Por: Fernando Durán Ayanegui 6 mayo

Década de 1970, en la UCR. En mi oficina, un amigo jurista me invita a firmar algo así como una petición para que se convoque una asamblea constituyente. Su idea es promover un proyecto de Constitución que será redactado por un grupo selecto de miembros de la Corte Suprema de Justicia, del Colegio de Abogados y de la academia, de modo que resultará, en su género, una muestra de perfección jurídica escrita por una comisión de arcángeles. Disfrazado de químico –suelo incurrir en la distracción de ir a la oficina cubierto por una bata de laboratorio algo manchada– explico que mi apoyo a la iniciativa no tendría valor alguno puesto que el tema no cae dentro de mi campo de formación. El jurista no se da por convencido y, dada su insistencia, decido desplegar la caballería para el combate.

“Mirá, supongo que viéndome en esta facha me reconocés alguna autoridad en relación con el uso de los reactivos químicos”, le digo a boca de jarro. “Por supuesto que sí, no faltaba más. ¿Por qué me preguntás eso?”, reacciona mi interlocutor. “Bueno, imaginá que por ser hoy 30 de mayo pongo sobre el escritorio dos copitas de una onza llenas de ácido sulfúrico y te digo que nos las bebamos para celebrar mi onomástico, ¿te apuntarías, ya que confiás en mi criterio químico?”.

El activista constitucional casi echa a volar sus pupilas antes de admitir: “¡Ni loco que estuviera! Yo no soy químico, pero sé que esa carajada es corrosiva”. Aprovecho, entonces, la oportunidad para emplazar las cañoneras: “Yo, igualmente, nada sé de derecho, pero sospecho que, una vez salida de las urnas, una asamblea constituyente es soberana, libérrima, desbridada y puede, si lo quiere, convertir tu lindo poema jurídico en un piso de gallinero. ¿Cómo nos garantizamos la calidad de los constituyentes?”.

Todo terminó con una nada corrosiva taza de café en la soda de la Facultad de Educación. Hace poco, aquel encuentro vino a mi memoria cuando el TSE dio una respuesta semejante, aunque no tan siniestra, a los proponentes de un referéndum orientado al mismo fin y, más recientemente, la noche del primero de mayo, después del revelador y deprimente espectáculo que nos depararon los actuales miembros de la Asamblea Legislativa.

Si no hay manera de que unos extraterrestres vengan a garantizar que los integrantes de una eventual constituyente serán de otro material, ¿vamos a prender fogones en una covacha de madera seca?