Por: Fernando Durán Ayanegui 22 junio, 2014

“Tengo que estar en Facebook para ser alguien”, decía una señora de mi barrio, aunque debió de aclarar: “Ser alguien y tener acceso a la intimidad de los famosos”. Son innegables las posibilidades de fraternización universal que abren las redes sociales, pero también sirven como vía de escape para ciertas tendencias humanas discutibles como el exhibicionismo –entendido como ruptura con el pudor y con todo lo que se le parece–, el narcisismo y el voyerismo.

En un sueño, Tuma, mi desaparecida mascota, ponía en su portal de Facebook el siguiente texto: “Estoy cerca de donde almuerza mi amo y de vez en cuando me lanza un huesito”. Desperté muy confundido porque, por un lado, si los canes tuvieran acceso a las redes sociales, sus mensajes serían de ese jaez; pero, por otro, si yo mismo ni siquiera tengo cuenta de Facebook, mi inconsciente no tenía por qué urdir tales complejidades. Con el paso del tiempo se fue desvaneciendo la memoria de mi perro labrador, pero un día de estos recordé súbitamente que, cierta vez, un amigo me mostró, en el portal de Facebook de un viceministro centroamericano, la nota que, creo ahora, dio origen a mi curioso sueño. “Estoy almorzando a menos de veinte metros de adivinen quién”, escribió el funcionario, hizo una pausa y luego agregó el mensaje sorpresa: “Nada menos que de...” y pasó a mencionar el personaje que ocupaba la presidencia de su República y de quien, por supuesto, él era fiel subordinado. Tal vez por implícito, lo del huesito no fue objeto de mención.

A juzgar por lo que narra Norman Mailer en su libro Ancient Evenings , ya en el antiguo Egipto los seres humanos soñaban con tener algo similar a Facebook. Léase la historia de aquel faraón cuyo hijo tenía vedado el acceso a las altas dignidades del Gobierno por haber nacido con una limitación física. Para desentenderse del tabú, el faraón le asignó a su desdichado retoño un nuevo sacerdocio denominado algo así como “Supremo Velador del Tibor Dorado”, cuya sola función consistía en retirar cada mañana, de la alcoba real, el recipiente de oro que contenía las deposiciones nocturnas del soberano. Pero no portándolo de cualquier manera, sino que, vestido con todos los atributos externos de su dignidad, el príncipe sacerdote debía conducir el divino receptáculo a lo largo del camino que conducía hasta el pozo sagrado donde se purificaría. Lo más interesante es que todos los días, al amanecer, cortesanos y allegados al poder se agolpaban a los lados del camino para dedicarle un solemne homenaje, no al sacerdote sino al contenido del tibor que resplandecía con el sol naciente.

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