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Instrucciones para no dejar de leer a Cortázar

Actualizado el 24 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Legado abierto. El crítico peruano traza una genealogía de posibles sucesores de Cortázar.

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No pocos escritores han intentado imitar a Jorge Luis Borges y algunos hasta han pretendido reemplazarlo, me temo que con éxito. Después de todo, Borges mismo había inventado a un tal Borges, hechura de los libros y la lectura. En cambio, Cortázar no buscó reemplazar el mundo con una enciclopedia, y, más bien, desde las vanguardias hizo suya la noción del artista como mediador: camaleónico, médium, explorador casual y asombrado.

Por eso, uno se encontraba con Julio Cortázar (el azar es su modo de cortar camino) con felicidad, gratuitamente.

Rodrigo Fresán adoptó los riesgos y la volatilidad de la prosa de Cortázar para desenvolver su obra literaria.
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Rodrigo Fresán adoptó los riesgos y la volatilidad de la prosa de Cortázar para desenvolver su obra literaria.

Cortázar conoció varias etapas de su lectura, algunas de ellas previsibles. Primero fue el entusiasmo de lectores cómplices, abusivamente biográficos, que cultivaban un aura cortazariana. Esa tribu de lectores deambula de un cuento a otro, haciendo méritos de cronopios, y buscando formar parte del Club de la Serpiente, el grupo dedicado a la nostalgia “patafísica”.

Quizá porque la narrativa de Cortázar descartaba la legibilidad del sujeto como entidad social, sus personajes practican cierto histrionismo irónico y son elocuentemente latinoamericanos. ¿Cómo no iba a coronarse cronopio cualquier lector emotivo?

Otros lectores, más bien académicos, encontraron, en esta obra, cierta filosofía benéfica, vagamente orientalista y, al final, metafísica. Se habló demasiado y con licencia del “hombre nuevo”, supuestamente prefigurado por la rebeldía elocuente de Horacio Oliveira.

Sin embargo, ese residuo existencialista de la crítica aleccionadora olvidaba que las confesiones de Oliveira requieren una puntual caída expurgatoria. De tal modo, pagado el precio de la verdad vivida, de vuelta de todo, emerge la pulsión lírica del recuento, donde la vida se convierte en obra, si no de arte, in progress .

Más recientemente, no han faltado lectores que han querido separar al Cortázar de la imaginación lúdica del Cortázar del compromiso político, como si el juego fuese una afición privada, y la política, un teatro populoso. Parecen ignorar que, en su obra, el lugar del otro fue siempre una demanda del diálogo.

Hasta en los momentos de mayor entusiasmo anarquista, Oliveira descubre que la moral del artista no es individual sino comunitaria. Esto es, el yo recorre toda la agonía de su búsqueda para encontrarse en el tú. No en vano, en sus textos más políticos, Cortázar reclamó siempre por la imaginación y la diferencia.

Dos epígonos. Aunque en la Argentina había logrado forjar lectores consecuentes, Julio Cortázar fue pronto descartado como cosmopolita por un intenso movimiento anticortazariano, que sobre ese gesto de derroche afirmó las consolaciones del nacionalismo.

También Borges había sido descartado por un razonamiento paralelo, pero Cortázar fue percibido, si no me equivoco, como más extranjero aún porque se había afincado en París y porque sus referencias locales y hasta su habla porteña resultaban anacrónicas.

Pronto se pasó del rechazo al olvido. Solamente los más jóvenes, en Buenos Aires, lo rescataban como un término de referencia interior. Hoy vemos que los mejores continuadores de su proyecto fueron, en primer lugar, Néstor Sánchez, quien empezó a escribir, a partir de la primera página de Rayuela , unas novelas casi olvidadas pero no menos valiosas (como Nosotros dos y Siberia Blues ), que Cortázar de inmediato reconoció y recomendó.

Néstor optó por un anarquismo radical, se convirtió en clochard , en una suerte de Horacio Oliveira sin relato en un París sin Rayuela . No deja de ser irónico que, en alguna de sus cartas a Francisco Porrúa, Cortázar advierta la calidad de la prosa de Sánchez sin dejar de observar algunas opacidades, que cree revisables. El discípulo extremaba el sistema del maestro y, para liberarse, lo hacía menos transparente.

El gran narrador cubano Antonio Benítez Rojo, cuya aventura de escritor es poco pública y más íntima, se exilió de la Cuba por la que Cortázar apostó, pero se forjó un Caribe sin centro y expansivo, como un universo legendario donde situar su obra imaginativa, heredera de ese hechizo de la historia.

En sus cuentos de la vida habanera, entre la fluidez cotidiana y el abismo del pasado, Benítez Rojo dialogó fecundamente con los cuentos de Cortázar, y lo hizo afirmando su propio diseño. Sus personajes poseen una indeterminación semejante a la de los personajes de Cortázar, aunque son más vulnerables.

Indeterminación  y vulnerabilidad son herencias que Cortázar dejó para la creación de personajes.
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Indeterminación y vulnerabilidad son herencias que Cortázar dejó para la creación de personajes.

Variación constante. Sin embargo, el cortazariano más feliz es el peruano Alfredo Bryce Echenique, cuya voz se hizo en la intimidad del diálogo propuesta por el habla de los cuentos del maestro.

En esa dicción cálida, dúctil, donde las palabras adquieren el poder de humanizar a los interlocutores, Bryce forjó su propia entonación, entre el humor bufo y la poesía de los afectos.

En La vida exagerada de Martín Romaña , Bryce puso al revés el programa de Rayuela : París ya no es la fuente propicia, sino la tribuna de los latinoamericanos inevitables, llenos de convicciones y ningún remordimiento.

Por su parte, el argentino Rodrigo Fresán desarrolló una poética performativa que empieza desde la libertad exploratoria y el gusto por el riesgo de la prosa cortazariana.

No deja de ser revelador que algunos de los nuevos narradores españoles reescriban a Cortázar. Juan Francisco Ferré y Robert-Juan Cantabella, entre ellos, y Agustín Fernández Mallo ha incorporado Rayuela en su sistema.

De Cortázar a Fresán, la narrativa de invención ha dado la vuelta y nos retorna un presente ya sin fronteras, liberada a su devenir, a esa ganancia de porvenir que es su promesa.

El paso, pasar y pasaje de la obra de Julio Cortázar en la literatura internacional no es una categoría filosófica o metafísica. Ese paseo del ser en el lenguaje es el juego.

De por sí evidente, esa hipótesis anuncia lo más complejo, sistemático y pasional de una obra que se resiste a acabar, que rehace una y otra vez la partida. Porque, en la naturaleza del juego, la variación permanente es el comienzo, ensayado no sólo para abolir el azar, sino también para abrir el flujo de la coincidencia entre vasos comunicantes.

El juego enciende la simpatía del Eros religador, pero también el humor de las grandes causas perdidas. Cortázar nos sigue proponiendo lo más creativo: las causas gratuitas.

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