Por: Eduardo Ulibarri 4 mayo

Si tuviera que aplicar una sola palabra al informe de labores del presidente Solís, lo calificaría como normal, por moverse sobre una línea ajena a los sobresaltos y despojada de los mensajes de ruptura que exhibió en el pasado y que el ejercicio del poder ha atemperado. Lo celebro.

Sí critico que en varios casos presentara como si fuera propio –aunque con sutileza– lo que otros iniciaron. Este ejercicio de plagio político no debería producirse. Pero incluso sus “copy paste” de logros sin fuente reconocida son parte del sentido de normalidad en los asuntos públicos que se refleja en la continuación de buenos proyectos, no importa cuáles sean las administraciones progenitoras. Así gana la gobernanza democrática, que siempre deberíamos tener presente.

El mensaje presidencial, por supuesto, enfatizó en iniciativas y logros propios, bajo una sombrilla conceptual reiterada: el cambio. Sin embargo, ni siquiera en esta dimensión discursiva, tan cercana a las tentaciones retóricas presidenciales, lo presentó como salto; menos quiebre. Lo que planteó, sin decirlo así, fueron ejemplos selectivos de proyectos o mejoras incrementales y con disímiles grados de éxito, ya sea en infraestructura, educación, combate a la pobreza, macroeconomía, competitividad, diálogo con sectores, transparencia o reforma fiscal.

Al margen de dónde y cuándo cuajaron o se iniciaron algunos de esos procesos, lo importante es que, con apego a estrategias nacionales de largo aliento y profundas raíces, cada administración los ajuste, reoriente e incluso reinvente para hacerlos mejor. Esta parece ser la inclinación de Solís.

Las quejas o “respetuosos llamados” en el discurso fueron otro elemento de continuidad. Como sus predecesores, el presidente se lamentó del legalismo entorpecedor y de una cultura de trabas burocráticas; también se mostró inquieto por completar obras antes de que en el último año se derritan entre sus manos. Suena familiar.

¿Gobierno del cambio? Más bien “de cambios”, en la medida en que se promueven mediante procesos incrementales, lo cual no lo diferencia mucho de otros. ¿Gobierno continuista? No, porque generó un relevo de cuadros, aunque también apueste a continuidades importantes. En política, los conceptos no son rígidos; tampoco químicamente puros.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).