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Consideraciones económicas de actualidad

Actualizado el 14 de agosto de 2016 a las 12:00 am

El lento crecimiento y la desigualdad pueden ser resueltos bajo el sistema de mercado libre

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El libre comercio está llamado a incrementar el bienestar mundial, pues permite que las demandas de la gente por bienes y servicios se atiendan con la mejor combinación precio-calidad. Es así como China suple hoy al mundo de ropa, piezas de recambio, electrodomésticos, etc., muy económicos; Costa Rica hace lo propio con café, banano y una enorme cantidad de servicios y productos, finales e intermedios, de alta tecnología.

Y en general ocurre que “la oferta crea la propia demanda”, pues los ingresos acumulados que obtienen quienes participan en la cadena de exportación engruesan sus billeteras en un monto que les permitiría pagar importaciones por igual valor.

En ausencia de comercio internacional, los países tendrían que conformarse con niveles de producción y consumo relativamente bajos, pues ningún país es eficaz en la producción de todo.

En ausencia de comercio internacional, muchos ciudadanos de países en desventaja optarían por emigrar a otros donde existan buenas oportunidades de empleo. Y, en estos, muchos empleadores mirarían con buenos ojos dichos movimientos, que les permiten contratar mano de obra a salarios más bajos que en ausencia de esa movilidad laboral.

Como puede inferirse, la movilidad de bienes que apareja el comercio internacional libre actúa como sustituto de la movilidad de personas.

El comercio internacional abierto, como el señalado, sin duda beneficia a los consumidores, pero podría quitar el sueño a algunos productores domésticos, quienes para conservar el mercado interno han de ajustar casi permanentemente sus ofertas y estructuras de costos.

También podría crear desempleo entre las personas no calificadas, que no sean capaces de producir conforme a los mejores estándares internacionales. Ellas, al no contar con ingresos razonablemente estables, arriesgan entrar en situación de pobreza.

Sin embargo, el que los beneficios que apareja la apertura se distribuyan de manera casi imperceptible entre muchos, o que como los aguaceros de octubre se consideren un dato, pero los eventuales costos se concentren claramente en pocos, hace que aquella sea más difícil de defender políticamente que el proteccionismo.

Mezcla de políticas. Los países miembros de la Unión Europea (UE) optaron por una mezcla de políticas que hoy parece difícil de sostener: libre movilidad de bienes y servicios unida a la libre movilidad de gente. Si la libre movilidad de bienes resultó muy fuerte para los sectores productivos que no se modernizaron, la libre movilidad de gente es considerada por muchos como una enorme urraca ladrona, que no solo roba la “identidad cultural” y la seguridad ciudadana, sino opciones de empleo a su pueblo.

Y en medios donde el nivel de desempleo ronda el 11% y más de la población económicamente activa (el doble entre los jóvenes) esto último se tornó importantísimo.

Además, la libre movilidad internacional de gente pone en peligro los generosos esquemas de seguridad social (recreación, educación, salud y pensiones) por el que muchos países europeos, con aportes hechos por décadas, apostaron. Por eso muchos han procedido a cuestionar la conveniencia de pertenecer a la UE.

Crecimiento compartido. Al inicio de la década de 1960, los países centroamericanos adoptaron un esquema comercial similar, pero no igual, al de la UE. En Centroamérica, por ejemplo, no opera la libre movilidad de personas y, a juzgar por noticias recientes, no hay deseo de que en el futuro previsible la haya.

Tampoco la incluye el tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Conforme a lo anterior: ¿qué deben hacer los países del área para alcanzar lo que se ha denominado “crecimiento compartido”?

Una posibilidad que los socialistas y proteccionistas –de cara a la experiencia reciente de la UE– favorecen, consiste en adoptar un régimen de autarquía, que aísle a los países del comercio internacional.

Como comenté arriba, esta situación es subóptima desde el punto de vista social; y es más mala conforme más pequeño sea el país que la adoptara.

Otra salida, a mi juicio la adecuada, consiste en aprobar y poner en práctica políticas de educación, del tipo dual, teórico-práctica, que ayuden a la gente a competir con éxito en un mundo globalizado.

Estas políticas han de acompañarse con otras que coadyuven a la competencia (infraestructura, régimen de derecho, eficiencia del sector público, seguridad ciudadana, etc.) y con una eficaz red de seguridad social, que atienda los costos de la mala suerte entre los miembros de la sociedad.

Todo esto ayudará a elevar el ingreso promedio y a reducir la desigualdad financiera entre las familias.

Si, en el caso concreto de Costa Rica, en realidad nos interesa luchar por una más equitativa distribución del ingreso y de los beneficios de un acelerado crecimiento económico, hay que asegurar que la carga tributaria no ahogue al sector productivo, pues ello iría contra el propósito y hasta lesionaría la propia capacidad recaudatoria del Estado.

Y este y sus agencias han de focalizar eficazmente su gasto. En particular, ha de controlarse el tamaño de las planillas públicas y reformarse los esquemas de beneficios exagerados (salarios, anualidades, dedicación exclusiva, prohibición, convenciones colectivas, etc.) y los regímenes de altas pensiones con cargo al presupuesto nacional que en ellos opera, toda lo cual contribuye a crear más, no menos, desigualdad social.

Como se ve, no es necesario quemar la casa para asar el cerdo. Los problemas de lento crecimiento y desigualdad pueden ser resueltos bajo el sistema de mercado libre con una eficaz participación del Estado.

El autor es economista.

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