Opinión

Carta para la señorita Emma Stone

Actualizado el 11 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Una invitación para que la galardonada actriz conozca la realidad de nuestra Costa Rica

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Carta para la señorita Emma Stone

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Mis parabienes, señorita Stone, por su consagración como mejor actriz principal en la película La La Land. Nuestro presidente le envió un mensaje por el que le ofrezco disculpas, en nombre de todos los costarricenses. Solís se atrevió a “vosearla” (“venís”, “paseás”, “te divertís”). Lo hizo, a todas luces, con el objeto de proyectar ante el país la imagen de que él está “de pellizco en nalga” con usted. El pobre hombre se lo deseara en los más delirantes de sus sueños, sin duda.

(Video) Al piano, Luis Guillermo Solís invitó a Emma Stone a visitar Costa Rica

Por lo demás, venga, señorita Stone, para que conozca un país con tres viceministras con sobresueldo. Y no solo eso: completamente desprovistas de atestados académicos. En mi infinita ingenuidad, yo creía que para aspirar a un rango tan significativo como un viceministerio se exigiría de los postulantes grados y distinciones académicos. Pero resulta que en este gobierno eso no es así. La meritocracia académica es el último de los criterios para nombrar a un viceministro. Y, por supuesto, además de eso, las señoras de marras se hicieron pagar sobresueldos como si ostentasen doctorados de Harvard, Oxford y Yale. ¡Solo en la surrealista Costa Rica de Solís!

Algo más, señorita Stone: en Costa Rica tendrá el privilegio de ver el puente más famoso del mundo: ¡“La Platina Golden Gate”! Superior en aura mítica al puente de Waterloo, al puente sobre el río Kwai, al puente Vecchio, al puente de Brooklyn, al puente de Avignon. Esta obra maestra de la infraestructura pontificia es, al día de hoy, uno de los grandes atractivos turísticos del país. No se lo pierda, amiga, que con ello se privaría de un emblema ingenieril de la disfuncionalidad absoluta y total del país en todos los parámetros concebibles de la cultura.

Y, además, señorita Stone, vea lo que es vivir en un país donde el 23% del dinero que circula por las calles es lavado, dinero mal habido, dinero blanqueado con los mejores “detergentes” bancarios de la actualidad. Costa Rica ya superó a todos los países de Centroamérica y casi todos los del Caribe en este triste rubro. De cada cien pesos que un costarricense tiene, veintitrés proceden del narco, ahora enfeudado de nuestro país y generando metástasis en todos los niveles de la sociedad, ello mientras Solís baila, canta, sale en programas de televisión, farandulea; en suma, cultiva la vida de una vedette mediática.

Río Tárcoles. Y no se pierda, señorita Stone, el emocionante viaje sobre el río Tárcoles. Es, por mucho, el más contaminado de Centroamérica, y ello según medidas recientes y rigurosas. Esta infecta cloaca arrastra la materia fecal de cuatro millones de habitantes que hacen pipí y popó en la Gran Área Metropolitana; más aún, en toda la Meseta Central. Recoge el excremento del Virilla, nutrido a su vez por el María Aguilar, el Torres, el Ocloro y el Tiribí: todos ellos tanques sépticos ad hoc del área metropolitana.

A esto hemos de añadir residuos de refinadoras petroleras, cadáveres de carros, neumáticos, refrigeradoras destartaladas, chanchos y perros muertos, ocasionalmente restos humanos, mercurio, diésel y diversos metales letales para la vida humana.

El Tárcoles tiene la gentileza de regalarle toda esta bazofia orgánica e industrial a nuestro golfo de Nicoya, con lo cual nosotros, país ecológico por antonomasia, contribuimos a contaminar masivamente los mares de la Tierra. Los cocodrilitos que quizás alcance a ver, señorita Stone, en su excrementicio periplo sobre el Tárcoles, están cebados en materia fecal y todo tipo de contaminantes siderúrgicos. No se asombre si de pronto los ve usted mutar, echar alas y alzar el vuelo como los pterodáctilos del Jurásico.

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Belleza vial. Pero, sobre todo, señorita Stone, no se pierda del gozo de circular en nuestro sistema vial josefino: ¡qué fluidez, qué orden, qué observancia inmaculada de las leyes de tránsito, qué celeridad en los desplazamientos: jamás un embotellamiento, y nunca, nunca, nunca, un huequecillo en el pavimento, así no fuera más que del tamaño de un poro cutáneo! De paso, deguste usted también el excelente estado de nuestras aceras, todas ellas provistas de acceso para los discapacitados, para gente que circula en silla de ruedas o andaderas: ¡es la ciudad modelo!

Y por las heridas de Cristo, señorita Stone: evite contacto alguno con Solís. Es más que capaz de pedirle un papel para él en su próxima película, bailando y cantando, o bien encarnando una cinta romántica con usted. Créame, señorita Stone: terminará por quitarle a usted su cartel y eclipsar en la pantalla aun a los más veteranos y distinguidos actores.

Y no se pierda, señorita Stone, de nuestras grandes áreas de esparcimiento: La Carpio, Los Guido, la León XIII, la Colonia Kennedy, El Triángulo de Solidaridad, la colonia Gloria Bejarano, barrio Cristo Rey… Estos lugares son el Dr. Jekyll de Costa Rica, la “sombra” de Jung, el rostro en tiniebla, la faz del licántropo que corremos a esconder, mientras enviamos al exterior, a guisa de fachada de exportación, las palmeritas, volcancitos y playitas que todos conocemos.

Sepa, señorita Stone, que aunque Solís nunca le habló de ello, la lepra social de la miseria se ha enseñoreado de vastas áreas urbanas. Solís no suele frecuentarla, porque ahí no hay donde bailar, pero son heridas abiertas, supurantes, resollantes sobre la piel de nuestra sociedad.

Hay presidentes que gobiernan bien, otros que gobiernan mal. Solís es inclasificable. Inclasificable porque no gobernó. Se dedicó a la autopromoción mediática, a figurar en cuanta tómbola se le ha cruzado en el camino, a robar cámaras, a exhibirse, a cultivar una imagen de culto populista por el estilo de Juan Domingo Perón. Su narcisismo es insondable, y no ha tenido siquiera la consideración de disimularlo. Triste, muy triste. Solís baila El pirulino, y nuestro país, entre tanto, se desangra en silencio.

El autor es pianista y escritor.

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