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Crítica de cine: Aparece Electro

Actualizado el 06 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Cine arácnido Vueltas de trompo

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Crítica de cine: Aparece Electro

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Aceptémoslo: con algunas salvedades, las películas de superhéroes ya van resultando reiterativas, redundantes y no pasan de majarse las colas entre ellas o cada una en sí misma. Lo predecible es su nota dominante; sin embargo, por alguna razón emocional, el público sigue gustando de ellas.

Esto se repite con el filme de largo título y excesivo metraje que nos trae la más reciente aventura del joven con poderes arácnidos al servicio de la justicia, pero con más dilemas internos que un pecador en un confesionario. La película se titula El sorprendente Hombre Araña 2: La amenaza de Electro (2014), donde repite como director Marc Webb.

Al comienzo del filme nos sorprenden las gratas imágenes de este Hombre Araña entre edificios, por los aires, a ras del suelo o como sea: gran trabajo de filmación real con apoyo por ordenador; pero llega el momento en que lo visual se repite, como culebra arrollándose, y se nos debilita el primer entusiasmo.

Algo semejante ocurre con la estructuración del argumento. El problema no es solo la pérdida de originalidad con respecto a otras películas. Esto puede pasarse por alto.

El problema es la falta de originalidad consigo mismo del relato, que da más vueltas que un trompo por lo que el metraje se alarga innecesariamente.

Igual, no es solo esa escasa originalidad interna del relato. Agreguen su poca creatividad con el tratamiento del tema.

No creo que cuando Marcel Proust escribió “No amamos tanto al cine por lo que es como por lo que llegará a ser” estuviese pensando en filmes como este, poco sorprendente en sí mismo.

Aceptado: esta película, junto con la anterior del mismo director, cumple bien con su condición de relanzamiento ( reebot ) de la historia del Hombre Araña como héroe especial: se conserva bien lo básico de la tradición arácnida con sus protagonistas y antagonistas.

Lo anterior es buen punto dentro del afán taquillero de este producto y de su inserción mediática en la opinión pública. Así, continuamos con un héroe emocionalmente partido en dos, sin ir a un psiquiatra, porque implicaría revelar su secreto (esto lo hace solo por amor a su chica, ¡el amor!).

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Es agradable el asunto así visto, pero eso también deviene en hilar y deshilar, como lo hacía Penélope cuando esperaba a un héroe mucho más interesante: a Odiseo o Ulises, como quieran llamarlo.

En esa onda, es posible que las “entradas” psicológicas en los personajes de Electro y el Duende Verde (buenas actuaciones de Jamie Foxx y de Dane DeHaan) sean vean mejor que los dilemas encarnados por el actor Andrew Garfield, como el Hombre Araña.

Para completar, Emma Stone –como Gwen– es tan encantadora como inexpresiva. Al síntoma de la redundancia visual y del pleonasmo narrativo, se suma la insistencia machacona de la música electrónica.

No hay más, excepto el buen intento de denuncia con el asunto de la ausencia de ética en la investigación eugenésica, donde el grupo Osborn se comporta con tanta irresponsabilidad como Josef Mengele en la Alemania de Hitler.

Es “interesante” este cine, capaz de gustar y de solazar más allá de sus debilidades formales, conceptuales o de contenido, al que se le agradece sus secuencias de buen humor, pero no las de amor empalagoso. Alguien dijo: este filme es víctima de sus secuelas anunciadas. Cierto.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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