La izquierda chilena consiguió abandonar dogmas todavía enquistados en otras naciones, como la nuestra, para insertarse en la economía mundial

 8 abril

Michelle Bachelet, dos veces presidenta de Chile por la izquierda, se rebela frente al resurgente proteccionismo mundial y aboga por derribar barreras arancelarias y promover el libre comercio. A principios de marzo, reunió a once países participantes en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés) para revivir algunos de los logros obtenidos durante las negociaciones del acuerdo frustrado por la administración de Donald Trump.

El TPP, promovido por Barack Obama, también ubicado a la izquierda del espectro político de su país, pretendía reducir aranceles y estrechar lazos comerciales entre naciones de la cuenca del Pacífico que en conjunto representan el 40% de la economía mundial. Varios de los países involucrados también gozan de las mayores tasas de crecimiento económico real en el mundo.

El mandatario estadounidense pretendía contrarrestar el surgimiento de China, que permanecería aislada del formidable bloque comercial, pero la administración Trump no dudó en sacrificar el acuerdo en el altar de su nacionalismo económico. Lo extraordinario del caso es la muerte del acuerdo a manos de un gobierno derechista mientras los esfuerzos por rescatar al menos alguna parte nacen de Bachelet.

La izquierda chilena consiguió abandonar dogmas todavía enquistados en otras naciones, como la nuestra, para insertarse en la economía mundial y procurar la prosperidad por medio de la competencia y el comercio. Ricardo Lagos, también elegido presidente por la coalición de centro izquierda, es uno de los políticos más pragmáticos de América Latina en materia económica y no cesa de argumentar en favor del comercio internacional.

En Costa Rica y otras naciones de la región, el prejuicio impide vislumbrar los beneficios de las políticas de apertura y, al son de las protestas de sectores protegidos, descarrilamos iniciativas comerciales con la excusa de hacer oposición a políticas “neoliberales”, supuestamente enemigas de sociedades más igualitarias.

Pero los socialistas chilenos entienden que la prosperidad y el crecimiento económico son condiciones, no obstáculos, para el mejoramiento de la sociedad. Comprenden, a la vez, que en el fragor de la competencia hay sectores productivos incapaces de sobreponerse, pero no están dispuestos a salvarlos a toda costa, con sacrificio de intereses más importantes.

Mientras Bachelet lanza su cruzada para rescatar partes del naufragio del TPP causado por la derecha estadounidense, nosotros no conseguimos siquiera ingresar a la Alianza del Pacífico, una organización regional de la cual Chile forma parte junto con otros importantes países de la región.

Un estudio elaborado por connotados economistas de la fundación Konrad Adenauer, titulado “Dimensiones y efectos económicos de la Alianza del Pacífico”, concluye que una integración “profunda” de Costa Rica a la organización elevaría el ingreso real per cápita en 0,81% y ampliaría la apertura comercial en un punto porcentual.

En cuanto al valor agregado, agricultura, alimentos, servicios comerciales y textiles estarían entre los sectores más beneficiados en términos absolutos. Porcentualmente, los textiles y vehículos motorizados producidos en los países de la alianza tendrían las mayores ganancias. En otras palabras, los grupos y actividades más opuestos, como los agricultores, son los que más se beneficiarían.

Pero Costa Rica ha pospuesto su ingreso a la alianza una y otra vez, pese a las invitaciones giradas por la organización desde hace años. Nuestras autoridades encargan estudios y luego guardan silencio, al punto que el tema ha caído en el olvido y desapareció de la agenda nacional. No aprendemos la lección de la izquierda chilena.