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Crítica de cine: El mayordomo de la Casa Blanca

Actualizado el 10 de febrero de 2014 a las 12:00 am

Ausencia sirviente Llega drama liviano

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Crítica de cine: El mayordomo de la Casa Blanca

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Oprah Winfrey y Forest Whitaker encarnan al matrimonio cuando un mayordomo de la Casa Blanca siente pasar la historia de su país sin que pueda hacer nada dentro de ella. Foto: Cortesía de Romaly

Dice la sentencia que quien mucho abarca, poco aprieta. Esto es exactamente lo que le sucede a la película El mayordomo de la Casa Blanca (2013), dirigida por Lee Daniels, filme que, sin duda, merece mayor densidad dramática y el tono arenoso de Preciosa (2009), película también dirigida por Lee Daniels con criterio del llamado “exploitation film”.

La historia de El mayordomo de la Casa Blanca no solo se alarga con detalles nimios, sino que también y por consiguiente lo hace con su metraje sin que, por secuencias, suceda nada importante. Este es el talón débil de una película que tampoco podemos calificar como mediocre, porque, dentro su extendido metraje, se encuentran valores que debemos resaltar.

El filme narra la historia de Cecil Gaines, joven que huye de la segregación racial del sur de Estados Unidos. El comienzo de la historia sí se muestra intenso y dramático, con el reflejo de la vergonzosa e inhumana condición de esclavitud a que fue sometida la población negra en dicho país.

Este breve primer tiempo de la película logra impactar y sacudirnos, pero desde que el joven Gaines huye de ese infierno, en un proceso largo que lo lleva a su propia madurez y a vivir mejor cuando es nombrado mayordomo en la Casa Blanca, desde ahí el relato deviene aséptico.

Allí, Cecil se convierte en testigo inmediato del funcionamiento interno del Despacho Oval, aunque siempre al margen de los acontecimientos (un buen mayordomo ni siquiera se siente: su presencia es sombra y silencio, le dicen). Este mayordomo puede ser épico: por él pasa la historia política de su país, pero como servidumbre mal pagada, nueva fórmula del esclavismo.

No en vano, dicha servidumbre era de raza negra. Gaines es testigo cercano y lejano, a la vez, de acontecimientos como la lucha por los derechos civiles, los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King, las acciones de los Freedom Riders y las Panteras Negras, la guerra de Vietnam y el escándalo Watergate.

Es solo que la película narra esos acontecimientos sin causas ni efectos: hay una desdramatización ilógica de los sucesos que vemos desde la mirada de Cecil Gaines. Es como si la película se desinflara y, de pronto, tomara nuevos aires para verse otra vez desinflada: ese es su ritmo.

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El relato es más intenso con lo que sucede adentro de la familia del mayordomo, de sus contradicciones ante un hijo socialmente comprometido con la lucha por los derechos civiles, con otro en Vietnam y con una esposa enfrentada a su propio alcoholismo, grave como el silencio del mayordomo.

Sucede así hasta el triunfo electoral del presidente Obama, donde la película asume un punto de giro triunfalista, como si nada grave hubiera sucedido antes. Es como si al guionista Danny Strong o al director Lee Daniels –o a ambos– la brasa les quemase las manos.

Hay buena dirección de actores; pero Forest Whitaker también se confunde con los altibajos y nos ofrece momentos de gran calibre emocional como otros donde la complejidad de Gaines se le escapa. Mucho mejor se ve Oprah Winfrey como la señora Gaines.

Por las licencias que se toma El mayordomo de la Casa Blanca es que, aunque filme emotivo, no logra serlo más, pero se mantiene como interesante. Esta película mira hacia el recibimiento de un Óscar: está hecha con esa intención, pero no le salió bien el tiro; aún así, con las salvedades del caso, queda recomendada.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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