Por: Fernando Durán Ayanegui 31 agosto, 2014

“Advertid, Sancho amigo, que al ocultarse el astro rey tras el horizonte una multitud de estrellas que estaban ya en el firmamento recuperan su visibilidad y, volviéndose de suyo rutilantes, nos deparan luz suficiente para impedirnos caer en las hondonadas del camino o en las trampas que nos pudiesen tender los malandrines salteadores nocturnos. Del mismo modo, cuando sobreviene la decadencia de los reinos y desaparece del todo la luz beneficiosa del buen gobierno, los hombres descubren de pronto que de la incuria de reyes, príncipes, duques y grandes capitanes tan solo habrán de salvarles las luces nunca apagadas, pero durante mucho tiempo olvidadas, del pensamiento y de los consejos de quienes hogaño fueron seres sabios y justos. Esa, Sancho, es la más generosa herencia de cuantas pueden valerse los reinos y las comarcas de la Cristiandad aun cuando se sintiesen amenazados por hordas infinitas de infieles”. (Del discurso sobre el ocaso moral de los reinos cristianos, dicho por Don Quijote de la Mancha al abandonar la cueva donde había sido vapuleado, junto a su escudero, por una banda de buhoneros aturdidos por el vino).

Esta ambigua pieza oratoria del “Caballero de la Triste Figura” pareciera haber sido escrita por Miguel de Cervantes para ser leída en nuestros días por las naciones de Europa, y bien podría convertirse en motivo de inspiración política para los movimientos de extrema derecha y para los grupos xenofóbicos que tocan a rebato desde Sicilia hasta Noruega y desde el Báltico hasta Tracia. Sin embargo, una interpretación mesurada del curioso párrafo cervantino podría ser recogida como una convocatoria a los pueblos para que salgan a rescatar la democracia de las garras de “la incuria de reyes, príncipes, duques y grandes capitanes” de la política, desde luego en el supuesto de que los pueblos estén en condiciones de percibir “las luces nunca apagadas, pero durante mucho tiempo olvidadas, del pensamiento y los consejos de quienes hogaño fueron seres sabios y justos”.

Debemos tener fe en que los pueblos poseen el discernimiento necesario para separar el grano de la paja, la capacidad de descubrir oportunamente quiénes fueron esos seres sabios y justos de hogaño. El mismo Cervantes podría ser uno de ellos, con lo cual ya tendríamos un paso adelantado. Pero ¡ojo avizor ante los excesos de confianza! En la viña del Señor abundan los discursos amañados. A Don Quijote se le atribuye más de lo que dijo y podéis estar seguros, Sanchos amigos, de que el supuesto discurso sobre el ocaso moral de los reinos cristianos nunca salió de la pluma de Cervantes.

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