Por: Fernando Durán Ayanegui 22 febrero, 2015

Había dos clases: la guerra-guerra, combatida por ejércitos regulares, y la guerra civil, en la que grupos armados irregulares se disputaban el poder. En el primer caso, el reclutamiento obligatorio era lógico; en el segundo, tan absurdo como azaroso. Estas definiciones comienzan a quedar obsoletas, como volantas en una autopista, desde que, en el siglo XXI, apareció una tercera clase, la “posotánica”, que estalla cada vez que un Estado se sume en el caos después de que fuerzas de la OTAN, o de uno de sus miembros, lo han desmantelado (Afganistán, Irak, Libia, Siria, etc.).

La guerra de Ucrania, de la segunda clase, aunque los halcones de la OTAN buscan convertirla en una de la tercera, da lugar a una escena digna de Eurípides, que nos llega gracias a un video mostrado en la web: en la ciudad de Velikaya Zmanenka, un emisario del Gobierno anuncia a la población que los jóvenes deben incorporarse a la carnicería. Sus consignas no hacen más que confirmar el fracaso de la contratación de mercenarios extranjeros por parte del Gobierno de Kiev, que ahora atiza el fratricidio recurriendo al reclutamiento obligatorio y a un repulsivo nacionalismo. De pronto se escucha, más firme y articulada que la del emisario, la voz de una menuda mujer que se adelanta, se apodera del micrófono y se torna gigantesca. Acusa de mentirosos al orador y al Gobierno que lo envía a cazar carne de cañón; le asegura que los jóvenes del lugar no nacieron para dar su sangre por un Gobierno ilegítimo y que ellos no tienen razones para ir a asesinar a sus hermanos del este; de paso, le da una lección de historia mientras desdice las mismas mentiras que los epígonos del American Endowment for Democracy propalan por todo el mundo. “¿Nos dices que Crimea nos fue arrebatada por la fuerza? ¡No hizo falta un solo disparo!”, le espeta.

Tememos que los guardaespaldas del Demóstenes de pacotilla agredan a la mujer, pero, al igual que les ocurrió a los “tanquistas” chinos que cierta vez no se atrevieron a aplastar a un minúsculo opositor en la plaza de Tiananmén, quedan estupefactos, no saben qué hacer. Ella habla durante varios minutos y, cuando se le une otra mujer, sus conciudadanos aplauden entusiasmados. Sin embargo, la prensa occidental, que difundió y glosó en escala planetaria aquel inolvidable episodio de Pekín, nada ha dicho ni mostrado sobre este. Es infame el empeño por silenciar a solo uno de los bandos de una guerra civil en la que los perdedores son los civiles muertos, heridos o desarraigados.

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