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Actualizado el 05 de marzo de 2017 a las 12:00 am

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Hace algunos años, mientras realizaba una gestión en las oficinas locales de un influyente organismo internacional, un descuido de los burócratas me permitió enterarme involuntariamente de que ahí se estaba cocinando la base del programa de gobierno de un candidato a la presidencia de la República. No se me ocurrió pensar que aquello significaba la intromisión de una entidad foránea en el proceso electoral costarricense, ni aún después de haber escuchado de uno de los ideólogos asesores una expresión de alivio porque, después de diversos atrasos, por fin un servicio de mensajería aérea le había hecho llegar un insumo de mucha importancia para la preparación de la campaña política que se iniciaba: el envío contenía una rara copia del plan de acción que le habría servido a Tony Blair para, a la cabeza del británico Partido Laborista, hacerse elegir o reelegir premier de Su Majestad Isabel II.

“Así que vos también te andás con platanillas de Uganda”, pensé, lamentando no tener con quién apostar a que el trasplante de falsas promesas londinenses a Costa Rica sería un fracaso de órdago. Dos años antes me había ocurrido que, de visita en un jardín botánico de Uganda, uno de los investigadores, al verme muy impresionado con las flores de gran belleza de una particular planta decorativa africana, prometió enviarme por correo un sobre con algunas semillas para que yo intentara hacerlas germinar en San Pedro de Montes de Oca. “He estado en Costa Rica, tenemos climas semejantes”, dijo y, efectivamente, cumplió su promesa. A su debido tiempo, me llegaron al apartado varias docenas de oscuros granos esféricos y las instrucciones sobre cómo preparar el semillero.

Las plántulas se desarrollaron bien, después se transformaron en espléndida hojarasca verdeante y, al final, ¡vaya si florecieron! Pero las infelices eran vulgares platanillas que, cualquier idiota que haya visto un jardín lo sabe, son originarias de Centroamérica y abundan en los charrales de nuestro Valle Central. No había manera de averiguar si el afable botánico ugandés se confundió o lo hizo de mala fe, pero puedo asegurar que al candidato tico importador de semillas laboristas de Londres le fue también como a un quebrado.

Ahora estoy dispuesto a hacer la misma apuesta, o la misma predicción, sobre los candidatos y precandidatos nuestros que comienzan a cultivar semillas robadas a Trump: les auguro platanillas.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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