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El Castillo Azul: Una histórica mansión en cuesta de Moras

Actualizado el 03 de mayo de 2015 a las 12:00 am

El Castillo Azul. Un centenario edificio que ha sido escenario de muchos hechos políticos nacionales

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El Castillo Azul: Una histórica mansión en cuesta de Moras

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El Castillo Azul visto desde la calle 17, a mediados de 1920. Detrás se ve la torreta desaparecida. Fotografía de autor no determinado.

El 6 de setiembre de 1919, una gacetilla del Diario de Costa Rica titulada “El misterioso subterráneo de comunicación de los Tinoco” anotaba: “Parece que se ha descubierto en el Castillo Azul un misterioso túnel que comunicaba con el Bella Vista, la 1ª Sección de Policía y otros lugares con los cuales no se ha podido dar. Además, el subterráneo prestaba para cualquier evento grandes ventajas, ya para salvarse en un difícil momento o para correr a defenderse hacia los cañones y máquinas”.

Luego, con la vaguedad que suele caracterizar a las notas amarillistas, agregaba:

“Supónese que el camino que conducía a lejanas casas quedará perdido, pues es posible que haya sido cegado la víspera de la partida”. Así, a solo tres semanas de la salida del tirano, la leyenda urbana rodeaba ya a la que había sido su residencia durante los diecinueve meses del régimen.

La casa de “don Másimo”. En efecto, el 12 de agosto anterior, el dictador Federico Tinoco y una comitiva de familiares y amigos habían abordado el ferrocarril a puerto Limón, de donde saldrían rumbo a su exilio en Europa. Atrás quedaba, elegante y vacío, el que desde hacía tiempo era llamado “Castillo Azul”.

En 1907, el predio que lo albergaba –un solar o cuarto de manzana en la esquina sureste del cruce de la avenida Central y la calle 17– era un alejado punto de la ciudad. Fue en ese año cuando lo adquirió el abogado Máximo Fernández Alvarado (1858-1933), un desamparadeño de humilde familia que había hecho capital como aventajado profesional.

Periodista y editor en su juventud, Fernández era un letrado y político que hacia 1900 acaudillaba al Partido Republicano. Este reunía lo que quedaba de los seguidores y del discurso populista del Independiente Demócrata, primer intento de crear un proyecto político alternativo al liberalismo imperante.

Por eso, para los humildes de la ciudad y del campo que alimentaban sus filas, aquel señor de chaqueta con el que sin embargo se identificaban por su origen, era “don Másimo”.

Candidato a la Presidencia de la República en 1901 y en 1905, en 1909 había cedido su aspiración ante Ricardo Jiménez Oreamuno, quien ganó las elecciones al frente de su partido.

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Empero, los anhelos políticos de Fernández se mantenían vivos y tenía la esperanza de que la casa que había empezado a construir en aquel promontorio suburbano, le sirviera algún día de residencia mientras albergaba también las oficinas de la Casa Presidencial.

Por fin, en 1913, Fernández obtuvo la mayor cantidad de votos en la elección presidencial..., mas no la Presidencia, que, por una hábil jugada de Federico Tinoco, recayó en el también republicano Alfredo González Flores. Entonces, en una de esas ironías de la historia, abrumado económicamente por la deuda de su partido, Fernández tuvo que alquilar su residencia al Estado, que serviría de Casa Presidencial al partidario y no al caudillo.

El palacete. La casa ocupa unos 500 metros cuadrados, distribuidos en dos niveles. Se ubica casi centrada en el predio, aunque dejándole más espacio al jardín del lado norte. Está circundada frente a la calle y a la avenida por un muro con motivos art-nouveau y una reja de hierro forjado.

Por su diseño arquitectónico de carácter ecléctico, el Castillo Azul es claramente una villa mediterránea que mezcla elementos italianizantes –tales como arcos de medio punto, columnas, balaustradas y ménsulas–, con la predominancia de la masa sobre el vano y una bien definida jerarquía volumétrica, propia de la arquitectura románica.

En cuanto a su interior, un periodista del diario La Información que visitó la casa en junio de 1914, nos cuenta: “Entramos por la portada del este […], subimos por una corta y ancha escalinata de mármol, hasta el corredor que cubre la azotea del frente […]. Seguimos por un espacioso corredor que conduce al interior del edificio […].

”A derecha e izquierda encuéntranse dos hermosos y amplísimos salones, a los que dan luz grandes ventanas de cristal de caprichoso estilo modernista, todas ellas guarnecidas en su interior por batientes de alto relieve de figuras doradas y de estilos realmente llamativos. […].

”Pasado el vestíbulo a que nos hemos referido anteriormente, entramos a otro aún más ancho […] que el anterior, que da a un gran salón […]. Cerca de ese salón y con salida al mismo corredor está el comedor, que es precisamente el departamento más amplio y cómodo del palacio […]. Frente a la puerta del comedor, está la gran escalera de mármol que conduce al piso superior […].

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”Una escalera hermosa y artística y que constituye indudablemente la obra arquitectónica más valiosa de todo el edificio. Es ancha y, en el primer descanso, se divide en dos escaleras del mismo estilo que conducen a los departamentos del este y otra a los del oeste […], es decir, aquellos cuyos balcones miran a la ciudad […].

”Estuvimos después en la torrecilla del palacio, en la torrecilla “azul” […]. Y después de tanto asombro abandonamos la nueva mansión presidencial […].”

Equívocos y avatares. Entre los equívocos que llenan la historia del palacete, ocupa el primer lugar el de su nombre pues hay quienes lo derivan de la bandera azul del Partido Republicano de Fernández, mientras que otros lo hacen de los vidrios azules que supuestamente caracterizaban a la torrecilla evocada por el periodista.

La desaparición de dicha torreta es causa de otra duda: hay quienes afirman que fue destruida por un cañonazo durante el levantamiento militar de 1932, conocido como “el Bellavistazo”, mientras que una fotografía de Manuel Gómez Miralles –publicada el 7 de marzo de 1924 por el periódico La Tribuna – parece probar que dicho minarete fue derribado por los terremotos de ese año.

Lo mismo ocurre con la fecha de construcción de la casa , aunque es muy probable que haya sido terminada en 1912. La razón que lleva a pensarlo así es que el Castillo Azul se edificó completamente en concreto armado, técnica que se patentó en nuestro país en diciembre de 1910.

El ingeniero P. Falsimagne realizó dicha gestión a nombre de la Casa Hennebique, de París, firma que tuvo a cargo la elaboración de los planos y las especificaciones técnicas de la obra.

Además, la construcción de concreto armado no era del todo desconocida en el país, pero solamente tras el terremoto de 1910 fue del todo apreciada como una de las técnicas más seguras contra los sismos.

Lo que es del todo seguro es que las obras de construcción del Castillo Azul, así como la ecléctica decoración interior y exterior, fueron realizadas por la empresa Andreoli e Induni.

También sabemos que, junto al concreto armado de la fábrica, el edificio posee bases de “granito” criollo, madera moldurada en las puertas y ventanas, así como en la estructura del techo –que originalmente era de “pizarra” o fibrocemento–. Los pisos son de granito italiano dentro, y de mosaico andaluz fuera.

Así era la lujosa residencia del humilde “don Másimo”, que sirvió de Casa Presidencial de 1914 a 1920. Con la restauración republicana, el presidente Julio Acosta García (1920-1924) dejó claro que no pensaba gobernar ni habitar donde lo había hecho el tirano…: es decir, en aquel hermoso y azul castillo josefino, que aún nos mira airoso desde su promontorio urbano.

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