Opinión

EDITORIAL

Avance del reciclaje

Actualizado el 03 de abril de 2013 a las 12:00 am

El 40% de los hogares costarricenses separa los objetos de vidrio, plástico y aluminio de los demás desechos

En esta materia, el Estado, en particular los Gobiernos locales, no han tenido vocación ejemplarizante

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El censo del 2011 revela un importante avance en materia ambiental: el 40% de los hogares costarricenses separa los objetos de vidrio, plástico y aluminio de los demás desechos para entregarlos a las plantas de reciclaje. Siguen en minoría, pero su número aumenta y con él la comprensión de los beneficios de reutilizar materiales inorgánicos cuya vida útil puede alargarse mediante el reciclaje.

Papel, cartón, plástico, aluminio y vidrio forman la tercera parte de los desechos nacionales. Podríamos reciclar 78.000 toneladas de esos materiales cada año, pero apenas conseguimos hacerlo con una pequeña parte. Hay, sin embargo, decenas de empresas de mediana y pequeña escala dedicadas a la actividad, y muchas grandes compañías han asumido la tarea como compromiso con la sociedad.

Las empresas dedicadas al reciclaje ya han conseguido convertirlo en negocio y las firmas grandes, cuyos programas de reciclaje casi siempre están dirigidos a recuperar los envases de sus propios productos, logran el punto de equilibrio o esperan llegar a él en el corto plazo. Esa es la mejor de las noticias porque el incentivo económico augura éxito y expansión a los programas de recuperación y reciclaje.

Los pioneros en esta empresa, ya sean los dedicados al reciclaje como negocio principal o las compañías empeñadas en recuperar los desechos derivados de su actividad, merecen reconocimiento no solo por el avance obtenido hasta ahora, sino también por el ejemplo.

La tarea de educar a la mayoría de la población, todavía reacia a reciclar, será mucho más fácil si se le muestra al ciudadano el fruto de su esfuerzo. Esa es quizá la misión más importante de los programas y empresas existentes. Pedir a los costarricenses separar los desechos útiles en el hogar para luego mostrárselos reunidos con los demás en grandes basureros, desacredita el reciclaje y desincentiva la conducta deseada.

En esta materia, el Estado, en particular los Gobiernos locales, no han tenido vocación ejemplarizante. En muchas regiones, el manejo de los desechos es una lección de malas prácticas. El problema de la basura prácticamente desapareció del debate público, donde figuró con preeminencia en la última década del siglo pasado, cuando el Ejecutivo llegó al extremo de nombrar a un ministro encargado de poner orden en la materia. Hoy se habla poco del asunto, pero está lejos de haber sido resuelto.

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El debate se aplacó merced a soluciones precarias e insuficientes, en la mayoría de los casos. En muchas municipalidades, simplemente se optó por la convivencia con vertederos donde los desechos no reciben tratamiento alguno. En esas circunscripciones, la educación ambiental y el reciclaje se estrellan contra las prácticas del Estado. El mal ejemplo produce malos ciudadanos, y los ríos, quebradas y predios sin vigilancia terminan convertidos en basureros no oficiales.

Apenas un 10% de los Gobiernos locales tiene planes para el manejo de desechos sólidos y, de ellos, pocos los han puesto práctica. La conducta del Estado va a contrapelo del cambio cultural necesario para incrementar el reciclaje y aprovechar a plenitud sus efectos benéficos sobre el ambiente.

Esas circunstancias magnifican la importancia y valor de los esfuerzos de las empresas comprometidas, así como de los emprendimientos oficiales bien orientados. Si con las limitaciones existentes un 40% de los hogares reciclan y un creciente número de empresas demuestran la factibilidad económica de esa práctica, la esperanza de un futuro mejor está bien fundada.

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