En nuestro país, la depresión es el padecimiento mental más importante y, sobre todo, lo sufren las mujeres, al igual que en el resto del mundo

 2 septiembre, 2014

La depresión no es una enfermedad silenciosa, pero permanece en el silencio. Quien la padece sufre dos veces: por la dolencia en sí misma y por la incomprensión de la sociedad, incluso de su entorno inmediato. El suicidio del actor Robin Williams, que alcanzó resonancia internacional, así como recientes casos en Costa Rica, que no por tratarse de seres comunes y corrientes son muertes menos dramáticas, muestran la extensión y gravedad del problema.

La frase “La depresión está de moda” se lee a menudo en redes sociales, escrita con ligereza, y refiriéndose a un mal que padecen más de 350 millones de personas en el mundo. Aunque superficialmente se confunde con la tristeza ocasional, los estados de ánimo y los efectos del estrés, se trata de la principal causa de incapacidad en el siglo XXI y la primera enfermedad entre adolescentes.

En este último sector, su impacto es significativo, ya que se relaciona con el suicidio, tercera causa de muerte entre los jóvenes, de acuerdo con un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En nuestro país, la depresión es el padecimiento mental más importante y, sobre todo, lo sufren las mujeres, al igual que en el resto del mundo. La Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) tramitó 17.650 incapacidades en el 2013, con un costo de ¢1.658 millones. A este rubro hay que sumarle el tratamiento y la eventual hospitalización. También muchos pacientes recurren a la consulta privada en busca de alivio, lo que incrementa el monto final.

Según datos del Ministerio de Salud, el año pasado se produjeron 41.675 episodios depresivos, 74% de ellos en mujeres. Esta característica tiene amplias consecuencias para la vida familiar, tanto desde un punto de vista económico como del rol trascendental que juegan madres, abuelas y cuidadoras en nuestra sociedad. Los eventos son recurrentes, pueden presentarse varias veces al año y en cada caso incapacitan a la persona por casi una semana.

La depresión no es una moda, sino un trastorno asociado a la química del cerebro, y su evolución negativa o desatención pueden llevar a la muerte. Alrededor de ella aún pululan múltiples mitos sociales y creencias pseudocientíficas, pero lo más grave es que un porcentaje alto de pacientes no recibe el tratamiento requerido, de acuerdo con la OMS, y los sistemas de salud pública no están preparados para responder a la demanda creciente de servicios.

Contradictoriamente, en la mayoría de los países, los departamentos de Psicología y Psiquiatría son los que reciben menores recursos, a pesar de la explosión de enfermedades mentales que vivimos. El resultado es que los diagnósticos son tardíos, los tratamientos, inadecuados y, en ocasiones, las consecuencias son fatales. El año pasado, hubo 331 suicidios en Costa Rica, 86% de los cuales fueron hombres. No todos los casos se relacionan con una depresión aguda, aunque esta es una de las primeras causas.

Nuestro país debe impulsar fuertemente las tendencias hacia la desinstitucionalización y la atención primaria e integral de las enfermedades mentales. Los pacientes están mucho mejor con su familia o en su comunidad que en un hospital, donde, además, los costos son cuantiosos para la seguridad social.

Según el Dr. Francisco Gólcher, del Ministerio de Salud, 450 médicos de los Ebáis se han preparado para diagnosticar y darle seguimiento a la enfermedad: “Todos ellos reciben apoyo de psiquiatras, psicólogos clínicos y enfermeras en salud mental que los apoyan desde una clínica o segundo nivel de atención”.

Como se ha dicho desde este mismo foro, haciéndose eco de diferentes instituciones y especialistas, Costa Rica requiere un diagnóstico sobre la salud mental de la población y sobre las necesidades institucionales para atenderla de modo adecuado. La atención en los Ebáis es un primer paso que debe reproducirse en el resto del sistema, hasta lograr una mayor sensibilización a enfermedades tan graves como la depresión, el trastorno bipolar y la esquizofrenia.

Sin embargo, en manos de cada uno de nosotros, en el trabajo o en el grupo familiar, también está la responsabilidad de que las víctimas de la depresión no se sientan tan aisladas y solas. En nosotros está impedir que paguen por partida doble un padecimiento ya suficientemente doloroso.

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