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Tinta Fresca: Los números que no cuentan

Actualizado el 21 de mayo de 2017 a las 12:00 am

Cuando uno es joven, odia irracionalmente aquello que no comprende. (Con excepción de los homofóbicos, que se dan la licencia de odiar todavía siendo adultos)

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Tinta Fresca: Los números que no cuentan

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Hace unos nueve años, yo salía a bares con mis amigas del colegio. Nos poníamos tacones, tomábamos vodka con cranberry y regresaba a la casa a las 4 o 5 de la mañana. Hace unos cinco años, yo tenía 21 años y un novio que constantemente disfrutaba ridiculizar mi poca capacidad para entender los números. Un año antes de eso, la pasé mal.

Era superflua. Fue durante esa época que comencé a odiar los números, o al menos el significado de los datos. Para empezar, cuando salía a bares, el novio me preguntaba cuántos tragos había tomado. La cifra era significativa, casi que determinante.

Ilustración: Dominick Proestakis

El 2010 era un tema del que no podíamos hablar. Porque cuando sucedía, las preguntas inquisitivas me aniquilaban. "Pero ¿a cuántos maes se apretó? Pero ¿cuánto se sacó en el examen? Pero ¿porqué un 60? Pero ¿cuánto mide ese vestido?".

Las respuestas eran significativas, casi que determinantes. Pero más que eso, me aniquilaba saber que había desperdiciado todo un año de mi vida. 365 días que fueron inútiles. Esto de acuerdo al novio; yo por mi parte tenía cero interés en hacer la mate. Estaba concentrada en entender qué había pasado, cómo iba a conseguir un trabajo que me hiciera feliz, y trataba de descifrar qué iba a hacer con el resto de mi vida.

Luego un día fuimos a la casa de una amiga. Hicimos crepas y jugamos Uno. Él, el novio, estaba a mi derecha, así que en una de las tantas jugadas le tiré un ‘coma dos’, pensando que sería divertido.

Acto seguido: yo teniendo una discusión en la sala en la que me reclamaba que yo no era parte de su equipo.

Aquí entonces haré varias conclusiones: no, yo no era de su equipo. El 2010 fue hace siete años, y el vestido era corto, rojo, y yo lo amaba.

* * *

En la escuela no era buena en mate. Me iba bien en Estudios Sociales y en Español. Pasé madrugadas tratando de entender Química, pasé noches llorando de frustración tratando de entender porqué yo no entendía.

Luego aprendí a usar la calculadora y la vida se me simplificó. Luego, dejé de usar la calculadora, y mi vida mejoró.

Pero la verdad es que mi gran miedo hacia los números, —y en parte tiene que ver con todos esos pequeños traumas–, es por la edad.

Ese gran número que nos obliga a actuar de una manera predeterminada. Para empezar, y de acuerdo a investigaciones muy serias, soy parte de la generación millennial (jóvenes nacidos entre 1981 y 1995). Esto, por default, me encasilla en un gremio que está enamorado de la tecnología, tenemos un comportamiento multitasking, y nuestra vida es el celular.

Pero yo, al menos una vez a la semana, olvido el teléfono en la casa, y sobrevivo. No sé usar un iPad. La compu a veces me aburre, y no quiero que me digan cómo debo ser o actuar. Mucho menos de acuerdo a mi edad.

Tengo 26. Esto en teoría no debería significar nada. Pero no es así. Las señoras me dicen "ay pero se ve toda niña". A lo que mi mamá responde, "nombres, ya está toda vieja". Entonces no entiendo.

Qué debería hacer a mi edad. Quién debería ser. Porqué todo se tiene que definir de acuerdo a los números.

Pero como dice una de mis personas favoritas, "una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa".

Últimamente no le temo a los números, ni a tirar un 'coma dos', o a responder preguntas inquisitivas o a no responder preguntas inquisitivas. A mi lado, trabaja un grupo de periodistas de datos que todos los días me refuerza la noción de que los números pueden ser a veces la única forma sincera de contar una historia.

* * *

Detestaba las clases de química, con todo mi corazón. Pero adoraba al profe, un hombre alto, fuerte y cubano. Le temíamos a toda costa, más que a sus exámenes. Un día, nos avisaron que su esposa había muerto. Solíamos burlarnos del profe porque tenía los dientes muy amarillos, como elotes y los brazos muy peludos, pero ese día no.

El día siguiente asistimos al funeral, recuerdo verlo sentado en una banca, con saco y las manos en su cara. Me senté a su lado sin tener una idea del porqué. Ninguno dijo nada. Semanas después, se acercó para agradecerme, me dijo: "murió muy joven".

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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