Por: Jorge Vargas Cullell 26 abril

La verdad en la política no existe, o al menos eso pareciera. Tomemos un caso extremo que uno diría es imposible de refutar: el Holocausto. Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno nazi de Alemania liquidó a más de seis millones de personas por medio de una política de exterminio masivo.

Hay amplia prueba de las atrocidades gracias a fotografías, videos, testimonios de sobrevivientes, confesiones de victimarios y documentos de los propios nazis.

Por increíble que parezca, hoy muchos aseguran que todo fue un invento, que no hubo tal o que no fue para tanto.

En Francia, el Frente Nacional de Marine Le Pen, que niega el Holocausto, irá a una segunda ronda electoral. Aunque las probabilidades de una victoria son bajas, no debe ser descartado y, en todo caso, ya ha hecho una verdadera exhibición de fuerza política. Hace poco, en Austria, un partido pronazi perdió por poquito las presidenciales.

Puse este ejemplo extremo para ilustrar mi afirmación inicial y no, por supuesto, para argumentar que solo los de algún espectro ideológico incurren en la vieja práctica de negar, sin inmutarse, la verdad verdadera y proponer narrativas alternas. Todo el que puede lo hace. Esta maña ya estaba bien crecidita hace veinticinco siglos cuando un rey dijo: "Ay de los vencidos porque no tendrán historia". En otras palabras, la historia se puede fabricar: la gran historia, pero también la pequeña.

Si todo es opinable, si las versiones dependen de quién tenga la capacidad para imponer una narrativa, ¿cualquier cosa puede pasar por verdadero? Tristemente, diría que sí: si hay poder, hay recursos simbólicos para tejer verdaderos mantos para esconder hechos o para crear "hechos alternos". Ello es trágico. En último análisis, lo que llamamos verdad es un acuerdo intersubjetivo sobre un conjunto de fenómenos cuyo significado no existe independientemente de nuestra interpretación.

No propongo el relativismo absoluto, sino siento una premisa para combatirlo. Precisamente porque todo es fabricable, es indispensable la gramática de la evidencia, de los datos, como un recurso ciudadano para reducir la arbitrariedad de la política. En una democracia, solo una ciudadanía inquisitiva, la constante producción de conocimiento científico y de registros administrativos puede evitar que eso que llamamos verdad, de la que depende nuestro futuro, sea un mero trapo en manos del cálculo político.