trabajarán estos de manera conjunta.

Sin embargo, en medio de esta incertidumbre, hay algunas cosas que sí sabemos. La primera es que a Trump se le recibirá con una cesta de asuntos por resolver que está repleta de desafíos internacionales difíciles. Sin duda, ningún problema se compara con la Guerra Fría en su apogeo, pero la gran cantidad y complejidad de problemas no tiene precedentes en tiempos modernos.

Encabezando la lista estará el Oriente Medio, región en una etapa avanzada de desintegración. Siria, Irak, Yemen y Libia se enfrentan a una mezcla de guerras civiles y guerras subsidiarias, estas últimas también llamadas guerras proxy. El pacto nuclear con Irán, en el mejor de los casos, lidia con un solo aspecto del poder iraní, y únicamente por un período limitado. Puede que el Estado Islámico (EI) llegue a perder su dimensión territorial; pero, junto con otros grupos, continuará representando una amenaza terrorista durante los años venideros. La difícil situación de millones de refugiados se constituye no solo en una tragedia humanitaria, sino que también en una carga económica y estratégica para los países en la mencionada región y en Europa.

Además, Europa ya se enfrenta a muchos otros retos importantes, incluida la agresión rusa contra Ucrania, el brexit, el auge del populismo y el nacionalismo, y las bajas tasas de crecimiento económico. Turquía plantea un problema especial, dado su creciente antiliberalismo dentro de sus fronteras y su comportamiento impredecible en el exterior. El hecho de que los kurdos de Siria hayan demostrado que son los mejores aliados de Estados Unidos contra el EI es un factor que se suma a la complejidad de las decisiones de política exterior que aún están a la espera de ser tomadas.

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La estabilidad de Asia oriental se ve amenazada por el ascenso y las ambiciones estratégicas de China, los avances nucleares y de misiles balísticos de Corea del Norte, así como también por una serie de controvertidas reivindicaciones marítimas y territoriales. En Asia del sur existe una renovada tensión entre la India y Pakistán, dos rivales nucleares con una historia de conflictos. Es igual de incierto el futuro de Afganistán, país donde la participación y la ayuda internacional durante un periodo mayor a una década no logró producir un gobierno competente, ni pudo sofocar a los talibanes y a otros grupos armados de oposición.

Físicamente más cerca de EE. UU., está una Venezuela rica en petróleo que tiene muchas de las características de un Estado fallido. En África, del mismo modo, una mezcla de gobernabilidad deficiente, crecimiento económico bajo, con terrorismo o guerra civil, o con ambos de estos factores, es abrumadora para muchos países. Además, a escala mundial, se aplican pocas reglas o sanciones, si acaso se las llega a aplicar, con relación a comportamientos imprudentes en ámbitos trascendentales (entre ellos, el ciberespacio, que es uno que reviste suma importancia).

Si bien hacer campaña proselitista no es lo mismo que gobernar, la campaña de Trump ha añadido otros carices a las dificultades que él mismo enfrentará. Al candidatear sobre la base de una plataforma que pregona “Primero Estados Unidos”, Trump ha hecho que surjan cuestionamientos entre los aliados de Estados Unidos acerca de cuán inteligente es continuar dependiendo del apoyo de Estados Unidos.

La aparente desaparición de la Asociación Transpacífico ha creado malestar en Asia y América del Sur sobre la previsibilidad de Estados Unidos y sobre si Estados Unidos seguirá siendo el líder del comercio mundial o adoptará una actitud más cercana al proteccionismo. México, escogido por Trump como blanco especial de sus críticas durante la campaña electoral, se enfrenta a un conjunto singular de asuntos relacionados tanto al comercio como a la inmigración.

El presidente entrante y los que le rodean estarán bajo presión para abordar todos estos asuntos y preocupaciones de manera rápida, pero sería aconsejable que se tomen su tiempo. La prioridad por ahora, y por los meses venideros, debería ser conformar el equipo de la nueva administración. Deben llenarse aproximadamente 4.000 puestos. Los miembros de la nueva administración también tendrán que aprender a trabajar juntos, y deberán revisar las políticas existentes antes de que puedan tomar decisiones acerca de otras nuevas. Se centrará la atención de manera considerable en –y se acumularán las expectativas sobre– los primeros cien días de la administración. Sin embargo, no existe nada mágico adherido a los primeros cien días de una presidencia de 1.460 días de duración. Es mejor hacer las cosas bien que hacerlas con premura antes de una fecha determinada.

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Sería muy sabio que los gobiernos de otros países hagan más que solamente observar y esperar a que la nueva administración de Estados Unidos se organice. Los aliados deben considerar que otras cosas más podrían hacer a favor de la defensa común. Ellos pueden desarrollar y compartir sus ideas sobre la mejor manera de lidiar con Rusia, China, el EI, Corea del Norte e Irán. Del mismo modo, pueden comenzar a pensar acerca de cómo proteger y promover el comercio mundial en ausencia de nuevos acuerdos liderados por Estados Unidos.

En esta nueva era, el equilibrio entre el orden y el desorden mundial será determinado no solo por las acciones de Estados Unidos, sino que también, y cada vez en mayor magnitud, por las acciones para la que estén preparados a tomar otros países que están alineados desde tiempo atrás con EE. UU.

Richard N. Haass es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores y autor del libro de próxima aparición “A World in Disarray: American Foreign Policy and the Crisis of the Old Order”. © Project Syndicate 1995–2016

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