Crítica de cine

Crítica de la película 'La chispa de la vida'

Despropósitos El método burlesco

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El nombre del director español Álex de la Iglesia es garantía de que, en sus manos, una comedia cinematográfica camina por la ruta del humor más sulfuroso, donde casi nada ni nadie se escapan a la causticidad de sus propuestas. Su nombre de pila es Alejandro de la Iglesia Mendoza, nacido en Bilbao, en 1965.

El cine de Álex de la Iglesia es bueno entre el humor negro y el esperpento español, esa deformación de la realidad que el conocido escritor Ramón del Valle-Inclán convirtiese en género propio, tanto en teatro como en la novela.

En Costa Rica, de Álex de la Iglesia, se exhibe ahora La chispa de la vida (2011), que retoma su tránsito habitual, aunque sin el desenfado ni la capacidad hiriente de otros títulos suyos como Acción mutante (1992), El día de la Bestia (1995) y La comunidad (2000). Ojalá los distribuidores nos traigan pronto su título más reciente: Las brujas de Zugarramurdi (2013).

Esta vez, con La chispa de la vida, quien se salva es la religión, así que los espectadores más piadosos no se sentirán aludidos.

Por lo demás, allí hay varapalos muy distintos; aunque son la prensa y el ejercicio mediático de la realidad quienes se llevan la peor parte.Cuando los periodistas y empresarios de los medios convierten la noticia en mercancía, aviados estamos los demás; aunque, lo pueden ver en el propio filme, siempre hay una esperanza –por ahí– de un periodismo diferente.

La trama sucede en plena crisis económica, que sacude sin contemplación al creador de la frase publicitaria de la Coca Cola, la que dice “la chispa de la vida”. El personaje se llama Roberto (gran actuación de José Mota), dispuesto a sacarle jugo a su desgracia, por un brutal accidente que sufre. Aquí es donde entra la complicidad, sobre todo, de la televisión.

Los acontecimientos se van encadenando como esas tragedias que, en sí mismas, palpitan como ironías de la vida, o sea, como comedias. Aunque no lo crean, en esto hay acentos de las comedias de Shakespeare, que tienden –a su manera– al desarrollo de lo trágico.

De lo que no hay duda es que el bilbaíno Alejandro de la Iglesia Mendoza sabe narrar muy bien y sabe estructurar los acontecimientos con distintos tonos en su ritmo. Aquí se le escapa la dirección actoral, porque fuera de José Mota, el resto del elenco pasa por la pantalla sin mayor convicción, peor con Salma Hayek como la esposa de Roberto, ¡muy irregular!

Por momentos, las imágenes son innecesariamente hiperbólicas, aunque entendemos que no se trata de un filme realista. En otras secuencias, el filme peca por ser discursivo, aunque se sabe que todo texto es, en última instancia, un discurso; pero –por escenas– La chispa de la vida pierde sutileza.

Estamos ante una comedia donde nos reímos de nosotros mismos, seamos políticos con poder ligado a lo empresarial, seamos prensa oportunista, seamos morbosos asistentes de la tragedia ajena, seamos de quienes vemos en el dinero la feliz hipoteca de la dignidad o, igual, seamos de aquellos que aún creemos en la esperanza de un mundo mejor.

Con humor cercano al de Billy Wilder por su filme titulado El gran carnaval ( Cadenas de roca , de 1951), debo recomendarles que asistan a ver La chispa de la vida, definida como comedia de despropósitos. Es cine distinto, o sea, de ese que nos debieran traer con más constancia.

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Noticia La Nación: Crítica de la película 'La chispa de la vida'