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Mitos peligrosos

Actualizado el 30 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

El Ministerio de Salud se ha visto obligado a emprender campañas educativas para contrarrestar las tesis seudocientíficas de grupos contrarios a la vacunación

Autoridades médicas atribuyen a los activistas el resurgimiento de enfermedades ya controladas en países desarrollados, como la tos ferina y el sarampión

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Los mitos sobre la vacunación están tan extendidos que el Ministerio de Salud se ve obligado a emprender campañas educativas para contrarrestarlos. El propósito es convencer a la población de la necesidad de vacunarse y de la seguridad del procedimiento, una de las grandes conquistas de la ciencia médica.

Las vacunas han sido el arma más útil para erradicar infinidad de males que en el pasado diezmaban poblaciones y dejaban a su paso una estela de discapacitados. El caso de la poliomielitis es uno de los más representativos. Antes de contar con la vacuna, desarrollada en 1955, la enfermedad atacaba periódicamente, por lo general en épocas cálidas, causando parálisis permanente a muchos infectados y, en ocasiones, la muerte. Pocas enfermedades eran tan temidas entrado el siglo XX.

La polio está cerca de ser erradicada y de cientos de miles de enfermos, apenas hay hoy unos cientos de casos cada año. Pakistán y Afganistán encabezan los países donde la enfermedad persiste y no es por coincidencia que en ambos los mitos sobre la vacuna están especialmente arraigados. En las regiones tribales del noroeste de Pakistán, militantes musulmanes acusan a los médicos de espionaje y aseguran que las vacunas son una trampa occidental para esterilizar a los seguidores de Mahoma.

La vacuna contra la polio está en la lista de medicamentos esenciales de la Organización Mundial de la Salud, es decir, se le considera uno de los medicamentos más importantes en un sistema básico de sanidad. Gracias a ella, los expertos consideran posible la total erradicación del mal. Lo mismo puede decirse de otras vacunas, y solo hay que lamentar la existencia de enfermedades para las cuales no han sido desarrolladas.

Pero no estamos en Pakistán y la actividad de grupos contrarios a la inoculación, a contrapelo de todo criterio médico, no deja de ser sorprendente. El problema no es exclusivo de Costa Rica. Hace pocas semanas, los mitos contra la vacunación alcanzaron el escenario del debate presidencial del Partido Republicano, en los Estados Unidos, cuando el impredecible Donald Trump las culpó de una supuesta “epidemia” de autismo. Por fortuna, otros dos aspirantes son médicos y expresaron la posición contraria, basada en la ciencia.

No obstante, el activismo contra la vacunación se ha apuntado cuestionables éxitos. Autoridades médicas le atribuyen el resurgimiento de enfermedades ya controladas, como la tos ferina y el sarampión, no en el tercer mundo sino en países desarrollados, como los Estados Unidos, España y Gran Bretaña. Esa es la medida de la seriedad del problema. En California, el 82% de los afectados por el brote de sarampión detectado hace apenas un año no estaban inoculados. Hubo más de cien casos y unos 25 pacientes debieron ser hospitalizados.

El incidente del debate republicano también demuestra el larguísimo alcance de los mitos y la necesidad de combatirlos, como procura hacerlo el programa educativo de nuestro Ministerio de Salud. El Ministerio de Educación debe sumarse al esfuerzo, porque también interesa difundir este conocimiento entre los jóvenes y niños.

Costa Rica invierte unos $14 millones al año en vacunas para mantener un programa que alcanza al 95% de la población y la protege contra 13 enfermedades, entre ellas la polio, rubéola, sarampión, influenza y varicela. Falta incluir a un 5% de los ciudadanos. Es mucha gente. Las leyes nacionales exigen a padres y guardianes respetar el esquema básico de vacunación de los niños, pero eliminar las dudas y rumores es la mejor garantía de cumplimiento.

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