Opinión

EDITORIAL

Ciudades verticales

Actualizado el 17 de abril de 2017 a las 10:55 pm

La mancha urbana se extendió sin freno hacia la periferia a un ritmo vertiginoso. En apenas cuatro décadas multiplicó su área 2,5 veces

El empuje del desarrollo vertical comienza a notarse, pero exige el apoyo del Estado y los gobiernos locales

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“Si seguimos creciendo horizontalmente, no habrá tierra para la recreación, la naturaleza, ni para el cultivo”, dice Anthony Wood, un arquitecto que visitó Costa Rica para promover la construcción en altura. Los edificios, adaptados al ambiente y la cultura, crean ciudades más densas y sostenibles, capaces de aprovechar los recursos con mayor eficiencia.

La advertencia de Wood casi podría estimarse tardía a la luz de los estudios sobre el uso del suelo en el Valle Central. La Gran Área Metropolitana, tan extendida como es, cubre buena parte de las mejores tierras agrícolas del país e interfiere con importantes cuencas y zonas de recarga de aguas.

La mancha urbana se extendió sin freno hacia la periferia a un ritmo vertiginoso. En apenas cuatro décadas multiplicó su área 2,5 veces en ausencia de políticas públicas, ordenamiento territorial y planes reguladores. Las medidas existentes han sido ignoradas y el desorden en las municipalidades deja el crecimiento a capricho de los desarrolladores, cuyo impulso es guiarse por la rentabilidad.

Las consecuencias del desarrollo horizontal están a la vista. Largos desplazamientos entre las viviendas, los centros de trabajo y otras actividades se hacen acompañar de insoportables embotellamientos de tránsito. La infraestructura pública, para alcanzar los confines de la ciudad, tiene costos exorbitantes y, en conjunto con la escasez de recursos, afecta la disponibilidad de los servicios y la calidad de vida.

La ironía es que Wood identifica en San José condiciones idóneas para la ciudad vertical sostenible. El clima es estable, sin caer en los extremos, y la urbe está cerca de los recursos naturales necesarios. El arquitecto celebra que el país comience a pensar en la construcción de edificios, pero señala el retraso en relación con naciones como Panamá, comprometidas desde hace años con ese tipo de desarrollo.

El empuje de la construcción vertical comienza a notarse, pero exige el apoyo del Estado y los gobiernos locales. En especial, requiere de la imposición de normas de convivencia civilizada, indispensables para dotar a los habitantes de calidad de vida. Especial atención merecen la contaminación sónica y del aire.

El ingeniero Dennis Poo, participante en el mismo foro donde Wood expuso sus ideas, enfatizó la relación entre la contaminación y la ciudad extendida. “Si la gente debe viajar una o dos horas para ir a trabajar, harán falta muchas autopistas y habrá mucha contaminación. Si no encontramos un equilibrio entre los horizontal y lo vertical, vamos a ahogar al país”.

Cualquier costarricense reconoce en esas descripciones los problemas actuales y apremiantes de nuestras ciudades, especialmente del Valle Central. También parece evidente que el desarrollo vertical, si bien comienza a verse, todavía está lejos de imponerse y frenar la expansión tradicional. Los confines de las zonas urbanizadas se expanden a diario pese a la creciente toma de conciencia sobre el problema.

Wood visualiza ciudades donde cuanto ocurre en el piso se desarrolla también en las alturas. Eso incluye la construcción de espacios públicos, puentes entre edificios, jardines y áreas de esparcimiento. Como bien dice, ese tipo de desarrollo ni siquiera es una ventaja, sino una necesidad. Es difícil argumentar contra sus razonamientos. Mejor poner la mira en el desarrollo vertical y definir de una vez las políticas necesarias para hacerlo de la mejor manera, corrigiendo lo que sea posible corregir y minimizando el impacto de los errores que no puedan ser rectificados.

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