Opinión

¡Calladito más bonito!

Actualizado el 12 de octubre de 2017 a las 10:30 pm

¿Por qué el gobierno no anunció con bombos y platillos la apertura del mercado del cemento?

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La tormenta tropical Nate pasó dejando sobre el territorio nacional a miles de familias desplazadas, pueblos completos anegados y a una población que, a pesar de tener sus almas inundadas desde hace años, no había tenido aún la desdicha de amanecer con la cabeza cubierta por el agua. Debo confesarles que no soy meteorólogo y mi conocimiento en esa materia dista mucho de las habilidades que tengo en otras áreas. A pesar de ello, me atrevería a decir que la misma tormenta que le arrebató la tranquilidad a muchos de nuestros compatriotas, se les presentó como un período de paz y calma a los que hasta ahora habían sido señalados en el caso del cemento chino. ¡Qué oportuno!, ¿no? Hasta para eso hay que tener suerte en esta vida.

Mientras la Presidencia de la República se tambaleaba frente a las últimas referencias de un tal big chief, las nubes borrascosas y los vientos huracanados le dieron la oportunidad de dejar en suspenso el tema y asumir –con una naturalidad que asombra–, la figura del rescatista más eficiente de la nación.

No lo tomen a mal, ni piensen que lo digo en forma de censura. Por el contrario, admito con total franqueza y admiración que si algo ha distinguido al señor Solís Rivera es su entereza y valentía al tomar las decisiones correctas en los momentos en que la madre naturaleza la ha emprendido contra nosotros los mortales.

Como suele suceder con este tipo de fenómenos, las peores horas han pasado, nuestros muertos ya han recibido las sagradas sepulturas, los ríos vuelven lentamente a sus cauces, el sol empieza a asomarse en el firmamento y lentamente comenzamos el doloroso camino de la reconstrucción.

De la misma forma, y para desdicha de los cuestionados en el escándalo del cemento, regresan sobre sus hombros las sombras de sus actuaciones y nuevamente podemos retomar lo que pareció quedar en el olvido. No vayan a creer que una catástrofe natural nos va quebrantar la obligación ciudadana de desenmascarar a los villanos que han usurpado la patria.

Debo hacer aquí un paréntesis y aclarar que no me refiero a ninguno de los que han salido atollados en el embrollo por un vuelo de cortesía, una amistad ocasional que les salió torcida o aquellos que, sin sospechar, terminaron cruzando algún momento de sus vidas con los verdaderos responsables. Como todo en la vida, ¡no están todos los que son ni son todos los que están!

La pregunta. He seguido de cerca las intervenciones de la Comisión Legislativa que tiene en sus manos la investigación del sonado caso del cemento chino, y aunque les reconozco a sus miembros muchas de las virtudes que han demostrado durante las extendidísimas sesiones de trabajo, en el aire queda pendiente una pregunta que me parece no ha sido formulada. Si lo que pretendía la Presidencia era abrir el mercado del cemento y desnaturalizar el duopolio que durante años nos recetó precios prohibitivos, ¿por qué razón fue tan solo una empresa la beneficiada?

Es aquí donde se me desbarajustan todas las piezas de este rompecabezas. Después de años de intenso análisis y tomar la complicadísima decisión de atacar esta inequidad del mercado, el gobierno de turno decide mantener un secretismo pavoroso, un recelo a anunciar con bombos y platillos la afortunada medida correctiva, para enterarnos meses después de que tanta alharaca fue tan solo aprovechada por un individuo.

¿No les parece extraño? ¿Por qué motivo, razón o circunstancia, hoy, meses después de la tan necesitada apertura del mercado cementero, no tenemos una fila de nuevos empresarios y valientes emprendedores dispuestos a compartir lo que en apariencia debería ser un mercado altamente lucrativo? ¿Dónde quedaron las cadenas nacionales de televisión que anunciaron la heroica medida? Para mí las respuestas son evidentes. Pareciera entonces que la intención nunca fue traerse abajo el duopolio, sino tan solo integrar dentro del jugoso esquema a un tercer participante seleccionado a dedo.

Crucitas. Lo más lamentable es que la misma historia se repite, una y otra vez, y una vez más. Basta con echar una mirada al norte del país y recordar el caso Crucitas. En su momento se mantuvo como el secreto más protegido del país, y cuando finalmente se reveló la existencia de uno de los yacimientos de oro más grandes de la República, ya la suerte estaba echada.

El mismo cuento con personajes distintos. Hoy, una docena de forajidos intentan –a punta de pico, pala y mercurio–, adueñarse de ese pedacito de esperanza con el único fin de llevar mejor sustento a sus empobrecidas existencias y, como siempre, a ellos sí les cae –sin titubeo alguno–, el peso fulminante de la ley.

Mientras tanto, los nuevos cementeros siguen empavonados, luciendo sus mejores galas y sobrevolando en helicóptero el mapa de nuestra triste realidad.

El autor es abogado y escritor.

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