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Édith Piaf, una catadora del dolor

Actualizado el 29 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Se cumplió el centenario del nacimiento de la gran cantante francesa

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Édith Piaf, una catadora del dolor

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Jacques Sagot jacsagot@gmail.com

¿ Será el Himno al amor la canción popular más bella jamás escrita? Quizás las haya con más mérito musical, pero no podemos pensar en ninguna tan emotiva, tan grávida de sentimientos. Fue compuesta después de que Marcel Cerdan –amante de la Piaf y campeón mundial de los pesos medios– muriera en un accidente de aviación acaecido en las islas Azores el 29 de octubre de 1949. Cerdan viajaba de París a Nueva York para reunirse con Édith. Ella se quedó esperando su llegada por el resto de su vida.

Un hecho poco conocido: en el mismo avión viajaba también la inmensa violinista francesa Ginette Neveu, una leyenda a sus treinta años de edad, con docenas de maravillosas grabaciones que hoy circulan en el mercado. Neveu murió abrazando el estuche de su Stradivarius, protegiéndolo más que a sí misma. Iba a emprender una gira exhaustiva por los Estados Unidos con la Filarmónica de Londres. La orquesta tomó otro avión.

La propia Édith declara en sus Memorias: “Hubiera atravesado miles de millas para escuchar a la gran Ginette Neveu”.

Reina del music-hall. En la vida de Édith, todo fue excesivo: excesiva pasión, excesivo dolor, excesiva dación de sí misma, excesiva intensidad, excesivas pérdidas, excesivos arrestos de amor. No era una mujer…, era una colisión de alisios y septentriones en mitad del océano.

Abandonada por su mamá y ciega hasta los tres años, Édith fue recogida y educada por un grupo de prostitutas. Siempre se expresó de ellas con la más profunda gratitud. En efecto, las muchachas la querían y cuidaban: organizaron una recolecta para visitar en peregrinaje a santa Teresa de Lisieux, una de las tres santas patronas de Francia.

Édith recuperó la vista. Siempre lo consideró un milagro, y ni por un momento puso en duda el carácter sagrado del prodigio que en su cuerpo se había manifestado.

A mediados de los años 30, Édith Giovanna Gassion (que tal era su verdadero nombre) se apodera de los music-halls de París. Music-hall : ¡la noción evoca tantas cosas! Canto, danza, humor, magia, acrobacia, teatro… Hay una cultura del music-hall . Es rica y multiforme. El canto y la danza son sus principales manifestaciones.

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Édith actúa con el joven Yves Montand, a quien promueve y en quien encontraría un leal compañero amoroso. Montand era seis años más joven que ella. Otro compañero, Théo Sarapo, lo era por dieciséis, y Moustaki por veinte…

Édith siempre gravitó hacia los hombres jóvenes, y no movía un dedo por ocultar su hedonismo: le gustaban apuestos, carismáticos, encantadores. Elaborar aquí una lista de sus amantes nos hace sentir como fisgones de tabloide. Bástenos con decir que fueron copiosos y siempre notorios.

Una mujer-bandera. Édith se convirtió en blasón y emblema de Francia durante la ocupación nazi. Protegió a muchos judíos, preservándolos de la deportación, y arriesgando con ello su propia vida. Sus canciones adquirieron la significación de pequeños himnos callejeros, de cánticos guerreros, a menudo escritos “en clave”, de manera que los nazis no pudiesen entender su críptico significado.

Fue grande, Édith: cuando su país más desesperadamente la necesitaba, dijo “presente”, y cumplió con su deber desde esa particular trinchera que es la canción. Como Mariana Pineda, de Lorca, fue una mujer-estandarte.

La voz de Édith es una de las voces del siglo, inconfundible, irreproducible. Era una soprano con facilidad pasmosa para los más estentóreos agudos, vibrato tan rápido que a menudo no se percibía como tal, ¡y una sonoridad tan peculiar!

Puede sorprender al principio, y no cautivar en una primera audición, pero lo enamoraba a uno lenta, insensiblemente. La impostación, la afinación y la proyección son irreprochables.

Una voz como una daga, capaz de abrirse paso aun dentro del más denso tejido orquestal o los más multitudinarios coros, tenía la propiedad de transmitir el humor, la jovialidad, la sorna, tanto como los grandes paroxismos del dolor. Es imposible confundirla: no hay timbre como el suyo: intenso, estremecido, filoso cual una sirena.

El amigo. Édith desmiente la superchería según la cual el francés sería un idioma poco adecuado para el canto. La objeción es ridícula: Édith, Trenet, Chevalier, Montand, Brel, Greco, Mouloudji, Ferrat, Aznavour están ahí para probar lo contrario. Otro tanto sucede en el terreno de la ópera y de la chanson francesa (equivalente del Lied alemán).

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Amiga de toda la vida del gran Jean Cocteau, actuó en su obra El bello indiferente, escrita especialmente para ella. Cocteau era…, a ver, ¿por dónde empezamos? Dramaturgo, poeta, novelista, narrador, ceramista, pintor, caricaturista, actor, cineasta, diseñador, ocultista, filósofo…: el artista absoluto, lo que los franceses llaman un touche à tout (un “tócalo todo”).

Si no fue músico, Cocteau cultivó la amistad íntima de Satie, Ravel, Stravinsky, Poulenc, Milhaud, quienes con frecuencia se hacían asesorar por él.

Sucedió esto, que se cuenta entra las cosas más extraordinarias en la historia de los destinos paralelos. Édith muere el 10 de octubre de 1963. Es enterrada en el Père Lachaise, en medio de la más fervorosa, conmovida multitud.

Cocteau habla durante las exequias: un discurso lleno de esas frases que solo él era capaz de producir: “Estás tan viva, tan presente, que en este preciso momento, ante todos aquellos que te amaron, te tomo en mis brazos y te estrecho contra mi corazón”.

Después dijo, egregiamente: “Ella no entregaba su alma, ella la regalaba, ella tiraba oro por las ventanas”. Finalmente, añadió algo muy perturbador: “El barco se acaba de hundir. Este es mi último día en esta tierra”. Al día siguiente, Cocteau moría de una crisis cardiaca en su castillo de Milly-la-Forêt.

Una llamarada. ¿Será cierto que, como dice Édith en su Himno al amor , “Dios reúne a los que se aman”? Es lo que todos quisiéramos. En La ceremonia del adiós , De Beauvoir declara, a propósito del deceso de Sartre: “Tu muerte nos separa para siempre. Mi muerte no nos reunirá. Ya debo considerarme inmensamente privilegiada de haber sido tu compañero durante este segmento de vida”. ¿Cuál de las dos tiene razón? Es cuestión de esperar: ya lo sabremos.

La autora de La vida en rosa , No lamento nada, Milord, Padam-padam, Bajo el cielo de París es hoy parte de la más entrañable mitología de su país. Nadie formula la menor reserva en torno a ella. El francés guarda un silencio reverente ante la mención de su solo nombre. Cinco largometrajes y otras tantas obras de teatro han reproducido su vida.

Agotada por dos giras exhaustivas a los Estados Unidos (con presentaciones memorables en Carnegie Hall), erosionada por la adicción a la morfina y afecta de un cáncer hepático, Édith muere joven (cuarenta y siete años), cosa que contribuye en no poca medida a su leyenda.

Le creemos a Cocteau. Cocteau tenía razón: Édith sigue viva. Somos de los que creen que, en efecto, “Dios reúne a quienes se aman”. “El amor es más fuerte que la muerte”, decía Claudel, y Victor Hugo: “Amar es más que vivir”. A su paradójica manera, pensamos que esto es estrictamente cierto, pero es tema que abordaremos luego.

Édith fue una llamarada, un cirio que se consume en la dación de su propia luz, una mujer hecha para amar –sus compañeros, su país, la música– incandescentemente. A ritmo semejante, y jalonada por experiencias tan intensas, ninguna vida podía ser otra cosa que breve.

Es el secreto de Mozart, Schubert, Chopin: incendiarse y proyectar un resplandor que iluminase hasta los últimos confines del universo, en lugar de administrarse a sí mismos dosificada, cicateramente. Seres con almas de altísimo octanaje: lo que Ortega y Gasset llamaría “personas con un elevado nivel de calorías emocionales”. Nosotros hemos recogido su luz, y la custodiamos y atesoramos.

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