Opinión

Una guerra fracasada

Actualizado el 26 de octubre de 2015 a las 12:00 am

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Una guerra fracasada

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Si usted piensa que en Costa Rica podemos derrotar al narcotráfico con más represión, le tengo malas noticias: ni EE. UU., con todo su poderío militar y tras gastar más de $1 billón en los últimos 40 años tratando de frenar el tráfico de estupefacientes, lo ha logrado. En el intento, la fallida guerra contra las drogas lo que ha dejado es una estela de muerte y violencia.

Una de las razones detrás del éxito del narco es su inigualable capacidad de adaptación. En los ochenta, los carteles colombianos transportaban la cocaína por las islas del Caribe hacia la Florida (¿recuerdan la serie Miami Vice?). Cuando la Guardia Costera de EE. UU. puso presión por esa ruta, el tráfico se movió a los mares centroamericanos y México. De igual manera, el patrullaje conjunto con EE. UU. ha forzado el tráfico de cocaína por rutas terrestres en el Istmo, empoderando a bandas criminales locales.

Ante esta realidad, más que tratar de eliminar el problema, la estrategia de los Gobiernos ha sido exportárselo al vecino. Es un juego del gato y el ratón en donde, al menos en el contexto centroamericano, el roedor cuenta con más recursos y está mucho mejor armado que su supuesto cazador. No solo eso, frecuentemente el gato y el ratón son socios.

El decomiso de droga no debería alentarnos. Una banda narcotraficante puede perder el 90% de su carga y, aun así, ser lucrativa. Según el Comando Sur de EE. UU., solo se incauta un 33% de la droga que viaja a ese país.

¿Qué podemos hacer en Costa Rica? Primero, caer en cuenta de que, no importa cuántos narcos caigan ni cuántas bandas sean desarticuladas, el adversario continuará regenerándose como una Hidra.

Segundo, hay que aceptar que la única manera de vencer al narcotráfico es quitándole su negocio: debemos legalizar la marihuana y regularla, como ya lo hacemos con el alcohol y el tabaco. Este paso lo podemos dar unilateralmente. Al abuso problemático de drogas duras, sería mejor enfrentarlo con estrategias de reducción de daños, como clínicas de dispensación controlada de sustancias semejantes a la droga utilizada por el usuario. El objetivo sería cercenar la relación económica entre el consumidor dependiente y el crimen organizado.

Pero, ante todo, tenemos que erradicar esa lógica perversa –que el Gobierno ha hecho suya– de creer que en esta guerra hay que llegar hasta las últimas consecuencias, porque lo único que nos puede deparar ese derrotero es más violencia y erosión de libertades fundamentales.

(*) Juan Carlos Hidalgo es analista sobre América Latina en el Cato Institute con sede en Washington. Cuenta con un BA en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional y una maestría en Comercio y Política Pública Internacional del George Mason University.

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Juan Carlos Hidalgo

Columnista

Analista sobre América Latina en el Cato Institute en Washington. Cuenta con un BA en Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional y una Maestría en Comercio y Política Pública Internacional en George Mason University..

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