11 noviembre, 2014

La primera reflexión es que el electorado tiene la última palabra, pero no necesariamente es la última, ni la única, pues siempre se reserva el derecho de variar su decisión y otorgar nuevos mandatos, a veces contradictorios. Pretender que Obama puede, o debe, seguir impulsando su propia plataforma, aun por decreto, es desoír la nueva decisión popular.

Otra es comprender el verdadero significado del presidencialismo. El Congreso fija el rumbo mediante leyes, y al Poder Ejecutivo le corresponde ejecutarlas. Aunque, en la práctica, pueda el presidente proponer leyes para implementar su propia agenda, en las actuales circunstancias debe acomodarse a la oposición, y no a la inversa. Es decir, la agenda-país se empezará a dictar en el Capitolio y no en la Casa Blanca. Ya John Boehner, líder de la Cámara baja, anunció sus prioridades.

Advirtió que el Gobierno debía refrenar el avance de su polémica reforma de salud ( Obamacare ) y transigir en temas de fondo como la reforma migratoria y las políticas fiscal, tributaria y energética. Van por menores gastos para financiar la eventual reducción impositiva sobre la renta de personas y empresas (para ahorrar e invertir más, y generar empleo), liberar la extracción de energéticos y el oleoducto desde Canadá (vitales en la competitividad), y difieren en la regularización de inmigrantes indocumentados. Obama tenía otra agenda. Al inicio, su respuesta fue: “Estoy dispuesto a escuchar”. Pero, luego, mostró las uñas. Eso nos hace pensar en Costa Rica.

Aquí, como allí, le negaron al presidente el control del Congreso. En mayo, pudo elegir el Directorio en alianza con el PUSC y el FA, pero se podría resquebrajar. El Gobierno ha perdido popularidad. No ha sabido marcar el rumbo y, a menudo, se desdice. Los productores desconfían, muchos pensadores se rascan, dubitativos, la cabeza, y hasta los sindicatos perdieron por él su adoración. El PUSC reflexionará si electoralmente le conviene seguir atado a un Gobierno que languidece, y otros partidos de oposición sentirán la tentación del empoderamiento político basado en la diversidad partidaria. Podrían impulsar, conjuntamente, una nueva agenda-país y retomar los pasos perdidos. Ante una oposición fortalecida, don Luis Guillermo, como Obama, no tendría más opción que transigir para poder gobernar. Veremos qué sucede el próximo 1 de mayo.