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Tinta fresca: Amor a la mexicana

Actualizado el 05 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Esto no es una crónica de viaje; es una crónica de mi viaje

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Tinta fresca: Amor a la mexicana

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Tomé un taxi en el aeropuerto Benito Juárez en La Ciudad de México hacia un lugar que se llama Reforma. De camino el taxista llevaba una emisora puesta.

Ilustración:Dominick Proestakis
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Ilustración:Dominick Proestakis

La única canción que reconocí fue Futuro, de Café Tacvba. La canción de Cafeta dice una y otra vez que el futuro es hoy. Afuera el aire era cálido. Había tratado de predecir el clima para mi estadía y decía que iba a estar frío, pero eran como las cuatro de la tarde, y entre el cielo y los rascacielos había un celeste nostalgia. Un brisa como seca, distinta a la nuestra. Más tibia.

En el recorrido de casi media hora vi casas de color papaya, rosa, y amarillo. Vi esquinas con talleres mecánicos y señores gordos con las manos negras. Vi ropa colgando en cables de ventana a ventana, tejados con muchas plantas, y muchos Vochos.

Una vez en el hotel saqué toda la ropa y me acomodé. Luego tocaron la puerta. Un señor muy amable me ofreció hacer el servicio de noche que consistía en acomodar las cobijas para dormir, cerrar las cortinas y poner unas pantuflas a la orilla de la cama. Pensé dos cosas. Primero, que era un poco incómodo porque recién me había quitado los zapatos después de un largo y caluroso viaje, y porque nadie nunca me había ofrecido tal cosa. Luego tuve que buscar la cena. Para ese entonces no había entendido bien la conversión del peso, además el símbolo es igual que el del dólar, entonces todo era carísimo. Pero no lo era. Supuse que nada me iba a alcanzar en el hotel entonces salí. Una vez afuera lo primero que vi fue una carretera, hombres en saco andando en bici, señoras en tacones fumando. Llegué a un camión de tortas, pedí una con milanesa de pollo y una Coca Cola. Luego pasé a Krispy Kreme por una dona, pedí una con relleno pero solo tenía dólares y la muchacha que me atendió no sabía a cuanto estaba el dólar. Entonces me dijo que le pagara después. Luego salí, caminé con mis manos llenas de comida, vi un perro salchicha, hojas que olvidé recolectar, y llegué de nuevo al hotel.

Estaba en México por asuntos de trabajo, pero pude caminar mucho. Descubrí un lugar al cual me amoldé demasiado rápido, muy fácil. Entre edificios muy altos y aceras muy anchas, cupe bien.

El metro me llevaba adonde fuera en lapsos de siete minutos. En la calle la gente vendía comida y frescos naturales. Los perros están entrenados para caminar sin correa. Los autos se detienen cuando una persona va a cruzar la calle. Pero de verdad se detienen. Yo –acostumbrada a nuestra cultura vial– esperaba que el carro pasara o que siguiera su camino a pesar de que el semáforo peatonal estaba en verde, entonces la gente se molestaba y me decía: 'pase pase. Ellos se tienen que esperar'. Y yo solo pensaba que la última vez que crucé una calle en Costa Rica tuve que gritarle al chofer porque su semáforo estaba en rojo y luego lo escuché decirme: "sea sapa mamita".

Allá caminé sobre láminas encrustradas en el piso con nombres de desaparecidos. Hermanos que nunca regresaron. Mamás que eran buenas madres. Sé que solo vi una pequeña estrella que conforma una inmensa constelación pero todas brillan; entonces todas cuentan.

Regresé a Costa Rica en un vuelo que arribó a la medianoche. Eramos una cantidad pareja de ticos y extranjeros. Había una fila para cada grupo. Ambas eran demasiado largas. Entonces comenzamos a hacer la fila. Pregunté porqué se tomaba tanto tiempo y me respondieron que de noche solo funcionan dos máquinas. Ya la fila de ticos estaba hecha. Uno detrás del otro temiendo reconocer a alguien para tener que saludar. Luego alguien notó que atrás, en una esquina, había un par de personas escribiendo en un papel amarillo. La duda se esparció pero nadie quería dejar su lugar. Ya era más de la medianoche y a pesar de que el vuelo dura tres horas, estar allá arriba agota.

Entonces salió de la nada una señora gritando que debíamos llenar el papel amarillo y un valiente corrió por un puño de papeles amarillos. Todos comenzamos a rellenar el formulario. Todos. Nos prestamos lapiceros y espaldas. Luego salió un muchacho y nos volvió a gritar: "Si no llenan el papel amarillo no se les atiende. ¿Entendieron?"

Cuando llegué al mostrador enseñé mi pasaporte. Luego le di el papel amarillo. La señora que me atendió se comenzó a reír y se burló de mi papel. "¿Para qué llenó eso? Ni se ocupa".

Hogar dulce... blah.

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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