Por: Jorge Guardia 29 noviembre, 2016

En EE. UU., Trump y Obama pusieron, de nuevo, la globalización en discusión; en Costa Rica, Otto y Ottón se sumaron al debate. ¿Debemos globalizar o desglobalizar la economía? La respuesta se viste de claroscuro. Solo hay acuerdo en que la crítica a la globalización también se globalizó.

Casi todos los economistas criollos –incluidos Otto y Ottón– concuerdan en los méritos del libre comercio, la especialización y la división del trabajo. Pero muchos dudan –incluido Ottón, mas no Otto– de los beneficios atribuidos a los TLC.

Ruchir Sharmanov, estratega de Morgan Stanley, resume el debate elegantemente: “La era de la globalización generó gran prosperidad. Conforme el flujo de bienes, dinero y personas atravesaron fronteras, millones se beneficiaron. Pero la élite fue la que más ganó. La desigualdad creció y, con ella, el resentimiento pronto se canalizó a un nacionalismo prometedor de controles al libre comercio y flujo de migrantes”. David Lipton, del FMI, agrega: “El bajo crecimiento mundial, alto desempleo y desigualdad alimentan el descontento”. Ambos concluyen que surgió una nueva era, duradera, de desglobalización.

Yo soy, y no soy, tan pesimista. No creo que la globalización sea la cura para todo, pero, tampoco, la cuna de todos los males. El comercio internacional seguirá su curso inexorable –bien dice Roberto Sasso que es un genio salido de la botella– pues conlleva beneficios en eficiencia, producción, empleo y bajos precios al consumidor; más no será tan libre, como antes, por la creciente competencia a los productores y trabajadores desplazados que, a veces, sienten y resienten que los muerde sin pudor.

Jagdish Bhawati, profesor de Columbia University y autor del libro En defensa de la globalización, afirma que enfrenta tres tipos de adversarios: comunistas, izquierdistas y demás, que, por principio, rechazan el capitalismo por emanar derechito del infierno; los que añoran el proteccionismo fraguado al calor de altos aranceles o devaluaciones competitivas, pues les defendía su rentabilidad y, a veces, su propia existencia (mis estudiantes decían, en broma y en serio, que provenían del purgatorio); y los que, sin ser recalcitrantes, desean de buena fe atemperar la globalización poniéndole rostro humano. Ahí convergen quienes buscan renegociar (sin eliminar) los tratados, hasta los que promovemos mejorar, también de buena fe, el bienestar de los caídos por el veloz desarrollo tecnológico, financiero y la propia globalización. ¿Vendrán –vendremos– de la gloria? Tal vez nos entierran en cajita blanca.