El discurso del presidente Trump ante las Naciones Unidas preocupa por la encendida retórica, el infantilismo de los epítetos y la reducción de espacios para la diplomacia

 23 septiembre

La intervención del presidente Donald Trump ante la Asamblea General de las Naciones Unidas preocupa por la encendida retórica, el infantilismo de los epítetos y, sobre todo, la reducción de los espacios necesarios para encontrar soluciones diplomáticas. Los pronunciamientos del mandatario estadounidense y las respuestas del dictador norcoreano van en escalada. Un error de cálculo podría atrapar a los antagonistas en posiciones de donde no es posible salir sin perder cara. Si el momento llega, el mundo estará a un paso de la catástrofe.

Nadie duda de la capacidad de Estados Unidos para aniquilar a Corea del Norte, pero el precio sería horrendo. La cuenta ascendería a millones de vidas de norcoreanos, muchos de ellos totalmente inocentes, y también de aliados, si el conflicto no se expande en otras direcciones.

El riesgo es enorme y se agiganta por contraste con los insultos infantiles intercambiados entre Trump y Kim Jung-un. Tomando en cuenta cuanto está en juego, es difícil sonreír cuando el estadounidense bautiza al dictador como “el cohetero” en misión suicida y mucho menos cuando la respuesta de Pionyang es calificar las palabras del estadounidense como ladridos de perro.

Todavía más peligrosa es la respuesta norcoreana a la “feroz declaratoria de guerra” con la amenaza de probar una bomba de hidrógeno en el Pacífico. La salvaje dictadura norcoreana exige freno. Eso no está en discusión, pero conseguirlo mediante una acción militar es impensable, como lo admitió uno de los pensadores más radicales del movimiento de Trump.

Poco después de abandonar su cargo en la Casa Blanca, Steve Bannon, reconocido ideólogo de la derecha nacionalista, siempre propensa al ejercicio del poder bélico, declaró la inexistencia de una solución militar a la crisis norcoreana. Bannon recomendó a la administración en cuyo seno fungió como estratega en jefe propiciar un intercambio mano a mano con China para unificar acciones frente a la irresponsabilidad de Kim.

Conviene escucharlo, no solo por su inclinación a las soluciones radicales sino, también, por su aversión a Pekín. Cuando un hombre con esas credenciales pide descartar la vía de las armas y sugiere la diplomacia, se impone hacer una pausa. China puede ejercer importante influencia sobre Pionyang y es hora de que lo haga. El resto de la comunidad internacional se ha mostrado anuente, en otras oportunidades, a hacer lo propio, pero un discurso como el del mandatario estadounidense ante la Asamblea General de las Naciones Unidas corre el riesgo de ahuyentar las buenas intenciones.

Contradictoriamente, las amenazas de Trump a Corea aparecen en el mismo discurso donde cuestiona, una vez más, el acuerdo nuclear con Irán y anuncia su deseo de variarlo. Hasta ahora, el tratado negociado por la administración del presidente Barack Obama frenó el desarrollo del armamento nuclear iraní y los verificadores se declaran satisfechos con el cumplimiento. Atenta al discurso de Trump, Corea del Norte escuchó las amenazas y, también, un sólido argumento contra la suscripción de un convenio similar. ¿Para qué negociar si en cualquier momento la contraparte puede declararse disconforme con lo acordado?

El mundo estaría mucho más lejos de una conflagración de temibles proporciones si Corea del Norte se viera forzada a firmar un acuerdo como el negociado con Irán. ¿Para qué, entonces, correr el riesgo de desatar una nueva carrera armamentista en ese país y retroceder a la tensión vigente antes de suscribir el acuerdo? Abrir un segundo frente de esa naturaleza no beneficia a los Estados Unidos ni al mundo. La comunidad internacional no debe escatimar esfuerzos para llamar a la cordura ni tampoco negar su concurso a las sanciones y medidas de presión que sean necesarias para poner coto a la locura de Pionyang y alejar la posibilidad de horrores indescriptibles.