Por: Jorge Vargas Cullell 4 febrero, 2016

El choteador gritó: “¡Flaco, patea más un trago de rompope en una vela!”. Ese flaco en cuestión creía haber hecho un esforzado disparo a marco luego de tremenda carrera cuando la verdad es que, solo frente al portero, le tiró un confitico en vez de meter el gol. Ni modo, el escaso público alrededor de la plaza la emprendió contra ese flaco, o sea, lamentablemente yo.

Esto que relato fue hace miles de años, cuando le hacía algo al fut, y el gordo ese panza de birrero me mató. De ahí en adelante, cada vez que toqué bola, jugué peor. Sin embargo, la vergüenza me sirvió para apreciar el sentido de oportunidad de los choteadores: les basta con unas palabras para definir el clima de una situación y ridiculizar al prójimo.

Un choteador es ágil, muy ágil, de mente. Tiene un golpe de vista magistral, un uso rápido de los prejuicios e instinto asesino que usa sin escrúpulos para demoler al más pintado. Le pone pimienta al diario vivir, pues se lanza al ruedo sin pensarlo más y corta rabo y oreja.

Ahora bien, como su oficio es pasearse en la olla de leche y no innovar, esforzarse o producir, ahí tenemos un problema: una vez pasado su momento estelar, el choteador no ha creado nada y, más bien, probablemente ha terminado por descalificar más de una iniciativa interesante.

Como todo en la vida, alguna medida de choteo alegra el día y es necesaria, pues se constituye en un mecanismo de igualación que recuerda que nadie es tan grande ni tan papudo como para estar exento del ácido. El problema es cuando se desata una epidemia de choteo que termina por matar las conversaciones y sustituye la comunicación por la descalificación.

Mi pregunta es si hoy en la política los ticos nos la pasamos a punto de choteo con tal de no tener que debatir seriamente ideas. Si en temas importantes no preferimos el chascarrillo a entrar de frente discutiendo los qués y por qués de un planteamiento.

Si llevara yo algo de verdad, se trataría de un ingenioso escapismo para evadir la toma de decisiones y la responsabilidad. Así visto, un país de choteadores está condenado a dar vueltas sobre un problema como cuando un perro quiere morderse la cola, pues nadie hace ni deja hacer y todo transcurre con mucha astucia y poca sustancia. Pienso que ojalá no convirtamos la discusión fiscal que se avecina en una epidemia de choteo; es demasiado importante para hacerlo.

Nada de lo que he dicho, sin embargo, cambia el hecho de que el choteador aquel tenía toda la razón del mundo cuando basureó al flaco ese que pateaba como un pollito y perdía goles.

Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.