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Actualizado el 13 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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¿Cómo harán muchos para saber lo que pasaba en la mente del candidato liberacionista cuando renunció a la campaña electoral? Discuten si fue un acto valiente, una estratagema política; si le faltó carácter o fue chantajeado. Confieso no tener la menor idea y, agrego, no me importa. Dilucidar los motivos será cosa entre Araya y su psicoanalista. Es que los motivos de las acciones ajenas son opacos, los cubre el velo de la ignorancia. Además, su análisis es poco relevante: incluso de buenas intenciones está repleto el infierno. Lo que realmente importa son las consecuencias, los efectos de una decisión. Así vista, la decisión de Araya creó riesgos innecesarios en un momento político muy inconveniente para el país.

Primero: su renuncia tiene un potencial desmovilizador. No está en juego la legitimidad de origen del próximo gobierno, pues habrá sido electo democráticamente, pero la calidad de su mandato político sufrirá, si pocas personas votan. Crea, pues, obstáculos para que el PAC obtenga un mandato robusto en la segunda ronda. Si el próximo gobierno iba a nacer débil, ganase quien ganase, ahora hay riesgo de que salga anémico, algo que el país no necesita. Además, afectó la confrontación de ideas, la exigencia de más claridad a quienes prometen cambio. Ahora, esta elección se convirtió en una pasarela.

Segundo: su renuncia daña la columna vertebral de nuestro sistema político. No es que el PLN se vaya a morir, pues es más fuerte que esta retirada. Pero, en un ambiente volátil, el Partido encarnaba un rumbo cierto con el que se podía concordar o discrepar. El ancla del sistema de partidos ya no lo es: entró en la mejenga de esos partidos que hacen cosas impredecibles, si así les place. Y esto es veneno para una marca política histórica. En el 2018: ¿tirarán la toalla otra vez?

Tercero: su renuncia profundiza la crisis del Partido. Cierto que esta venía de largo (aunque paliada por éxitos electorales), pero cierto es también que sume al PLN en un estado de confusión anticipada que atiza pleitos internos. Esta confusión interna es el ambiente ideal para el surgimiento de liderazgos irresponsables, interesados en hacer oposición intransigente: sin propuesta o capacidad propia, competirán entre ellos para ver quién es más duro con el Gobierno para así ganar notoriedad con las clientelas históricas del Partido. Y una pregunta urgente: si el nuevo gobierno necesita hablar con Liberación, ¿quién es el interlocutor?

Antes de renunciar, Araya hablaba de diálogo nacional y gobierno de unidad. ¿Facilitó su decisión estos objetivos? No: creó incertidumbre y desconfianza. Eso es lo único que cuenta. Fue una horrorosa equivocación. Punto. Lo demás es literatura.

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