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Actualizado el 26 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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El reportaje de ayer de La Nación sobre el estado de la salud mental de los costarricenses, nos ofrece diversas sorpresas, siendo, quizás, la más relevante la relacionada con la trascendencia del tema y a la vez con su ignorancia por la falta de estudios al alcance del pueblo.

Julio Rodríguez (Archivo GN).
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Julio Rodríguez (Archivo GN).

Llama la atención que en un país que se precia de educado, una cuestión tan importante para toda la población no haya sido objeto de estudio preferente, capaz de ofrecer respuestas y soluciones para la vida de las personas. Por ello en el reportaje citado el psiquiatra Álvaro Hernández, jefe de Servicios Médicos y Rehabilitación del Hospital Nacional Psiquiátrico (HNP), manifiesta que el costarricense promedio vive detrás de una fachada: “la que muestra una imagen de éxito, alegría y bienestar, pero que en el fondo somos taciturnos, aislados, sobrepreocupados, temerosos y vivimos situaciones más profundas que negamos”. El reportaje agrega que estas condiciones forman parte de una tendencia mundial. No solo en Costa Rica la gente vive una epidemia de depresión, desesperanza, estrés o ansiedad. En el mundo se calcula que 350 millones han recibido un diagnóstico de depresión, el trastorno mental más frecuente.

No obstante estos datos al parecer reveladores de un problema nacional, el 86% de los costarricenses dice estar satisfecho y feliz con su vida, mas “la situación se invierte cuando se le pregunta si alguna vez ha estado deprimido, malhumorado o agotado”. “Más de la mitad de las personas en esta encuesta sufrió males gástricos, estreñimiento, diarrea o colitis alguna vez. Todas estas son condiciones de salud vinculadas con una vida llena de estrés… Una quinta parte admite haber pensado en suicidarse alguna vez, un 46% dice sentirse solo y un 34% expresa que al menos una vez en su vida se ha sentido sin esperanza”.

¿Cómo explicar esta serie de datos aparentemente contradictorios? ¿Cuál es la realidad si, por un lado, las personas encuestadas confunden las dolencias físicas pasajeras con problemas psicológicos? Y sobre todo cómo armonizar la pintura negativa del país con la conclusión de la encuesta: somos el país más feliz del mundo, el 82% siente que casi siempre su vida está equilibrada y el 83% expresa que sus relaciones interpersonales son buenas. Por otra parte, la viceministra de Salud manifiesta lo siguiente: “Sanitos, sanitos no lo estamos, a pesar de tener el ‘pura vida’”, y la Política de Salud Mental, según refiere el porcentaje de este periódico, está solo en el papel. En fin, como escribe el periodista Luis Eduardo Díaz, “el país desconoce la condición mental de sus habitantes”.

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Nuestra realidad mental: he aquí la gran cuestión nacional.

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