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Un santo en la Campaña Nacional

Actualizado el 19 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Nuestro Señor San José.El 19 de marzo se celebra al patrono de la ciudad, de la diócesis y de la República

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Como en años anteriores, el 19 de marzo de 1856, la vieja Catedral capitalina mostraba sus mejores galas: entre cortinajes, adornos de bambú y uruca, la venerada imagen del patriarca San José lucía colocada dentro del presbiterio y junto al Evangelio, mientras sobresalía entre flores y candelas.

No obstante, a diferencia de otros años, aquel día no reinaba la usual algarabía por la fiesta del santo patrono; se habían suprimido la pólvora, la música y cuanto pudiera motivar el júbilo popular de los josefinos. Un anónimo cronista apunta: “¡No estaban los corazones para pensar en ello!; pero, en cambio, no habrá recibido Nuestro Señor San José, un culto más sincero y general de todo un pueblo”.

La razón: el 1.° marzo se había decretado la movilización de las tropas costarricenses para repeler la invasión del filibustero estadounidense; tropas que respondían tanto a las proclamas de don Juan Rafael Mora como a los edictos de monseñor Anselmo Llorente: si el presidente confiaba en el patriotismo de los ciudadanos, ellos confiaban en la misericordia divina y en la protección del santo patriarca.

Una antigua imagen de San José se conserva en la Catedral Metropolitana; pertenece a la escuela guatemalteca del siglo XVIII.  Imagen reproducida en el libro  San José, Capital de Costa Rica, de Francisco María Núñez.
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Una antigua imagen de San José se conserva en la Catedral Metropolitana; pertenece a la escuela guatemalteca del siglo XVIII. Imagen reproducida en el libro San José, Capital de Costa Rica, de Francisco María Núñez.

Un santo y un culto colonial

Como la evangelización misma de nuestro territorio, la devoción por José de Nazaret es franciscana; por eso, ya en el siglo XVII se registra la veneración por el esposo de María y padre putativo de Jesús, al oeste del collado de Ochomogo.

Aunque no muy precisa, una fuente sitúa en los alrededores de la Boca del Monte, un rezo realizado en 1640 en honor a San José. Para el acontecimiento, se dice, vinieron gentes de Barva y de Cartago a la casa del patriarca fundador Salvador de Torres, y habría sido patrocinado por sus hijos María Torres y Andrés Pérez. Tan vaga como la anterior, otra fuente quiere que esa devoción se deba más bien a una estampa que dejó, en estos lares, un misionero que pasó antes de la erección de su ermita.

Sea cual fuere la razón, lo cierto es que cuando se construyó el humilde santuario del solitario paraje y cruce de caminos, allá por 1737, le fue dedicado a San José y, en adelante, ahí lo venerarían los pobladores de los valles de Aserrí y Curridabat como a su santo patrono. Como todo culto, sin embargo, tuvo que esperar el arraigo que solo el tiempo sabe brindar.

Con el fin de consolidarlo, se encargó a Guatemala la imagen que se conserva en la catedral metropolitana y que se pasea en procesión por las calles capitalinas cada 19 de marzo. Todo indica que fue tallada por el artista guatemalteco Manuel de Chaves, en 1714, y que llegó a la ciudad a mediados del siglo XVIII.

Llegada la Independencia a la aldea recién convertida en ciudad, esta ostentaba ya, orgullosa, el nombre de San José, dejando atrás para siempre los de Villa de la Boca del Monte o, el más simple, de Villita.

Desde entonces, también, invocan sus vecinos el nombre del Santo Patriarca cada vez que una calamidad aflige sus días, trátese de una plaga –como la de la langosta– o de una peste –como la del cólera–, y más aún si de una guerra se tratara, como fue el caso en 1856.

Un santo generoso

Durante esa gesta heroica tuvo el santo que escuchar no solo los ruegos de sus gentes, sino partir con las tropas mismas, al menos, hasta el río Virilla, sobre el camino hacia Alajuela, límite de su valle y, al parecer, de su celestial jurisdicción.

En la tradición, no obstante, el santo fue más allá. Por ejemplo, en 1930, de acuerdo con el testimonio de su padre, contaba el octogenario Melchor Vindas que, estando las tropas costarricenses en plena lucha, apareció un extranjero reclamando a los oficiales el valor de varios cañones, que decía haberle vendido a un tal José, cuyo apellido no recordaba.

Honrados como eran los oficiales de nuestro ejército, convocaron a todos cuanto se llamasen José entre sus filas… mas ninguno de ellos había visto en su vida al extranjero, ni este reconoció entre ellos a su comprador. Se decidió, entonces, enviar al acreedor a la capital, a ver si daba con el extraño José quien tan generosamente había donado los cañones al ejército libertador.

Tampoco hubo suerte en la ciudad con el misterioso comprador y el reclamante perdía ya el humor. Así las cosas, no se sabe sí en broma o en serio, se le ocurrió a alguien mostrarle al apremiado extranjero, el único José que quedaba en la capital sin presentársele: el de la catedral. Fue entonces, frente al altar, que exclamó el hombre, entre alegre y asustado: “Este, este, es el Jushé que me compró los cañones!” (“San José, Santo Patrón”. La Nueva Prensa , 30 de marzo de 1930).

Un santo guerrero

Divertida por ingeniosa, no pasaría de ahí la anécdota, sino la reforzaran como histórica otras parecidas que circularon como ciertas en aquella época heroica de la patria tica y de su capital ciudad. Tal es la que cuenta, en una de sus crónicas, el periodista Joaquín Vargas Coto, sucedida durante la Campaña del Tránsito.

Según él, corría la oscura y lluviosa noche del 22 al 23 de diciembre de 1856, cuando bajaban por el río San Juan, Spencer, Máximo Blanco, Francisco Alvarado, el capitán Cauty y 45 costarricenses en cinco lanchas remeras.

De pronto, un viejecito se arrima a las naves de los ticos, habla con los jefes y les brinda informes precisos; sigue con ellos y, al despuntar el alba, los cuatro vapores filibusteros anclados en San Juan del Norte habían caído en poder de los nuestros. Eso sí, nadie volvió a ver al viejecito después de la hazaña.

Reapareció el día 27, cuando nuestras fuerzas avanzaban sobre el fuerte del Castillo Viejo, vistiendo como cualquier otro soldado y cubierto con un sombrero de paja: fue el guía del ataque. Volvió a aparecer cuando la toma del Fuerte San Carlos y, luego, en el lago, cuando la captura de otros vapores… después, desapareció del todo.

Para entonces, Walker estaba derrotado y la campaña bélica ganada.

De regreso las tropas victoriosas, entraron a la Catedral para el tedeum. Sorprendidos, los soldados reconocieron en la imagen del santo al “viejito” aquel de la lucha en el río… y le aclamaron ( Mi señor, San José ). Por esa razón, anota el historiador Francisco María Núñez: “El santo patriarca San José luce, cruzada al pecho, la bandera tricolor y fue costumbre que las milicias le rindieran honores, durante la misa y la procesión del 19 de marzo, día señalado para su fiesta nacional” ( San José, Capitán de las Milicias Josefinas y Patrono de la capital de Costa Rica) .

Era costumbre en antaño que ese día, además de la escarapela tricolor, en lugar de la vara florida?, que es su atributo, llevara el santo un fusil de chispa, mientras cubría su cabeza no con la dorada corona usual, sino con un sombrero de paja ladeado –“a la pedrada”–, como el que llevara en batalla, según los testigos.

Cuenta una tradición hoy olvidada, que el patrono de nuestra ciudad capital fue nombrado capitán de las milicias josefinas y patrón, también, de la diócesis de Costa Rica.

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