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La invasión del futuro

Actualizado el 23 de julio de 2017 a las 12:00 am

Más que ciencia ficción. La preocupación por lo que vendrá ha ido cambiando con el paso del tiempo; entre el siglo XIX y XX se convirtió en materia de estudio para diversos especialistas

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Iván Molina Jiménez

E n 1965, el sociólogo Daniel Bell publicó un artículo titulado “El estudio del futuro”, en el cual detalló la orientación futurista de las sociedades de entonces, preocupadas por anticiparse a las nuevas demandas y problemáticas sociales y enfrentar esos desafíos con adecuadas políticas públicas.

Bell también comentó que había un auge de las publicaciones sobre el futuro y contrastó este proceso con lo manifestado en 1958 por el filósofo Raymond Aron, quien afirmó que la humanidad estaba muy obsesionada con el siglo XX como para preocuparse por el XXI, por lo cual predecir el mañana estaba pasado de moda.

Según Bell, una diferencia fundamental entre las visiones del futuro habidas en el pasado y las que se abrían paso en la década de 1960 consistía en que estas últimas eran el resultado del trabajo de los planificadores, a quienes definió como “los gobernadores futuros de la sociedad futura”.

Progreso

De acuerdo con David J. Staley y Jennifer M. Gidley, las representaciones del tiempo histórico, hasta el siglo XVIII, estuvieron dominadas por concepciones cíclicas y teológicas: el futuro era una repetición del pasado o el momento de realización de un plan divino.

Si bien desde el siglo XV, con el inicio del Renacimiento, empezaron a surgir nuevas concepciones del futuro, tal proceso solo se consolidó después de 1750, en el contexto de la Ilustración, de la guerra de independencia de Estados Unidos, de la Revolución francesa y de las primeras etapas de la industrialización.

Con el ascenso del capitalismo y de la democracia, la concepción del tiempo empezó a secularizarse y a adquirir relevancia un enfoque que enfatizaba la diferencia que, a partir del “progreso” (en su sentido capitalista y positivista), podía suponer el futuro.

Cambio

En el siglo XIX, Marx desafió la idea de un porvenir capitalista, aunque sin apartarse de la concepción ya predominante del futuro como un tiempo secular, que podía ser distinto del presente y mejor que él.

Se configuró así, para parafrasear a Reinhart Koselleck, una tensión creciente entre las experiencias vividas y las expectativas avizoradas: al acelerarse el cambio histórico, eran más evidentes para las personas las diferencias entre el mundo de su niñez y juventud, el de su edad adulta y el de su vejez.

Tal aceleración y las innovaciones respectivas fueron especialmente visibles en la incorporación de nuevas tecnologías, la expansión del conocimiento científico y las transformaciones sociales, políticas y culturales.

Fue en este contexto que la ciencia ficción se desarrolló, contribuyó a consolidar la nueva concepción del futuro y empezó a advertir de los peligros asociados con los avances tecnológicos y científicos, como se constata en las novelas Frankenstein (1818) de Mary Shelley, Los quinientos millones de la begún (1879), de Julio Verne, y La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells.

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Planificación

Entre finales del siglo XIX e inicios del XX, el futuro empezó a ser algo más que un tiempo distinto, a medida que la planificación adquiría centralidad en las políticas de Estados que expandían sus funciones y de corporaciones capitalistas que operaban a escala multinacional.

Tras el triunfo de la Revolución bolchevique (1917), como lo señala Eglé Rindzeviciuté, los soviéticos –a veces basados en las teorías de Albert Einstein– se desplazaron hacia la planificación de mediano plazo, con lo que el futuro devino cada vez más en un asunto de distintos especialistas, desde economistas hasta ingenieros.

Si bien la asociación entre futuro y progreso se mantuvo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y el ascenso del fascismo y el nazismo reforzaron entre los escritores de ciencia ficción las visiones distópicas del futuro, evidentes en novelas como Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, y 1984 (1949), de George Orwell.

Guerra Fría

Después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y del inicio de la Guerra Fría (1945-1991), el porvenir, según Rindzeviciuté y Jenny Andersson, se convirtió no solo en un tiempo en disputa entre Estados Unidos y la Unión Soviética, sino en un campo especializado de estudio, con participación de diversos científicos e intelectuales. Imaginar posibles escenarios futuros se convirtió en una actividad fundamental para tratar de superar estratégicamente al enemigo.

La creciente sofisticación de los estudios del futuro fue favorecida por la conformación de redes transnacionales de científicos, por el desarrollo de la computación, que posibilitaba el procesamiento masivo de datos, y por la carrera espacial, que expandió decisivamente el horizonte de las fronteras humanas.

Entre la ciencia ficción y los estudios del futuro se estableció entonces una retroalimentación provechosa, que se manifestó en distintos niveles y fue potenciada por la formación científica o tecnológica de algunos de los principales escritores del género, como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov e Iván Efremov.

Según Rindzeviciuté, Efremov, célebre por su novela La nebulosa de Andrómeda (1957), tenía contacto con futurólogos occidentales soviéticos, incluido Igor Bestuzhev-Lada, el pionero de los estudios del futuro en el mundo comunista.

A inicios de la década de 1970, el porvenir se había constituido ya en un nuevo campo de la política internacional, tendencia que se consolidó entre finales del siglo XX e inicios del XXI, cuando los futuros posibles ya no fueron considerados exclusivamente en términos nacionales, sino globales.

Costa Rica

La sociedad costarricense no permaneció al margen de la invasión del futuro: en noviembre de 1976, la Oficina de Planificación Nacional, entonces dirigida por Óscar Arias Sánchez, organizó el simposio “La Costa Rica del año 2000”. Esta actividad, que según La Nación podía “parecer del exclusivo dominio de la ciencia ficción”, reunió a figuras de diversas orientaciones políticas e ideológicas, como los expresidentes José Figueres y Mario Echandi, y el líder comunista Manuel Mora.

Si bien participantes como Enrique Benavides y Óscar Barahona Streber dijeron que importaba más preocuparse por el presente que por el mañana, otras personas captaron la relevancia de imaginar los futuros posibles del país y prepararse para enfrentar sus desafíos.

Mientras Manuel Mora declaró que “el socialismo no está lejano en Costa Rica”, el historiador Carlos Monge Alfaro previó costos extraordinarios asociados con la expansión de la enseñanza superior.

A su vez, el vicepresidente Carlos Manuel Castillo imaginó “un país completamente integrado por ocho carreteras troncales” y el filósofo Constantino Láscaris anunció que Costa Rica era ya “un país desarrollado”.

Tal fue el entusiasmo que provocó el simposio que el arquitecto Rodrigo Masís Dibiasi, en un artículo publicado en La Nación , propuso que en el sistema educativo se empezara a impartir la asignatura de “futuro”.

De esta manera, mucho se imaginó el porvenir en 1976, pero antes de que los costarricenses pudieran ponerse de acuerdo acerca de cómo alcanzar el futuro, el futuro los alcanzó a ellos en la forma de la crisis económica de 1980, con la que finalizó la Costa Rica del siglo XX e inició la del XXI.

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