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Explorar un siglo de tango en Costa Rica

Actualizado el 08 de mayo de 2016 a las 12:00 am

Tango, arrabal y modernidad en Costa Rica obtuvo el Premio Editorial Costa Rica 2015.

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María Clara Vargas Cullell

¿Hay tango en Costa Rica? Y es que la palabra tango generalmente remite a un género musical sudamericano, a cantantes famosos de mediados del siglo XX y quizás a su utilización por parte de algún compositor de la llamada música clásica o académica. No obstante, el ensayo ganador del Premio Editorial Costa Rica 2015, Tango, arrabal y modernidad en Costa Rica , de Mijail Mondol, revela una realidad diferente.

Sin entrar en la discusión musicológica actual sobre la génesis del tango, ni tampoco en detalles técnico-musicales, Mondol, mediante una narrativa atractiva, basada en una rigurosa investigación, nos invita a descubrir el proceso de apropiación de este género musical en el ámbito urbano costarricense.

Las fuentes consultadas, numerosas y variadas –periódicos, entrevistas, archivos institucionales y personales, fotografías y grabaciones–, permiten reconstruir ese proceso.

Cándido zarandeo: tango en Costa Rica
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Cándido zarandeo: tango en Costa Rica

Primero presenta la difusión del tango en Costa Rica, en las primeras décadas del siglo XX. Una propagación que, al igual que otras prácticas relacionadas al ocio y al uso del tiempo libre, está ligada a una sociedad que se debatía entre el conservadurismo y la modernidad. Sin embargo, esa discusión, en la que inicialmente el tango era símbolo de “degradación y barbarie”, va de la mano de la difusión de la música grabada. El impacto de la grabación en el repertorio de las agrupaciones locales de todo tipo, fue impresionante. Gracias a los nuevos discos, el público conoció repertorio novedoso como la música de cámara, el jazz y el tango. Algunos compositores nacionales compusieron tangos y estos fueron parte de las primeras grabaciones discográficas del país. Al finalizar el periodo, el tango había asumido el papel de representante de modernidad en el imaginario del público urbano.

El segundo capítulo presenta la consolidación del gusto por el tango en las décadas de 1930 a 1940, entre ciertos sectores sociales del país. En un período de crisis, en el que aumentó considerablemente el desplazamiento hacia los centros urbanos importantes y la proletarización, la expansión de la industria radiofónica y cinematográfica fueron fundamentales para proveer de espacios de esparcimiento y sociabilidad a gran cantidad de población. Aunque la tensión producida por el género musical siguió presente, una parte considerable de la población urbano marginal lo incorporó al encontrar en sus letras representación de su identidad. Películas, programas radiales, concursos y cancioneros contribuyeron a la popularización de actores e intérpretes argentinos especializados en el tango, así como al surgimiento de los primeros intérpretes y agrupaciones nacionales especializadas en el género.

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El capítulo tercero muestra lo ocurrido entre las décadas de 1950 a 1980, un período de grandes cambios políticos, económicos y culturales en el país, entre ellos la creación de una serie de instituciones ligadas a las prácticas artístico-culturales y el surgimiento de una cultura de masas fuertemente arraigada en la industria cultural estadounidense y latinoamericana en general. El proceso de “bolerización” del tango, la aparición de espacios destinados a su difusión y aprendizaje y la aparición de un par de figuras emblemáticas explican no solo su supervivencia, sino también un proceso de diferenciación y de identificación.

El último capítulo presenta las adaptaciones del tango en los últimos años, ligadas en gran medida al espectáculo y a la enseñanza del baile. En la década del 90, junto a otros ritmos bailables, se convirtió en espectáculo para teatros y espacios de elites. Esta tendencia se ha visto reforzada por la aparición de numerosas academias que no solo enseñan, sino que fomentan espacios de socialización por medio del tango. Otra tendencia, influenciada por la obra del compositor argentino Piazzola, muestra la aparición de nuevos grupos interesados en generar proyectos artísticos y producciones discográficas que mezclan la experimentación y la fusión.

La lectura del libro nos lleva más allá. Paralelo al recuento de la práctica del tango a lo largo de cien años, Mondol presenta otros temas sugerentes: la influencia poética del tango y la música tradicional argentina en algunas manifestaciones de la música folclórica costarricense; el paralelismo poético que se produce entre el arrabal bonaerense y el josefino, que incidirá en la identificación de un grupo importante de aficionados urbano-marginales de nuestro país con el género y, cómo el proceso oscilante de rechazo y aceptación del tango refleja el proceso de búsqueda de la modernidad del país, inserta a su vez en el contexto latinoamericano.

En síntesis, un trabajo pionero que será de interés para especialistas y público en general. Sobre todo, es un importante aporte al conocimiento de la música popular en nuestro país, tan poco estudiada hasta ahora.

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