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Crítica de cine: ‘Mi gran boda griega 2’

Actualizado el 04 de abril de 2016 a las 12:00 am

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Crítica de cine: ‘Mi gran boda griega 2’

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Tráiler del filme ‘Mi gran boda griega’

La historia se repite, decía Hegel. Luego Marx, aún joven, sobre dicho pensamiento, agregó que la primera vez la historia se presenta como tragedia y la segunda se repite como farsa. Es un tanto lo que sucede con la película Mi gran boda griega 2 (2016), dirigida con poco aplomo por Kirk Jones.

Del 2002, la primera de estas dos películas, dirigida por Joel Zwick, narra la historia de una familia en exceso orgullosa de su origen griego, donde una hija, Toula (Nia Vardalos), se enamora y se casa con un sujeto sin nada de griego en sus venas, sin alfa ni omega: su nombre lo dice todo, Ian Miller (John Corbett).

Eso era una tragedia para dicha familia y la película la muestra de manera agradable: tragedia divertida. Ahora sucede como farsa, cuando el papá de Toula, ya bien mayor, descubre que el acta matrimonial de su propio himeneo no tiene la firma del cura ortodoxo.

Helénica. | JOHN CORBETT Y NIA VARDALOS DE NUEVO JUNTOS EN COMEDIA SOBRE ASUNTOS DE UNA FAMILIA GRIEGA. ROMALY PARA LN
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Helénica. | JOHN CORBETT Y NIA VARDALOS DE NUEVO JUNTOS EN COMEDIA SOBRE ASUNTOS DE UNA FAMILIA GRIEGA. ROMALY PARA LN

Simple: los padres de Toula están solteros y, qué torta, ahora la mamá no quiere casarse, por lo que la familia, del primero al último, debe intervenir para enderezar el entuerto, lo que no es tan fácil. Todo se repite como farsa.

El problema de Mi gran boda griega 2 es que la nueva presencia de la familia Portokalos no tiene un guion bien armado e, incluso, se repite en situaciones cuando parece que la trama se le escapa a la misma guionista, Nia Vardalos, también actriz principal.

Un chiste puede ser gracioso la primera vez, pero si los que le siguen le son semejantes, el humor se pierde poco a poco. Por suerte o talento, el elenco se manifiesta convincente en todo este asunto de las identidades étnicas, del orgullo de ser griegos y ser de la estirpe de Alejandro Magno.

Igual, por el mal tratamiento de la farsa, la historia de esta película deja de ser conmovedora; pero, eso sí, sin llegar a los extremos de lo cursi, afectado o pretencioso. Es solo ver de nuevo las “rarezas” ancestrales al interior de una familia, sobre todo si esa familia vive en otro país como Estados Unidos, sin rostro propio (se dice).

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En esta segunda boda griega, por supuesto que Ian y Toula tienen una hija adolescente, quien va para la universidad, tiene su primera salida a un baile y situaciones semejantes. Tal es la subtrama más evidente y también la más débil, cercana a la de cualquier melodrama próximo a Disney.

Al final, uno siente que estuvo ante una película donde las partes parecen más importantes que el todo. Me explico: en Mi gran boda griega 2 la trama o desarrollo del argumento importa menos que cada una de las situaciones de humor o de los efectos de humor (“gags”). Ese desfase estructural la hace perder puntos.

La elegancia visual no hace que el relato mejore. Para terminar, es cierto que estamos ante una película fallida, mal dirigida, pero hecha con orgullo griego (digamos), con dignidad y con atisbos de cierta inteligencia, capaz de señalar la relevancia de los pequeños gestos, sobre todo en el amor.

Ahí les queda, una muestra más de la parasitaria tendencia en Hollywood de hacer refritos, secuelas, precuelas y formas análogas, cuando se carece de ideas para cosas nuevas. Al menos, por dicha, en este filme no hay superhéroes. Con la ayuda de dioses y de diosas, estos quedaron allá, en los cantos de Homero.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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