Opinión

Andrei Kolesnikov: Totalitarimso 2.0

Actualizado el 21 de junio de 2015 a las 12:00 am

La historia nos enseña que en países donde la lealtad es la única opción, es mejor desconfiar

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MOSCÚ – En un tratado de 1970 titulado Salida, voz y lealtad, Albert Hirschman analizó las tres opciones que tienen las personas insatisfechas con organizaciones, empresas y Estados: irse, demandar cambios o ceder. En los 45 años desde que se publicó el libro, el marco planteado por Hirschman demostró su utilidad en una muy amplia variedad de contextos. También puede ser muy útil para comprender la política rusa actual.

En el 2011 y el 2012, muchos ciudadanos rusos, bien educados y relativamente pudientes, se volcaron a las calles para exigir democracia real, con la esperanza de usar su “voz” para cambiar el sistema desde dentro, pero Vladímir Putin, receptor de un contundente mandato electoral que lo llevó por tercera vez a la presidencia, no los escuchó, sino que intensificó la represión.

Cuando el año pasado Putin invadió y anexó Crimea, a los disidentes (manifiestos o latentes) les quedaron dos opciones: la “salida” (emigrar o retirarse a la vida privada) o la expresión de “lealtad” (mediante muestras activas o pasivas de aceptación). Puesto que los índices de aprobación de Putin superan rutinariamente el 80%, parece que la mayoría de los rusos eligió la segunda opción.

Pero lo mismo que en la Unión Soviética, esta mayoría “leal” incluye un alto porcentaje de cínicos (además de personas que prefieren retirarse de la vida cívica) a quienes solo les queda debatir sobre política en la mesa del comedor o en clubes de discusión. Mientras tanto, algunos expertos en economía y política crean comunidades informales para trazar planes de posibles reformas, por si el régimen se derrumba.

No son las únicas semejanzas con los tiempos soviéticos que están apareciendo. Cada vez más, la aceptación pasiva de Putin y sus políticas es insuficiente; el régimen exige muestras de apoyo entusiasta y define reglas para las conductas que aprueba.

Esto nos recuerda algo que observó en los años cincuenta el politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski: que los regímenes totalitarios (a diferencia de los autoritarios) imponen a sus ciudadanos no solo prohibiciones sino también obligaciones. La escritora estadounidense Ellendea Proffer Teasley presenta una idea similar en su exitoso libro de memorias en ruso, Brodsky entre nosotros , donde destaca que los regímenes totalitarios no solo exigen obediencia, sino también participación.

¿Qué significa este imperativo en la Rusia de hoy? Que el dueño de un auto (digamos, un Mercedes, si es relativamente pudiente) debe adornarlo con una cinta de San Jorge (un símbolo de la victoria rusa en la Segunda Guerra Mundial, que empezó a usarse ahora). Que los miembros del Ejército, los servicios especiales o la Policía no deben viajar fuera del país, y que profesores de diversas universidades públicas tienen que pedir permiso para asistir a seminarios y congresos en el extranjero. Que los maestros deben incluir a Crimea en el mapa de Rusia y que los empleados de empresas estatales están obligados a participar en actos de apoyo al gobierno.

Negarse a cumplir estas exigencias puede traer serias consecuencias, igual que en la era soviética. Como observa Proffer, Brodsky trató de “alzarse contra la cultura del ‘nosotros’, convencido de que “un hombre que no piensa por sí mismo, un hombre que sigue al grupo, es parte de la pérfida estructura” del totalitarismo; el resultado fue su expulsión de la Unión Soviética en 1972. No se espere de Putin más tolerancia.

Hace quince años, siendo yo columnista en Izvestia , el principal diario ruso en aquel tiempo, escribí un artículo donde comparaba el naciente orden político putinista con el régimen de Mussolini en Italia. No se imprimió, porque el editor consideró que exageraba. Por desgracia mi profecía se cumplió: Putin creó una versión modernizada del Estado corporativista que adhiere casi punto por punto a la fórmula de Mussolini: “Todo dentro del Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado”.

Si bien la constitución de Rusia dota a su sistema político de todas las características de la democracia, el régimen de Putin las manipula y distorsiona hasta hacerlas casi irreconocibles, para consolidar su poder. Usa los medios propios como herramienta de propaganda, y a los pocos independientes que quedan, los está empujando al borde de la extinción. Controla la mayoría de las organizaciones de la sociedad civil, y a las que no, las llama “agentes del extranjero”.

Tal vez lo más escandaloso es el modo en que el Estado ruso putinista fuerza la movilización política de los ciudadanos, al interpretar la no participación como resistencia al régimen. En este contexto, la opción de “salida” que plantea Hirschman (al menos, en la forma de una “emigración al interior”) no es tan sencilla como parece, ya que es fácil aplicarle esa interpretación.

Es cierto que los ciudadanos rusos conservan la libertad de irse del país, lo que implica que Putin no creó un Estado completamente totalitario, al menos no todavía. Pero las ambiciones del régimen son innegables. Tal vez la mejor descripción que le cabe a sus métodos sea la de “totalitarismo híbrido”.

Hannah Arendt escribió que en los regímenes totalitarios, el Estado es la fuerza que define en exclusiva la forma de la sociedad. Putin tal vez no llegó a tanto, pero sin duda va en esa dirección. Y la historia nos enseña que de los países donde la lealtad es la única opción, es mejor desconfiar.

Andrei Kolesnikov es asociado sénior y director del Programa de Instituciones Políticas y Política Interna de Rusia en el Centro Carnegie de Moscú. © Project Syndicate 1995–2015

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