Por: Eduardo Ulibarri 3 febrero

Guardemos el pánico. El colapso del Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte de la Caja puede evitarse y, de paso, crear un sistema nacional de pensiones robusto y sostenible. ¿Cómo activar la acción hacia la solución? Lo primero es enmarcar bien el debate, para lo cual aporto cinco sugerencias:

1. La discusión no debe reducirse a la salvación (indispensable) del IVM, sino a la consolidación de todos los regímenes en uno solo, que iguale requisitos, beneficios y contribuciones.

2. La variable primaria del problema es incontrolable y se llama demografía: el incremento proporcional de la población que se define como improductiva y la reducción de quienes trabajan para mantenerla. Sin embargo, otras sí admiten cambios: edad de retiro, beneficios, cotizaciones eficiencia administrativa y rendimiento del fondo. Es decir, previsión y gestión.

3. Nuestro sistema “macro” tiene un diseño casi ideal: un régimen solidario como eje y base, uno individual obligatorio como complemento, y otro voluntario, sustentado en el ahorro propio. Su gran distorsión viene de los regímenes especiales, que dependen crecientemente de transferencias fiscales: una redistribución a la inversa. La reducción de beneficios y equiparación de condiciones debe empezar por aquí.

4. Por ser bastión de la política social y los derechos humanos, el IVM es vital. Por serlo también de la política económica, debe evitarse que su salvación suba el costo del trabajo y estimule la informalidad y el desempleo. Para conciliar ambos objetivos habrá que ponderar muy bien cómo intervenir en las variables clave. Quizá, al final, sea indispensable un mayor aporte estatal, que salga de eficiencias en programas sociales caros y de poco impacto y de la reducción en privilegios.

5. Cualquier solución debe tomar en cuenta las enormes disrupciones que afectan al mundo laboral, cada vez más flexible, móvil y hasta inestable. Hay que adaptar el sistema a la realidad, no a la inversa.

Objetivamente, una buena salida es posible. Pero depende de dos ingredientes muy escasos: un liderazgo político lúcido y eficaz, y la decisión de que el bien común prevalezca sobre los intereses sectoriales. En esto debemos insistir.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).