Precario presidencial

Se llama Campamento doña Laura Chinchilla y lleva casi dos meses erguido, en protesta, frente a la a la oficina de la Mandataria.

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      La organización es clave para  el campamento: las mujeres cocinan; los hombres limpian. Fotos: Jorge CastilloLa organización | ES CLAVE PARA  EL CAMPAMENTO: LAS MUJERES COCINAN; LOS HOMBRES LIMPIAN. FOTOS: JORGE CASTILLO
La organización es clave para el campamento: las mujeres cocinan; los hombres limpian. Fotos: Jorge CastilloLa organización | ES CLAVE PARA EL CAMPAMENTO: LAS MUJERES COCINAN; LOS HOMBRES LIMPIAN. FOTOS: JORGE CASTILLO ampliar

En el país de las protestas , justo cruzando la calle de la Presidencia de la República, se levanta un campamento techado con plástico de bolsas de basura color negro.

El improvisado precario solo invadió 100 metros de área pública, ese pedazo de acera fue suficiente para acomodar 36 tiendas de campaña, una cocina y una cabina sanitaria.

Allí viven desde hace 48 días, como una medida –proclaman– desesperada, un grupo de taxistas, con sus esposas y hasta hijos, quienes le piden al Gobierno 600 placas para poder ejercer su oficio sin tener que rentarle el “privilegio” a otro.

En honor a la Mandataria, quien hasta el momento ha ignorado sus súplicas, bautizaron al camping con su nombre: Campamento costarricense doña Laura Chinchilla .

El organizador de la protesta, José Guillermo Martínez Berrocal, asegura que por derecho debieron entregarles las placas , que la ley los respalda y que el Consejo de Transporte Público “les jugó sucio” ( ver recuadro ).

“Venimos aquí para que la gente se entere de la injusticia, para que se respeten nuestros derechos”, argumenta, al tiempo que señala que esta forma de manifestación no afecta a nadie, mas que a aquellos que cuando pasan por esa zona de Zapote deben caminar por la calle, ante la “ocupación” de la acera.

Las otras opciones que barajaron como protesta, confiesa el taxista, fueron cerrar la ruta 32, a la altura del túnel Zurquí, o el paso por Ochomogo, el cual conecta Cartago con San José... viéndolo así, el campamento parece una pequeñez...

Su primer día como precaristas fue el 10 de diciembre pasado. Levantaron rápido las carpas y se resistieron a los agentes de la Fuerza Pública y de la Policía de Tránsito, quienes los instaron a abandonar el sitio. Pasados tres días, las autoridades no volvieron a molestarlos.

El ministro de la Presidencia, Carlos Ricardo Benavides, señaló que han enfrentado esta protesta “con prudencia” pues, considera que los manifestantes están actuando “de buena fe”, aunque enfatizó que su accionar contraviene el ordenamiento jurídico y que la situación no puede “eternizarse”.

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Lo duro

Las primeras semanas fueron las más agotadoras. Noches de insomnio, dolores de cuerpo y mucha incomodidad... Luego orquestaron un sistema de relevos para que los que llevaban más tiempo en la protesta pudiesen ir a sus casas a descansar.

Dicha organización establece turnos de al menos 24 horas seguidas en el camping. Cumplido el periodo, el manifestante queda libre por varios días.

De igual forma, hay algunas personas que solo están durante el día y se marchan a dormir a sus hogares; otros, por el contrario, luego de trabajar durante el día, llegan cada noche al campamento, a acostarse en una de las tantas colchonetas hasta que amanezca.

Comúnmente, hay entre 30 y 60 manifestantes al mismo tiempo, en la acampada. Pero, en total, unas mil personas provenientes de todas las provincias han participado en el movimiento.

Las tiendas de campaña están muy bien equipadas, con colchones, cobijas y almohadas; las carpas, instaladas a manera de techo, los protegen de la lluvia –que solo ha caído dos veces desde que se acomodaron allí– y del sol de verano que, cuando se pone malcriado, convierte en sauna el refugio.

El martes pasado recorrimos el campamento guiados por Jonathan Ramírez Jiménez, uno de los líderes de la protesta, que acusó a “la dormida” como lo más duro de la experiencia, sobre todo porque su cama está justo al lado de la carretera.

“Yo siento cómo el carro pasa al lado, como soplándome la oreja; además, hay algunos que solo por joder pasan tocando el pito, gritando cosas o sonando roncadores en horas de la madrugada”, se queja.

Actualmente él, al igual que muchos de los residentes en el precario presidencial, trabaja como taxista, alquilando una placa que le cuesta ¢150.000 al mes.

“Sencillamente, la plata no nos alcanza, la calle está muy dura, por eso estamos en esta lucha”, asevera el hombre de 30 años, a la espera, como todos allí, de una placa de su propiedad.

En estos días de crisis perpetua, un taxista, en una jornada de 12 horas, puede ganar entre ¢5.000 y ¢15.000, dice.

Unión familiar

Los malos ratos son compensados con los sustanciosos almuerzos. El menú de ese mediodía contenía arroz, macarrones con salchicha, frijoles molidos y papas tostadas, una bomba de carbohidratos de la que más de uno se sirvió dos platos.

La cocina está a cargo de doña Candy Ortega Espinoza, de 61 años, taxista y madre de dos muchachos dedicados a ese mismo oficio.

Mita , sobrenombre que se ganó por su actitud maternal, apoyada por otras mujeres, prepara los alimentos en una pequeña cocina de gas.

“Acá todos son mis hijos, yo les doy cafecito a los que madrugan, y pancito... A todos los tengo bien chineados”, comenta la señora, quien nos ofreció insistentemente “un gallito”.

Los hombres se encargan de la limpieza. Aunque emplean platos y vasos desechables, los lavan varias veces hasta agotar al máximo su vida útil.

El agua la traen en pichingas de un edificio cercano; el guarda les permite abastecerse del líquido que necesiten, siempre y cuando lo hagan muy de mañanita, para que sus jefes no se enteren.

Para ducharse, deben ir a sus casas o a la de algún amigo, pero para otras necesidades, cuentan con una cabina sanitaria por la cual pagan ¢40.000 al mes.

La comida, el papel higiénico, el café y demás productos básicos, los compran entre todos y, en muchos casos, reciben donaciones de iglesias o de simples transeúntes. “La mayoría de gente se detiene a saludarnos; nos traen abrigos, comida, son muy solidarios. Los que nos gritan ‘vagos’ y nos dicen tonteras son los menos”, explica mi guía, Jonathan.

Navidad callejera

El campamento Laura Chinchilla parece estar más organizado que el propio Gobierno. Prueba de ello son las fiestas de que disfrutaron en diciembre pasado, entre regalos y villancicos, allí, en plena calle.

El 24 tuvieron arbolito de Navidad y tamales, y el 31, comieron lechón asado. Además, justo para el cambio de año, reventaron bombetas y luces de bengala. “Fue toda una fiesta, la pasamos como una gran familia: chiquitos, esposas, hermanos”, recuerda Jonathan.

La consigna de estos manifestantes es quedarse en el campamento hasta que les entreguen las 600 placas de taxi. No aceptarán ninguna otra propuesta del Gobierno.

Hace una semana se reunieron con el ministro Benavides y el titular de Transportes , Pedro Castro, a quienes les expusieron sus demandas. El compromiso de los jerarcas fue estudiar el caso para darles una respuesta en un corto plazo.

Pasan los días, pero ellos no pierden la esperanza. Aseguran tener energía suficiente para aguantar el tiempo que sea necesario, aferrados a su protesta, al campamento que los une. Esperan el día que alguien de la Casa Presidencial cruce la calle y les diga: “Está bien, está bien... ustedes ganan”.

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