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Crítica de cine: ‘El niño de la bicicleta’

Actualizado el 01 de abril de 2014 a las 12:00 am

Débito humanista Filme de cuatro ojos

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Crítica de cine: ‘El niño de la bicicleta’

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Su profundo sentido humanista (en lo conceptual), su exquisita e intensa narración (en lo formal) y su noble carácter fabulador (moraleja incluida) hacen de la película El niño de la bicicleta (2011) un arte que nos obliga a asistir al cine si, de verdad, somos leales amantes del sétimo arte.

Dicho filme viene dirigido por dos eximios directores belgas. Se trata de los hermanos Dardenne: Jean-Pierre (1951) y Luc (1954). Ellos escriben, producen y dirigen juntos sus películas. Es suma de talentos, como el buen vino, que es suma de distintas reglas ambientales. Es sinergia cinematográfica.

Con elegancia y delicadeza, a la vez que con firmeza y presión dramática, El niño de la bicicleta narra la historia de Cyril, chico de 11 años abandonado por su padre en un instituto. Después de eludir la vigilancia del hospicio, el encontrar a su papá es para Cyril una obsesión determinante de su conducta.

En una de sus fugas, por extraño incidente, Cyril conoce a Samantha. Más bien, hemos de decirlo al revés: Samantha conoce a Cyril. Ella es peluquera adulta con criterio muy práctico sobre la vida y, de esa relación, surge un fuerte cariño materno-filial que, a su vez, debe pasar pruebas agudas debido a la conducta revoltosa del muchachito.

Por una bicicleta. Con sus buenas actuaciones, Thomas Doret y Cécile de France le dan cuerpo a una magnífica película, alabada y premiada por la crítica. CORTESÍA DE SALA GARBO.
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Por una bicicleta. Con sus buenas actuaciones, Thomas Doret y Cécile de France le dan cuerpo a una magnífica película, alabada y premiada por la crítica. CORTESÍA DE SALA GARBO.

No se trata tan solo de una historia bien narrada; es también una historia sentida desde lo más central de los reconcomios: es emoción que se le pega a uno con esa magia que los hermanos Dardenne muestran a lo largo de su breve filmografía. No en vano, estos realizadores afirman constantemente que ellos dos son “una sola persona con cuatro ojos”.

Sin peroratas ideológicas, esta película no elude tampoco el compromiso de la denuncia social: está ahí, en cada uno de los virajes del relato, donde siempre la bicicleta de Cyril es el elemento que va hilando los acontecimientos y también los afectos sentimentales que unifican el mundo narrado.

Sorprende tanta limpieza narrativa en esta película, así sean tonos líricos o sean tonos roñosos los que se expresen en pantalla. Las situaciones son llevadas al límite mismo de sus fronteras; sin embargo, con optimismo, el filme nos enseña que siempre habrá para el ser humano un punto de redención.

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La grandeza de El niño de la bicicleta sería menor si no tuviéramos ese punto alto que es la gran actuación del jovencito Thomas Doret, como Cyril, trabajo del todo visceral. Igual, hay que mencionar la delicada actuación de Cécile de France, como Samantha, fina expresión del acto generosamente maternal. De France enuncia muy bien la paciencia de la mujer adulta decidida a que otro ser humano salga adelante (proceso de mejoramiento).

Con elegante uso ocasional del plano-secuencia (tomas sin cortes por buen tiempo) y con categórico manejo de la música de Beethoven, El niño de la bicicleta es filme que todo crítico de cine, si se precia, debe recomendar.

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